Justicia y política

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Juan José Vijuesca

La actual sociedad española está desdibujada ante sentencias tan discutibles como lo son algunas de las condenas que se sustancian por los tribunales de justicia. Hoy en día, y según arbitran ciertos magistrados, resulta justificado que una gran parte de la ciudadanía esté frustrada con el hacer de los censores de la ley. No es que el precepto de los jueces sea traído por unidad de criterio de este colectivo, como debiera ser, nada de eso, aquí y ahora la aplicación de las sentencias es una lotería según el juez o jueza que toque en suerte el día de la vista. No obstante, cabe señalar que hay jueces valientes y así lo demuestran, aunque sean los menos.

Ahora mismo los villanos gozan de ese buenismo tan servil que hasta el devenir justiciero parece haberse contagiado, mientras el honrado, por serlo, pierde caché en beneficio de los infames. Uno se pregunta por las razones para que esto sea así, porque no es de recibo que los violentos una y otra vez entren y salgan de los tribunales cargados de antecedentes y con libertad callejera. Lo peor de todo esto es que el asombro deja de conmocionar al ciudadano normal que se resigna al rutinario minuto de silencio como forma de encumbrar la repulsa hacia una sociedad huérfana de justicia y de clase política verosímil.

Los casos no son todos iguales. Eso es de cajón. Ahora bien, cuando se reincide en el desaliño justiciero y un indeseable con antecedentes por maltrato, violaciones, robos u otras pasiones criminales, campan por la calle porque el juez o la jueza de turno le ponen en libertad con cargos sin tener en cuenta la acreditada peligrosidad del individuo, eso no solo es perverso, sino que la reincidencia o la venganza vuelve a llamar a la puerta de sus víctimas para dar cumplido trámite a su casi siempre ambicioso proyecto: violentar la vida del prójimo.

En lo político resulta asquerosa la rentabilidad que se hace por cualquier cosa con tal de sacar provecho, como digo, a costa de inflamar al contrario. No hay pudor, no hay vergüenza porque la clase política no sabe o no quiere ponerse en el lugar de quienes son representados. Esta es la razón por la que una sociedad avanzada declina su fuerza y la convierte en debilidad merced a las insustanciales medidas que no solucionan nada. Uno siente la pérdida de tiempo contemplando lo irracional entre voces altisonantes en foros de nula eficacia. Todo es pura demagogia. El orador vocifera, calumnia, agravia y tergiversa, mientras las mentiras de unos y de otros toman acomodo para salir airosos, pero a la hora de la verdad les invade el miedo como a Demóstenes, quien siguiendo el consejo de Arquíloco, apenas divisó al enemigo arrojó el escudo y huyó, mostrándose tan cobarde soldado cuanto experto orador.

Lejos queda la excelencia para quienes la necesidad de compaginar los deberes de la política con una amplia vida intelectual contaba no solo con el aval del conocimiento, sino también con la virtud de la equidad y la decencia sin fisuras. Por desgracia hoy en día lo de ser político u ostentar cargo de responsabilidad pública obedece al amiguismo más falaz sin reparar ni en gastos ni en gestos ni en méritos. No olvidemos que la justicia bien impartida y exenta de toda injerencia es una paz terrenal. Sin duda esta es la virtud de un pueblo que se sabe amparado por las instituciones y quienes las regentan fuera de toda sospecha.

Una simple cuestión de criterio es lo que convierte al individuo en razón solidaria para el buen fin de la convivencia, pero para ello hay que dar ejemplo erradicando el espectro ideológico que inunda los púlpitos dedicados a extraer del contrario hasta las vísceras convirtiendo la maldad en una carrera de fondo para conseguir el poder omnívoro. Al panorama político actual no les importamos nada porque unos y otros caminan por idénticos cenagales de la impostura. Y así, de esa manera, las víctimas seguirán sumando, muera quien muera, mate quien mate y quebrante la ley quien la quebrante. Quizás sea esa la razón que el poder persigue.

En esto no caben medias tintas y por ello las extravagantes sentencias que premian al mezquino y desamparan al inocente no hacen más que desgastar al honrado bajo la mirada cómplice de quienes lo contemplan e incluso lo aplauden. Es decir, la cobarde clase política en general, salvo raras excepciones, que al igual que Demóstenes tiran el escudo, huyen y se refugian en la oratoria.

Escritor

Publicado originalmente en elimparcial.es