El gran bohemio argentino amigo de Federico

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Roberto Alifano

¿Por qué no tomar como arquetipo del bohemio al transgresor Diógenes de Sinopia? Platón, que le reconocía genio a este filósofo desquiciado por haberse atrevido a discutir con él sobre asuntos esenciales relacionados con la paradojal metafísica, lo apodó el “Sócrates delirante”. Cuenta la leyenda que durante los Juegos Ístmicos, expuso su filosofía con cierto desparpajo ante un público numeroso y fue aplaudido a rabiar. Su fama creció tanto en Atenas, que Alejandro Magno lo quiso conocer y mientras Diógenes se hallaba absorto en sus pensamientos se plantó frente a él para decirle de un modo rotundo y altanero: «Soy Alejandro, pídeme lo que quieras». Sin inmutarse, el cínico que dormitaba, entreabrió los ojos y le contestó: «Quítate de donde estás que me tapas el sol». Diógenes valoraba más los rayos de ese sol mañanero que todo el poder y la riqueza del mundo.

El término bohemius, de origen latino, tiene diversos significados, que no vienen al caso indagar en esta reseña. Para la Real Academia está asociado a una vida que se aparta de las convenciones sociales y que privilegia el arte y la cultura por sobre las cosas materiales. Por extensión, bohemia es aquella persona que lleva un estilo de vida que se diferencia del común, es aquél que vive bajo un estilo que no prioriza la ostentación de un automóvil último modelo o una casa lujosa, sino más bien un viaje, un momento grato al espíritu, afín al arte, a la poesía, o una modesta manualidad, entre otras cosas. También es importante no confundir al bohemio con el vago o alguien que viste mal; sin embargo, es muy común que se consideren sinónimos, cuando en realidad una persona bohemia es alguien soñador, idealista, artista por naturaleza; en fin, aquel a quien no le importa el “qué dirán”, ni su status social o aristocrático.

Edmundo Guibourg, fue un bohemio, un auténtico bohemio, quizá el último que tuvo esta Buenos Aires querida. Para sus amigos (entre los que me cuento con orgullo), era “Pucho”, un cariñoso apodo relacionado con el fumador empedernido que llegó a ser y uso como seudónimo para firmar sus caricaturas, porque empezó como dibujante. Nació el 15 de noviembre de 1893 en el barrio de Balvanera, pero pronto la familia se mudó al barrio judío de Villa Crespo en una casa que compartía patio con el templo sefaradí del rabino León Karmona (“el primer santo que conocí, con una barba que le llegaba hasta el ombligo”, me confesó con una sonrisa) y cuando aún no había cumplido los seis, al famoso Abasto, un sitio de Buenos Aires cuya vida social giraba en torno de un activo mercado de frutas y verduras que abastecía a otros comercios de la ciudad. Allí, “Pucho” compartió potrero y pelota de trapo con el que una vez crecido, por su voz privilegiada la porteñidad bautizaría como nuestro “Zorzal criollo”; por supuesto, me refiero al gran inmortal Carlitos Gardel.

“Pucho” me hizo saber otra vez, cuando visitamos juntos una peña de tango de la calle Agrelo, que la gente del barrio, les decía a él y a su hermano, incluido Gardel, “los francesitos”; y con fundamento, pues su padre, ebanista y artista de la escultura en madera, había nacido en Francia, lo mismo que “el Morocho del Abasto” (otro apodo del gran Gardel) cuya madre y él eran oriundos de Toulouse. De manera que con Charles Romuald Gardes (que así se llamaba de nacimiento Carlos Gardel) se criaron juntos y fueron tan amigos como hermanos. “El querido barrio del Abasto fue para Carlitos y para mí el nexo de unión que siempre nos identificó. Para nosotros, con su pintoresquismo, su paisaje urbano, su inmenso mercado, sus cantinas italianas, su clima bien porteño y arrabalero, era la tierra del descubrimiento, nuestro grande y generoso hogar. Cuando empecé a ir al colegio con mi hermano mayor, que tenía dos años más que yo y un año menos que Gardel, éramos todos unos chiquilines que a veces nos ganábamos la comida ayudando a descargar fruta en el mercado.”

Finalizada la escuela primaria, el inquieto “Pucho” empezó el bachillerato, pero no resultó un buen alumno y a mitad de carrera abandonó los estudios para volcarse a “vivir la vida”, según se ufanaba con cierta nostalgia. “Gardel, en otro colegio vecino, siguió en el mismo sendero que yo. Él luego se hizo cantor, tenía un don envidiable, su voz era única, y mirá cómo le fue al ‘Morocho’, se convirtió en el más grande, en nuestro máximo e insuperable artista y representante del tango.”

En ese cotidiano transitar las calles de la ciudad y frecuentar los cafés, las tertulias y los lugares de esparcimientos, “Pucho” descubrió el teatro, que en seguida lo atrapó. Uno de sus sitios preferidos fue el concurrido Café de los Inmortales, un genuino oasis cultural frecuentado por actores, artistas plásticos, poetas y periodistas, que se erigía desde los inicios del siglo XX en la céntrica calle Corrientes. Unas cuadras más allá, en la avenida de Mayo, en lo que había sido la residencia del aristocrático Saturnino Unzué, estaba el otro célebre café de la ciudad, el mítico Tortoni.

