Historia de la democracia priista (y 20) Democracia o bienestar, el gran dilema

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Si nos atenemos al proceso de la ruptura histórica de 1910, la Revolución Mexicana fue convocada por Francisco I. Madero en 1908 en su libro La sucesión presidencial en 1910. El Partido Democrático Nacional para combatir el autoritarismo del presidente Porfirio Díaz y para instaurar una democracia procedimental que permitiera poner y quitar gobernantes con reglas institucionales.

Es decir, la ruptura revolucionaria se reducía a las reglas electorales, no a la pobreza ni al abuso de poder. Inclusive, en la primera edición incluyó Madero una carta al presidente Díaz para proponerle un proceso pactado de lo que bien podría hoy entrar en la caracterización politológica de transición a la democracia. No estaba cegado Madero contra Díaz; pero en la jerarquización de los procesos políticos Madero vio la ausencia de una fuerza de ruptura social, de una corriente de control de los cambios y sobre todo la carencia de un modelo de sistema/régimen/Estado de carácter alternativo.

En este sentido, Madero se propuso como candidato a la vicepresidencia de la república con Díaz como presidente; y una vez instalados en el poder, Díaz solicitaría licencia para alejarse del país y viajar a Europa y Madero se quedaría a ejercer la presidencia para construir un sistema democrático desde el seno del poder porfirista. La razón era obvia: no había una fuerza de recambio institucional para una transición pactada.

Si bien el análisis político de Madero era el adecuado y algunos indicios había mostrado Díaz en el sentido de que ya no tenía la fuerza para gobernar, los grupos dominantes a favor y contra de Díaz estaban polarizados. Madero había acertado en su análisis del porfirismo: unipersonal, sin partido político, polarización social, protestas contra el uso de la fuerza, poder absoluto como característica de la presidencia, militarismo como definición del poder político, falta de cauces institucionales para administrar las protestas. En 1908 se habían cruzado las propuestas de Madero y Díaz. El 3 de marzo de 1908 se publicó en el periódico El Imparcial un extracto de la entrevista que el periodista James Creelman, de la revista Persona Magazine, le hizo al dictador y en octubre de ese mismo año Madero fechaba la aparición de su libro La sucesión presidencial en 1910. Díaz señalaba que el pueblo mexicano ya estaba apto para la democracia y Madero fijaba los términos del poder absoluto dictatorial que debía de transitar a un modelo democrático de gobierno.

Los dos, Díaz y Madero, fueron atropellados por el alzamiento revolucionario de las masas campesinas y sus liderazgos improvisados. El propio Madero percibió los vientos revolucionarios y el octubre de 1910, en el Plan de San Luis, llamó al alzamiento revolucionario contra el gobierno. El cuartelazo de Victoriano Huerta en febrero de 1913, luego de que Madero arrasó en las elecciones extraordinarias de 1911, azuzo más el proceso de realineamiento revolucionario. Carranza, un político, encabezó la facción constitucionalista, pero fue derrocado después por el caudillo Alvaro Obregón. La Constitución de febrero de 1917 fijó el rumbo revolucionario con la aniquilación del viejo régimen semifeudal y fundó un modelo económico-social con enfoques propiamente capitalistas que, por cierto, ya venían desde el liberalismo de Juárez.

En la Constitución se encauzó la revolución en un rumbo claro de cambios, pero también se decidió la trasposición de objetivos: la meta democratizadora de Madero pasó a segundo término y la prioridad fue un régimen de Estado de bienestar. Este modelo de características más populistas que republicanas fue construyendo una nueva fase del Estado autoritario, ya sin figura presidencial dominante, pero sí inhibidora de la democracia institucional.

El ciclo político revolucionario terminó de manera formal en el 2000 con la derrota presidencial del PRI como partido del Estado revolucionario de 1917-1929, rebasado por los mismos vientos democratizadores de 1910: la sociedad quería democracia, no sólo bienestar. La alternancia del PRI al PAN en el 2000, sin embargo, careció de mecanismos institucionales: el PRI soltó el gobierno y no el poder, el PAN ganó el gobierno y no supo asumir el control del poder y tres circunstancias llevaron al fracaso de esa alternancia: la falta de un modelo panista de desarrollo, la disputa por el poder en las nuevas élites panistas y la continuidad de la política económica neoliberal priísta con altos costos sociales. Ante ellos apareció, desde el seno del PRI histórico, López Obrador enarbolando las banderas del populismo posrevolucionario y el PRI y el PAN fueron aplastados en las urnas por una mayoría de mexicanos marginados del bienestar, el desarrollo y los ingresos.

A lo largo de 108 años, de 1910 al 2018, el PRI y las elites aliadas no supieron resolver la conjetura de bienestar y democracia. Las posibilidades de López Obrador y su partido Morena van a depender de que pueda ampliar la democratización que pudiera reducirle sus espacios de gobernabilidad y de que logre en el corto plazo un modelo de desarrollo con beneficios mayoritarios de bienestar. El PRI perdió legitimidad cuando ya no pudo mantener el bienestar de un PIB de 6% promedio anual y las reglas de la democratización lo sacaron del poder; Morena puede reducir su capacidad de gestión popular si no logra recuperar los ritmos de crecimiento con bienestar del pasado.

Las élites dirigentes, de manera paradójica, han ofertado espacios democratizadores cuando sus posibilidades de bienestar se han visto reducidas, pero al final esas nuevas prácticas democráticas le han estrechado su permanencia en el poder. La dialéctica bienestar-democracia no ha sabido ser resuelta por las propuestas de gobierno.

El problema podría localizarse en el hecho real de que las élites priístas-panistas-perredistas-morenistas han estado centralizando el motor del régimen en las prioridades, sin realizar la construcción de estructuras que hagan funcional la dinámica entre bienestar y democracia. El error ha sido del modelo priísta fundado por el presidente Cárdenas en la construcción del Partido de la Revolución Mexicana y en el modelo sistémico del PRI de control de las relaciones sociales de producción. Y en todas las élites ha estado siempre el objetivo de mantener el poder por sí mismo, no de garantizar la administración del poder con resultados. El día en que la dimensión de historicidad de los liderazgos se desdibuje en función de tareas de coyuntura, en ese momento se dejará de ejercer el poder para mantenerlo y se orientará a dinamizar la producción de bienestar.

La democracia es producto de las relaciones sociales de producción, no representa una dinámica dominada por los intereses de las élites. Mientras en México se siga dando prioridad a los elitismos y se subordine el modo de producción al poder de esas élites, las posibilidades de la democracia y del bienestar serán reducidas. La pobreza no es hija de la falta de democracia política, sino de la ausencia de un modelo de desarrollo funcional al bienestar. La democracia será producto de relaciones de clase ordenadas y administradas para el bienestar, no de designios históricos de popularidad.

indicadorpolitico.mx

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