Giovanna Rivero: esa luz negra nos ilumina

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Diego Medrano

Encarna el romanticismo negro hispanoamericano (yo, como Chani Pérez Henares, siempre diré Hispanoamérica o Iberoamérica, jamás Latinoamérica, dado que en este último podemos hablar de otros idiomas distintos al español). Rivero nació en Montero (Bolivia, 1972) y vive en Lake Mary (EE.UU). Doctora en literatura hispanoamericana por la University of Florida. Cinco libros de cuentos hasta la fecha: Las bestias (1997), Contraluna (2005), Sangre dulce (2006), Niñas y detectives (2009), Para comerte mejor (2018). Cuatro novelas: Las camaleonas (2001), Tukzon (2008), Helena 2022 (2011) y 98 segundos sin sombra (2014). Numerosos premios por sus libros (Premio Municipal de Santa Cruz, Premio Dante Alighieri, Premio Audiobook Narration) y novelas juveniles (La dueña de nuestros sueños, Lo más oscuro del bosque). Una completa desconocida en nuestro país hasta el presente incendio completo: Tierra fresca de su tumba (Candaya). Libro breve, apenas media docena de cuentos, pesadilla eterna.

Giovanna Rivero escribe a latigazos, a mordiscos, por medio de una escritura nerviosa, donde la alucinación y el deslumbramiento, van despejando la selva oscura de sus palabras como puñetazos. Es un lirismo feroz y frágil –da cuenta la crítica de su país- donde lo gótico baila con lo macabro, sí, pero también hay guiños y puertas abiertas a la ciencia ficción, a la distopía, al realismo más radical por extremo. Dijo Martina Panza sobre su prosa: “(…) la luz y la oscuridad se reducen a un mismo pliegue”. Pescadores en los mares de la muerte, niñas abandonadas, mujeres dementes, ancianas japonesas en búsqueda de sí mismas por los jardines, muchachos tribales bajo la furia mojada de pieles animales. La vida ordinaria –el realismo, diremos- sufre un fogonazo, un relámpago, del que tarda en reponerse y no cicatriza.

Tomemos, por ejemplo, el primer cuento: La mansedumbre. Se da cuenta de un embarazo, una mujer preñada intenta abortar o partir, no sabemos. Al mismo tiempo asistimos a una atmósfera asfixiante: casas en los márgenes de la vida como construcciones dispersas y obstinadas, cielo sucio sin pájaros, mujeres de ojos transparentes y frentes redondas como ideando soluciones o alabanzas, venas azules al cantar como riachuelos subterráneos. La pobreza entre lámparas de luces ajenas, cofrecitos oxidados con los ahorros, bolsos con ropa, edredones de tulipanes bordados, álbumes y casetes con voces de sus muertos. Caminos, recorridos bajo el traqueteo de hierro, donde una cabeza se apoya en el pecho con olor a cebolla, suero y vainilla. La consigna de “no mirar atrás”. Susurros del diablo que seduce. El temor de Dios por nuestros actos y la rebeldía entera de la imaginación. Una mujer preñada debate para sí el hambre de posesión. Tractores, como nubes, que tiran de residuos. Purificar la herida desde el silencio.

Un cuento, La mansedumbre, que se empieza y no se suelta. Entre la culpabilidad y muchos ojos húmedos: “Sentir pena por uno mismo es un modo en que la soberbia, el más fino de los pecados, se escurre por los resquicios del alma”. Los ojos lánguidos, piadosos y lentos de las vacas, tan cerca, que invitan a mugir con ellos: “Nos hemos equivocado, Elise, tú no eres la única muchacha que ha sido tomada durante las noche”. Nos hemos equivocado: “Que no te gobierne la desesperación. El diablo se aprovecha de esas miserias. (…) El diablo se apodera de nuestras voluntades”. Trabajar para la comunidad o morir sola. Mundo de mujeres que hornea galletas y desmolda quesos: ese aroma dulcemente agrio de las vacas. Angustia, vértigo, sudor… bajo el sombrero de paja encima de la pañoleta: “los pómulos desafiantes cual piedras ígneas que el sol fuera a rasgar a fuerza de luz”. Trabajar como animales para purificar una luz: “No importa si estás preñada, mejor aún si estas preñada de un niño. Un pequeño Lowen”. Así llegan las risas locas.

Risas son “agujas de oro bordando texturas invisibles en el aire, flotando sobre la música de sus celulares, una música que es vibración furiosa y feliz. Mira sus zapatos deportivos, sus pantorrillas bronceadas, las melenas cortas, las mejillas altas, sin pecas, solo rubor y una intensidad desconocida. Y en esa contemplación se sabe absurda y sola”. Hombres que huelen a bollitos de coca sacados de una bolsa de plástico. Olor indio: boca oscura, jugo vegetal, banquete a bosque. Los recuerdos, como cuervos, al asedio y plural carnicería. Palabras mutiladas por la quita o respiración llena de oxígeno. Humores corporales: “Gasolina, kerosene, alcohol, palos, dinamita, piedras… lo que sea habrían agarrado para hacer justicia”. Obreros de minas, campesinos: “Bien duro les ha tocado a ustedes trabajar la tierra, doblegar la selva, abrir caminos, alzar sus casitas, ¿no?”. Locura: “No ser vaca y comer loca de alegría el pasto tierno de las praderas”. Ladrones, entrados en la noche, para irse con nuestro aliento. “Lejos, Elise, parirás lejos”. Golpea el bulto la pelvis con terquedad, no tiene hogar el cuerpo joven, la asfixia crece dentro y fuera. Giovanna Rivero moldea, narra, desde el miedo y así todo el barro queda en las manos. Una experiencia corporal irresistible.

Publicado originalmente en elimparcial.es