¿Para qué sirven los intelectuales?

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La palabra “intelectual” se ha usado en contextos tan variados, que casi ha perdido sentido. Por ejemplo, cada partido, al tratar de legitimar sus posturas, pone a sus intelectuales en la primera línea de batalla, justo frente a las cámaras. Incluso bajo ese membrete se incluye casi peyorativamente a académicos, escritores, filósofos o cualquier otra persona que externe ideas y sea leído. Todavía más, el actual gobierno usa el término para descalificar a pensadores adversos, entre otros calificativos que añade.

Sin embargo, todo régimen necesita de personas que le construyan un discurso de legitimidad. También son necesarios para promover cambios sociales. Van aquí algunas reflexiones sobre lo que es un intelectual, lo que no es y su razón de ser en una sociedad moderna.

 

¿Qué es un intelectual?

Es difícil dar una definición sin caer en lugares comunes o peyorativos. Por ejemplo, Eisenhower llegó a decir que un intelectual es un hombre que usa más palabras de las necesarias para decir más cosas de las que realmente sabe.

Sin embargo, una mejor definición la proveyó Michel Wincock: alguien que ha adquirido una cierta reputación por sus obras – casi siempre un escritor o filósofo – y la utiliza para intervenir en el campo político, que originalmente no es el suyo. De acuerdo con el autor, estas figuras surgieron a finales del siglo XIX y tuvieron su época de auge durante el XX.

Hoy día la elevación del nivel cultural de la sociedad, la aparición de medios como la Internet y la parcialización de las causas han llevado a la desaparición de grandes figuras que servían de referente a la sociedad; quedando intelectuales especializados en temas específicos.

 

¿Intelectuales al poder?

A menudo surge el reclamo de una ciudadanía desencantada por que nos gobierne gente “capacitada”. Entre ellos, se suele mencionar a intelectuales. Incluso de cuando en cuando alguno de éstos declara sus intenciones para algún cargo público. ¿Es una buena idea?

La tentación de darle poder a los intelectuales es muy vieja. En el siglo IV antes de nuestra era Platón proponía el gobierno de un rey filósofo. Incluso intentó fundar su propia utopía, la cual terminó en fracaso. ¿Serían buenos gobernantes los intelectuales?

La experiencia ha mostrado repetidas veces que no es lo mismo proponer que instrumentar. En este sentido, un intelectual suele no tener habilidades políticas, pues las vocaciones son distintas. Además, es fácil que un hombre de pensamiento se impresione ante el poder. Eso le pasó a Martin Heidegger en 1933, tras el ascenso del nazismo. El filósofo rápidamente puso sus ideas al servicio del nuevo régimen. Según sus biógrafos, al año se desilusionó del sistema. Sin embargo, para bien o para mal el único pensador que, habiendo abrazado al Cuarto Reich, nunca se retractó.

¿Cómo sería un país gobernado por intelectuales? Tal vez no muy distinto a la isla flotante de Laputa, visitada por Lemuel Gulliver en su tercer viaje, según Jonathan Swift: un lugar donde la comida se decora como instrumentos musicales, y todos tienen un paje con una bolsa de arena atada a un hilo cuya función es hacer que salgan de su ensimismamiento al relacionarse con los demás.

Entonces, ¿qué hacemos con los políticos? A final de cuentas, son necesarios en sociedades complejas como la nuestra. Si son tan humanos como nosotros, hay que buscar cómo hacerlos responsables, en lugar de esperar que nos gobiernen mejores personas – sea lo que signifique.

 

¿Hay intelectuales “independientes”?

Quizás hemos tenido una imagen del intelectual similar a ésta: una persona dominada por su inspiración que se convierte en oráculo e inspiración del rumbo nacional. Sin embargo, nadie crea de la nada. A decir verdad, todos dependen en mayor o menor medida de otras personas.

Es raro el intelectual que sea económicamente independiente. Eso lo supo Voltaire en el siglo XVIII y por ello se preocupó de hacerse rico antes de ponerse a escribir. Otro pensador autónomo por herencia fue Karl Kraus, quien a inicios del siglo XX dirigió una revista que sería el compendio de su obra: Die Fackel. Pero ellos son de las pocas excepciones que confirman la regla. Lejos del estereotipo, un intelectual casi siempre depende del patronazgo, sea del gobierno, instituciones privadas o partidos. Y estos mecenas no otorgan apoyo gratuito. ¿Es algo “bueno” o “malo”? De ninguna forma: así son las cosas.

Dejemos a un lado la dependencia económica. Todos los intelectuales siguen alguna escuela de pensamiento, la cual los hace afines a un partido o régimen determinado. Expresiones de esto son tanto el intelectual “comprometido”, como el “orgánico”. También el individuo puede abrazar una corriente y rebelarse contra ésta como un disidente. ¿Hay alguna escuela de pensamiento que sea “mejor” que otra? Es debatible, y en la argumentación se distinguen a los pensadores auténticos de los que creen que pueden someter al otro a fuerza de calificativos.

 

Entonces, ¿para qué sirven los intelectuales?

Si todos los intelectuales siguen una escuela de pensamiento o viven del patronazgo, ¿son innecesarios? De ninguna forma: son relevantes tanto para legitimar a un régimen como para impulsar un cambio social, toda vez que influyen en las ideas de la sociedad y de esa forma moldean percepciones y creencias.

Todo régimen ha tenido a sus propios pensadores y artistas, quienes generan discursos, percepciones, costumbres, modas y actitudes que apuntalan a un régimen. En el antiguo Egipto, el faraón Zoser se apoyó de Imhotep, quien diseñó la primera pirámide y con ello alteró la actividad económica y organización social por siglos. Pericles recurrió a Fidias para crear los templos y esculturas que mostrasen la grandeza de Atenas. Augusto necesitó de Virgilio para darle identidad a Roma a través de la Eneida. Luis XIV de Francia fue activo patrón de artistas como Moliere y Lully.

La lista que se podría hacer es interminable y abarca a toda civilización y sistema de gobierno desde la antigüedad hasta nuestros días. Mal haría un gobernante al ignorar este hecho, pues corre el riesgo de caer frente a los grupos o personas que enarbolan los símbolos o discursos que acepta el pueblo.

En el lado contrario los grupos que en su momento fueron opositores se han apoyado en sus propios intelectuales y artistas, como figuras “testimoniales”, de “resistencia”, “alternativas” o “precursoras”. Posiblemente muchos no han llegado a contar con tantos recursos como los que maneja el gobierno, pero hemos visto una y otra vez la forma en que desquitan eso cuando su grupo llega al poder.

Por lo tanto, los intelectuales realizan una labor importante. Y en ese intercambio de ideas logran la movilidad social y el progreso. Naturalmente requieren muchas veces del apoyo de artistas y de divulgadores.

@FernandoDworak

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