Balas y votos en Madrid

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David Felipe Arranz

Se nos ha quedado una primavera sufragista bronca y criminal en la campaña madrileña. Pero ya no lo decimos solo por las balas y las navajas que Correos no es capaz de detectar, sino por la confrontación a cara de perro de los candidatísimos, juego de las sillas inclusive: “que me levanto, que me voy, que me estoy yendo”. Por los barrios, pues, se ve mucha pobreza y colas del hambre –los “mantenidos subvencionados” de Isabel, lo cual es una redundancia–, y ahora que sus señorías hacen la tournée del arrabal, igual desde la vecindad les lanzan alguna berenjena (o ladrillo) de cortesía.

Un estudio reciente de la Universidad de Lausana asegura que estamos a la cabeza de las campañas políticas negativas; es decir, que votamos a la contra, vivimos a redropelo y, a la hora de depositar nuestro voto en la sacrosanta urna, nos guiamos más por la mala leche del que no queremos que salga elegido que por las bondades del votado. Así que, en nuestro país “los ciudadanos votan principalmente en contra de un candidato determinado”, dice Diego Garzia, uno de los autores del estudio, que contempla nada menos que catorce países que se supone disfrutan de plena democracia. Estando así de irritado y fatigado el debate, parece previsible que un par de chiflados de atar remitan munición y amenazas de muerte a nuestros altos representantes.

El ayusismo y el sanchismo son las facciones de la crispación moderna; porque Gabilondo es un hombre tranquilo y no da juego ni sangre en los combates del kick-boxing, donde todo hijo de vecino que aspire a presidir la Comunidad de Madrid tiene que saltarle los piños en público al adversario. Al este del Edén madrileño y por la Gran Vía, sale el sol cada mañana, por la calle de Alcalá, el Retiro y por muchos ventanucos de la pobre gente, porque todavía queda un lumpen madrileño de personas en busca de su mendrugo de pan haciendo mil malabarismos para llegar a fin de mes. La pobreza no nace con el coronavirus, que en esta falacia basan sus campañas los aspirantes presidenciales, sino que la chabola tan autóctona es la miseria endémica, un estado de cosas y referentes al que nos habíamos acostumbrado. La ruina era para muchos “lo vivo lejano” hasta que con la COVID-19 llegó el genocidio. Lo que ocurre es que la peste china nos ha bunkerizado durante un año (sin que nos hayan quitado las vacaciones, que son sagradas) y habíamos perdido esa nota social de los pobres, a los que nadie les importa un carajo, especialmente a las señoras y los señores que adornan las farolas de Madrid con sus insolentes rictus de improvisadores del parasitismo.

Así que en el tercermundismo emocional y económico se nos pide –una vez más– que votemos al mejor, en libertad y esas cosas tan bonitas y tan iguales cada vez. El coronavirus se ha nacionalizado; aunque se haya originado en Wuhan, sus capacidades internacionalistas hacen que haya unificado la suerte mortal de todo el planeta. El hambre colectivo se queda aquí, por lo tanto, muy aliviado gracias al debate político entre asperezas y dentelladas. Y la clase política, de cualquier signo, recibe balas y votos, como en aquella película de William Keighley, con Humphrey Bogart y Edward G. Robinson. De manera que la concordia transicional se ha tornado en discordia este cuatro de mayo, levantisco y goyesco, con sus fusilamientos y retórica nacional. El españolito sigue enjalbegando sus casucas, con hambre y dolor de muertos, con sus economías expuestas a la intemperie. Ellos van a los debates, reciben su generoso jornal de los bolsillos d todos nosotros, hacen como que se odian y duermen a cuerpo de rey (y de reina). Lo que viene siendo el despotismo y el absolutismo, pasos previos a la barbarie de los pueblos.

Estas elecciones de Madrid son provisionales y pasajeras, tan volubles como una promesa de amor en primavera; pero don Francisco de Quevedo ya escribió aquello de que lo fugitivo permanece y es perdurable, así que la campaña será permanente, extrema, de mitin y papeleta. El pueblo pasa hambre y el político medra a costa del primero, pues es maestro en el arte oscuro y codicioso del medro social, llenando de confusión la vida nacional y el beso fresco de la esperanza que nunca llega. La asignatura pendiente de nuestro país –por encima de todas las demás– es la de devolver la alegría a las gentes, la de esquivar la punzada de la melancolía, el fracaso humano y político de nuestros representantes, contagiado al pueblo; exorcizar, en definitiva, el desaliento de tanta herrumbre y escombro. El abstencionismo es una tentación demasiado golosa, si no fuera porque tenemos que ir a trabajar ese día y depositar de paso nuestro sobre, convencidos de que el cambio está aún demasiado lejos.

Entre el sobre cargado de munición y la urna madrileña hay una relación perversa, y en los salones político-elegantes le echan la culpa de que haya llegado a manos de sus respectivos destinatarios a un funcionario que anda mirando el whatsapp en el momento del escáner. Seguramente. Pero la inopia de tanto frentismo y guerracivilismo en campaña es un invento de ellos, no nuestro. No de los pobres. Que conste.

Publicado originalmente en elimparcial.es