Navidad

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Diciembre y la Navidad me ponen melancólico. Añoro la nochebuena en la casa del pueblo, olorosa a pino, a velas y a ponche de guayaba, la cena que mi madre y mi padre aliñaban en concierto y asombrosa sincronía, y el alborozo interminable de mis hermanos.

El fin de año es de nostalgia por mis años juveniles, soñadores y despreocupados, cuando, como dijera Vidal Elías, cualquier palo de escoba era caballito. Qué doloroso perder la magia que no dejaba dormir las noches del 24 de diciembre y del 5 de enero en espera del Niño Dios, del rollizo Santa y de los Reyes Magos en sus portentosas monturas cargados con regalos.

Cuando crecí y la verdad me fue revelada, no me gustó. Lo racional y el espíritu navideño no se llevan. La añoranza decembrina tiene que ver con la inocencia. Los inocentes pueden mirar el futuro sin parpadear: quizá de ahí el empeño que ponemos en prolongar lo más posible esta magia para nuestros hijos.

Los viejos andamos por la vida con la conciencia de que somos finitos y de que el tiempo se nos escurre entre los dedos. Por eso hacemos de la Navidad una temporada de compartir. Damos algo para que los demás nos recuerden.

¿Y qué puede ofrecer un escribidor a sus lectores sino unas cuantas letras más? Así pues, aquí presento a usted, envueltas en papel rojo y adornadas con una rama de fragante pino, como cada año desde que nació Juego de ojos, una narración y una reflexión que a mi me interesaron cuando las descubrí. Se puede estar o no de acuerdo con ellas, pero tienen un mensaje y mueven a meditar.

La primera es de Jim Bishop, un periodista gringo fallecido en 1987. La segunda, de autor desconocido. Un querido amigo que es como mi conciencia periodística y de quien no haré alusión ni siquiera por sus iniciales (la octava y la decimotercera del alfabeto) sostiene que esta columna repetida año tras año es de nostalgia por mis años de monaguillo. Quizá tenga razón.

El texto de Bishop:

Hubo un hombre nacido de padres judíos en una oscura aldea, que creció en otro pueblo igualmente desconocido, trabajó en una carpintería hasta los 30 y después durante tres años fue predicador ambulante. Nunca escribió un libro, nunca ocupó un cargo, nunca poseyó una casa. No tuvo familia, no fue a la universidad, no puso pie en ninguna gran metrópoli y no viajó más allá de 300 kilómetros de su lugar de nacimiento.

Jamás llevó a cabo ninguna de las hazañas que supuestamente deben acompañar a la grandeza. Cuando aún era joven la opinión pública se volvió en su contra, sus seguidores lo abandonaron, fue entregado a sus enemigos y sometido a una farsa de juicio. Sus verdugos se rifaron su única propiedad, una manta. Al morir, su cuerpo fue colocado en una tumba prestada.

Sin embargo, ni todos los ejércitos que han hollado la faz de la tierra, ni todas las armadas que han surcado los mares, ni todos los parlamentos que han sesionado, ni todos los soberanos que han reinado, juntos, han transformado la vida del hombre en la tierra como lo hizo ese único, y solitario, varón.

La cavilación anónima:

Si usted tiene comida en el refrigerador, un techo, un lugar para dormir y ropa, es más rico que el 75% de la población del mundo.

Si tiene dinero en el banco y en el bolsillo y algo de morralla en algún lugar de la casa, es parte del 8% de los más ricos del planeta.

Si hoy amaneció en buen estado de salud, es más afortunado que el millón de seres humanos que no sobrevivirá esta semana.

Si nunca ha vivido el peligro de una guerra, la soledad de una prisión, la agonía de la tortura o los dolores de la hambruna, su suerte es mejor que la de 500 millones de seres humanos en el mundo.

Si esta Nochebuena acude a una iglesia sin miedo a ser perseguido, agredido, arrestado, torturado o asesinado, sus bendiciones son mayores que las de tres mil millones de personas en el planeta.

Si puede leer estas líneas es más afortunado que más de dos mil millones de seres humanos que son analfabetas.