Hacia 1910, para la época del Centenario, Edmundo Guibourg pisaba fuerte en sus dieciséis años, y ya empezaba ser conocido en el mundo del teatro y estimulado por sus amigos. Sin acritud ni malevolencia se empezó a popularizar con su lápiz burlón y travieso, caricaturizando a figuras del ambiente; luego abandonó el dibujo y se incorporó definitivamente al periodismo escrito, para ser columnista de crítica teatral, donde encontraría su vocación definitiva. En sus artículos vivificaba el espíritu de la palabra, dándole rumbo y esperanza y señalando horizontes. No tardaron en enviarlo como corresponsal a Europa y en París, se reencontró con su admirado Gardel.

Cuando en 1933 pisó tierra Argentina el dramaturgo y poeta Federico García Lorca, la primera persona que buscó fue a Edmundo Guibourg. La razón estaba en que el éxito que tuvo “Bodas de sangre” en Buenos Aires, representada por Lola Membrives, se debió especialmente a la fuerza ejercida por él en el diario Crítica.

También me acompañaron en esa difusión de la obra, Pablo Suero, del vespertino La Razón y Octavio Ramírez, del matutino La Nación -recordaba “Pucho”-. Los tres gravitamos sobre el público para que fuera a verla, y evidentemente como se comprobó, la obra tenía asidero suficiente para ser un gran éxito.”

Apenas estrecharon sus manos, la amistad entre Federico y “Pucho”, quedó sellada para siempre. Ambos enormes conversadores, francos y divertidos, dueños de estilos propios de comunicación y el arte de favorecer el diálogo, hizo que el vínculo se consolidara a lo largo de aquellos seis meses que duró la residencia de Federico en Buenos Aires. A ello contribuyó también el núcleo de amigos mutuos que los rodearon, entre quienes se contaban Pablo Rojas Paz y su mujer, Carlos de la Púa, Pablo Neruda, Ricardo Molinari, Alfonsina Storni, Raúl González Tuñón y el imaginativo dramaturgo Samuel Eichelbaum, cuñado de Guibourg.

Siempre con emoción, “Pucho” recordaba los encuentros de Federico con ese grupo de amigos. “Lo acompañaban Fontanals y su hija. Fontanals era un talentoso plástico de la escenografía, un auténtico maestro, compañero inseparable del poeta. Solo se separaban cuando tenían invitaciones diferentes; pero el grupo nuestro solía tenerlos siempre a los dos. Cuando podían escaparse, eludir los compromisos, el punto de reunión preferido éramos nosotros. Te imaginarás como los perseguían las señoras de la sociedad argentina y todo el snobismo. El encuentro con nosotros era en la Avenida de Mayo, en el bar del hotel Castelar donde estaban alojados, o en el Café de los 36 Billares, o en el Café Berna, cerca de la plaza del Congreso. Eran tres o cuatro cafés en los que nos reuníamos. Nos dábamos la palabra y allí íbamos todos para encontrarnos con Federico.”

Sigue asombrando a quienes han estudiado la estadía de García Lorca en Buenos Aires porqué casi no escribió sobre la ciudad que tanto lo había cautivado. “Pucho” tenía su propia respuesta: “Lo que ocurría era que no le quedaba tiempo. Se sentía tan celebrado, tan amado por la gente, que él mismo se disculpaba por su haraganería. Federico era un canto permanente a la vida. Le encantaba reír, disfrutaba con una carcajada permanente. Tocaba el piano, la guitarra, hacía imitaciones de viejas argentinas, de españoles e italianos, cualquier cosa para estallar en una sostenida risa contagiosa. Era un ser único e irremplazable.”

A propósito de esa actitud ante la vida que mantenía el poeta granadino, evocaba “Pucho” una anécdota que resume con gracia el espíritu que a ambos animaba. “Alguna vez he contado algo que la gente se resiste a creer. Aquello sucedió una noche mientras tomábamos el café después de haber cenado en un restaurante de Plaza Congreso. Había elecciones y con ellas la prohibición de estar después de las once de la noche en un lugar público. Allí estábamos el grupo de amigos con Federico y entró la policía. Nos pidieron documentos y nos llevaron detenidos. En la comisaría empezaron a interrogarnos:

“¿Cómo se llama usted y a qué se dedica?”

“Yo soy Pablo Suero, poeta.”

“Eso no es una profesión, con eso usted no se puede ganar la vida.”

“¿Y usted cómo se llama?”

“Samuel Eichelbaum y mi profesión es la dramaturgia.”

“Tampoco eso es una profesión.”

Y al llegar a Federico repitió las mismas preguntas:

“Yo soy Federico García Lorca, español, dramaturgo y poeta.”

Y el policía respondió con cierta alteración:

“Mire amigo, paremos aquí el asunto. Estos señores son criollos y les puedo permitir la broma, pero es el colmo que se la tenga que aguantar a un gallego.”

“Al rato llegó el comisario y, disculpándose, nos dejó en libertad.”

Edmundo Guibourg, el entrañable “Pucho” llevó al cine bajo su dirección y propio guion, “Bodas de sangre”, un filme argentino en blanco y negro que se estrenó el 16 de noviembre de 1938 y que tuvo como protagonistas a Margarita Xirgu, Pedro López Lagar, Amelia de la Torre y Helena Cortesina. El poeta Luis Rosales, amigo de Federico, estaba seguro que de haberla visto hubiera estado conforme y muy alegre con ella.

Con más de 90 años, “Pucho”, nuestro último bohemio, tan encantadoramente jovial como había vivido, se sumó a los más el 12 de junio de 1986.

Publicado originalmente en elimparcial.es