Haga su vida más fácil

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Fernando Muñoz

Un amigo exclamaba hace unos días: “¡qué difícil es vivir!” Es una exclamación que puede producir un escalofrío, al que seguirá una enorme perplejidad cuando sepamos que no se refería al carácter trágico de la vida humana: a la inexorable presencia de la muerte, propia o próxima, al dolor y el desengaño, a la traición y la deslealtad, al odio que suscitamos o al resentimiento que puede consumirnos… A tantas aristas afiladas entre las que ha transcurrido siempre la caída existencia de un ser humano. Se refería a la asfixiante dificultad que rodea hoy los procedimientos más sencillos, los gestos más humildes, las operaciones más elementales.

La multiplicación invasiva de formularios, encuestas, índices de satisfacción, requerimientos y demandas administrativas, agencias y aplicaciones… la floración opresiva de medios inhibe y aplasta la función más sencilla. El médico dedica a la pantalla dos tercios del tiempo supuestamente dedicado al paciente: completa, suscribe, mide, requiere etc. sin haber lanzado una mirada al rostro afligido de un paciente al que orientará según el protocolo programado. El paciente continúa la danza cumplimentando encuestas de satisfacción, señalando propuestas de mejora en el servicio y coronando su paseo con una carita entre el enrojecido malhumor y la rutilante luna amarilla de la sonrisa más amplia.

El profesor cuenta con un sinfín de nuevas aplicaciones que al parecer facilitan unas tareas instrumentales que consumen, sin embargo, la mayor parte de su tiempo. Programar, levantar acta, constatar asistencia, registrar entregas, anunciar plazos, introducir calificaciones, calcular porcentajes, enviar notificaciones, evaluar, antes que atender directamente la falta de comprensión por parte de un joven que – armado de su smartphone – continuará la danza calificando al calificador, definiendo su aptitud pedagógica en función de su pericia en el uso de las tecnologías de la información y la comunicación, que nos sirven por el paradójico medio de mantenernos sujetos a herramientas, marginales y extrañas a la función que definió tradicionalmente el ejercicio de una u otra profesión.

No ha dejado de crecer el contingente masivo de gestores, administradores, técnicos del orden y agentes de la estandarización que – dotados de las nuevas herramientas tecnológicas – han llevado al paroxismo su injerencia tiránica sobre nuestras vidas. Planteo una cuestión fundamental: si es más difícil construir un muro o cocinar un cordero, arreglar un enchufe o jugar al mus que manejar las nuevas herramientas inteligentes, ¿por qué a tantos nos resulta infinitamente mayor el coste que supone su uso?

Se nos pedirá que hagamos click sobre ausente en el momento de nuestro fallecimiento, tras deponer nuestra huella digital a efectos de seguridad, no sea que nuestro deceso recaiga sobre otro. Apple ha registrado la frase There´s an app for that (hay una app para eso) lo que con Smart-Things – marca registrada de Samsung que busca hacer inteligentes todas las cosas – recoge en sintética fórmula el más decantado programa totalitario. El efecto evidente es la reducción administrativa de la dimensión trágica de la vida, lo que no arroja una tragicomedia sino un cinismo amargo, un nihilismo activo y una inclinación a la muerte por hastío. El efecto es, en resumen, el asco.

John Senior empezaba, hace décadas, por recomendarnos que nos deshiciéramos del televisor. Hoy habría que silenciar una interminable escombrera de astutos aparatos. No parece un objetivo realista, pero es el único camino que conduce a la realidad.

He decido no hacer una sola encuesta de calidad más. No responderé a las demandas de valoración del servicio en el mercado, el taller, la clínica, la escuela o la parroquia. Repetiré el mensaje evangélico de Lc 6-37: no juzguéis y no seréis juzgados… No evitará que haya de someterme en mi trabajo a esos programas de satisfacción. No podré evitar esa condena, pero espero evitar una mayor. He decidido huir siempre – en la medida de lo posible – de la actividad febril de la gestión: no solicitar nada que no sea imprescindible, sólo registrar la información obligada, defender siempre la presencia real del prójimo frente al viento electrónico de las pantallas, suspender toda iniciativa que no pueda llevarse adelante de viva voz y cuerpo presente. Pretendo no poner nombre a los aparatos y no dirigirme a ellos por el que les han asignado. Llamar a las cosas por su nombre, empieza por llamarlas cosas: aunque tengan voz y nos den los buenos días o nos deleiten con nuestra música favorita. He decidido eludir – en alguna medida – las cámaras y los sensores de parche, los teléfonos astutos y sus adminículos de pulsera. Trataré de taparle los sentidos al explorador ubicuo que pretende registrar mis pasos, privatizar mi atención y sugerir mi identidad: voy a facilitarme realmente la vida.

Doctor en Filosofía y Sociología

Publicado originalmente en elimparcial.es