Parménides García

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Fernando Muñoz

No es éste el primer libro sobre cine que escribe Agapito Maestre que es, sin duda, un espectador embelesado de la forma artística por antonomasia de la modernidad tardía. [Agapito Maestre. La razón alegre. Unión Editorial] ¿No es el cine la exaltación de la novela y la novela la forma moderna del drama que es nuestra vida? La novela es la forma literaria en que se ha expresado el tiempo de la subjetividad que nos define, el cine es la obra plena en que, a veces, cobra expresión el frágil espacio de nuestra vida.

Pero Maestre ha encontrado en Gonzalo García Pelayo un director que – tratando de sujetarse al presente absoluto – consigue una obra dotada de “consistencia estética, fundamento moral y solidez en el tiempo”. Si así fuera, habría resultado, una vez más, que el último moderno es el primero de los clásicos. Es natural porque el presente absoluto parece una figura de la eternidad. García Pelayo lograría “atajar la falsa fluidez de una existencia ficticia” consolidando un cine que paradójicamente niega la irreversibilidad del tiempo y rompe su continuidad. Dice Agapito que es un realizador parmenídeo, al que define el esfuerzo por acoger en la pantalla el sólido fundamento de la realidad “bien redonda”, que se esconde bajo la contradictoria apariencia del mundo.

Profundamente relacionado con ese diagnóstico se encuentra otro aspecto de la grave anomalía que García Pelayo significa, en la perspectiva de Agapito Maestre, en esta modernidad de nuestras tribulaciones. Su cine expresaría gratitud, satisfacción y alegría frente al manto de ceniza con el que cubre su existencia tanto artista maldito y marginal. Y la gratitud es, cuando alcanza a ser una gratitud por la misma existencia, un índice profundo de religiosidad. ¿Será García Pelayo un hombre religioso?

La vida de García Pelayo es compleja como ya no es nuestra vida de individuos aislados, átomos en el desierto de la desconfianza, consumidores-trabajadores convenientemente cegados por el sistema educativo, por los arquitectos de la opinión y los gerentes de la cultura, por redes y medios, por el murmullo masivo de una información devastadora. Apoderado y matemático, director financiero y asombroso jugador de ruleta o de póker, director de cine… una anomalía inconcebible en esta España agónica. ¿Cómo esperaríamos de él un cine ideológico orientado al comercio?

“La capacidad de discernimiento, la conciencia del bien y la noción de la belleza son previos a todo proceso educativo y artístico”, ha escrito Agapito Maestre. De hecho, el actual aparato educativo asfixia todo discernimiento, anula cualquier conciencia del bien e inhibe toda capacidad de aprehensión de la belleza. Por eso resulta urgente encontrar la raíz de la cultura real de este cineasta, la fuente nutricia que no ha podido secar la administración. Habría que hallar el lugar del que se alimenta este autor, capaz de vencer el fragor con el que la visión tecno-económica del mundo silencia cualquier voz realmente animada. Porque hoy vivimos en un orden de sujetos exánimes, sin alma y sin sangre en las venas. García Pelayo nos anima con un cine vital que se sobrepone a los fantasmas de la descomposición y “fomenta con pericia de orfebre todas nuestras capacidades intelectuales, morales y artísticas”. ¿De dónde ha salido este hombre? ¿Cómo vive todavía en esta era de Zombis, que saturan las calles y las pantallas? ¿Cómo ha llegado a adentrarse en el camino de “la verdad bien redonda” este ya no tan joven “compañero de inmortales aurigas”?

Maestre ve un director parmenídeo, pero – como él sabe bien – Parménides ha dejado de ser el luminoso origen del formalismo lógico que permite oponer belleza y horror, bondad y maldad, verdad y mentira con el filo secante y preciso de la no-contradicción. Parménides, sacerdote de Apolo Oulios y “señor de la guarida” (phôlarchos), dominador del arte de aproximar a la muerte en la vida, como experiencia curativa. El vigilante del oscuro saber de los foceos que, rompiendo todo lazo y negando toda movilidad, era capaz de conducir la vida a su perfección a través del velo de la muerte. El capaz de hablar directamente a la diosa, Perséfone, que gobierna el mundo de lo informe (Hades). ¿Es este el Parménides del gran García Pelayo? No sería, por tanto, un cine de razón luminosa, pero sin matiz, homogéneamente idéntica a sí misma. Es un cine de razón alegre, y esa alegría es la fuerza capaz de transfigurar la mera razón – que es la razón pura del loco – en razón vital y vida humana. García Pelayo – ¿no lo sugiere así Maestre? – es el cineasta parmenídeo de un Parménides olvidado. El que habita en los oscuros lugares del saber (Peter Kingsley).

Doctor en Filosofía y Sociología

Publicado originalmente en elimparcial.es