Los Magos partos

0
308

Martín-Miguel Rubio Esteban

Con la conquista de Antioquía por Pompeyo en el 64 a. C. desaparecía lo que quedaba del gran imperio seléucida, que a la muerte de Alejandro Magno (323 a. C.) había levantado el general Seleuco Nicátor en el 312 a. C. Los partos arsácidas, resucitando la vieja Persia de los Aqueménidas, sucederían a los últimos seléucidas abatidos por los romanos en aquel inmenso territorio del mayor reino helenístico. Las guerras civiles en Roma, primero entre Pompeyo y César, y luego entre los asesinos de César contra Marco Antonio y Octavio, fueron aprovechadas por los partos para apoderarse de Siria y de Judea, que habían sido recientemente conquistadas por Pompeyo. Los judíos dieron la bienvenida a los partos, como no lo habían hecho con los caldeos 500 años antes, porque los vieron como sus salvadores frente a los romanos. El hijo mayor de Antípatro, Fasael, colocado por Pompeyo como la mayor autoridad judía, cayó muerto en la guerra contra los invasores, y el sumo sacerdote Juan Hircano II, que sólo se parecía en el nombre a su tocayo héroe patriótico, legendario restaurador de la época del rey David, fue llevado a la cautividad. Además le cortaron las orejas de modo que, como persona mutilada, jamás volviera ser pontífice. Lo mismo que hizo Vercingetórix en la Galia contra los druidas prerromanos. En lugar del mutilado Hircano se nombró sumo sacerdote a Antíoco Matatías, único pecio del naufragio de aquella heroica familia de los Macabeos. Se podía pensar que se había restaurado el reino macabeo, pero en realidad el nuevo rey sólo fue una marioneta de los partos.

Antípatro el idumeo tenía otro hijo, Herodes. Como su padre, era judío de religión aunque de ascendencia idumea, y los judíos siempre odiaron a estos conversos idumeos, que los veían como falsos conversos y auténticos idólatras. Herodes había servido bajo su padre como gobernador de Galilea. Cuando los partos tomaron Judea, Herodes logró escapar y se dirigió a Roma. Allí persuadió al general romano Marco Antonio, que en ese momento era el romano con mayor poder, para que le nombrase rey de Judea y declarase fuera de la ley a Matatías. Volvió Herodes a Judea y los partos tuvieron que retirarse ante un masivo contraataque de las águilas romanas. Con ayuda de los romanos Herodes tomó Jerusalén en el 37 a. C. y Matatías fue ejecutado. Es así que sólo durante cuatro años fueron los partos dueños del territorio judío.

Pues bien, la religión zoroástrica de los partos o persas estaba administrada, enseñada y propagada por sacerdotes llamados “magu” en persa, y que los griegos tradujeron por “magoi” y los romanos por “magi”, tres versiones de una palabra de la 2ª declinación de la lengua indoeuropea. Estos magu no sólo sabían propiciar a los dioses, sino que también estudiaban los cuerpos celestes desde sus zigurats y sus influencias en el curso de los acontecimientos humanos. En lo más alto de los zigurats había un “mar de bronce”, expresión judía, especie de estanque de bronce en el que las estrellas se reflejaban en la noche en sus aguas quietas. Así estudiaban los magu el firmamento. La sabiduría de estos magi o sacerdotes nos dio la palabra magia. El más famoso mago fue Zaratustra o Zoroastro, padre del zoroastrismo y adorador de un dios único, Ahuru Mazda, opuesto a Angra Mainyu, el Satanás persa.

Las esperanzas mesiánicas pudieron menguar bajo los macabeos, pero quedaba la esperanza de un Mesías de la línea de David. Desaparecidos los macabeos, a pesar del heroísmo de Judas Macabeo y de sus hermanos, y pese a las conquistas de Juan Hircano I y de Alejandro Janeo, el linaje había sido breve, y al final constituyó un intermedio sin éxito en la historia judía. Y aquellos que esperaban piadosamente al Mesías, debieron de sentirse satisfechos, y no al contrario, por el fracaso macabeo. Al fin y al cabo, los macabeos no eran del tronco de David, como sí lo era Jesús. ¿Cómo podrían haber triunfado los macabeos sin ser del verdadero linaje real? Bajo el odioso idumeo Herodes y el yugo pesado de las armas romanas, los judíos tenían las mayores esperanzas de la llegada de un Mesías que se proclamase Rey, expulsase a los opresores paganos e hiciese retornar a Israel a los tiempos del rey David. El fervor mesiánico de Judea se hizo sentir más allá de sus fronteras, entre las populosas colonias de judíos de Cirene, Alejandría o la misma Babilonia de los partos. Y dado que los vecinos partos, los eternos enemigos de Roma, tenían los mismos intereses que los judíos – expulsar a Roma del Oriente próximo -, los magu que se acercaron a adorar al Niño Jesús, vástago del linaje de David, tanto por parte de José como de María, lo hicieron pensando que aquel infante sería el Mesías, al que les llevó la estrella, y sería también el mejor aliado sin duda de los intereses arsácidas. Los “magu” de Oriente, cuyo número no lo dan los Evangelios, son una prueba clara de la connivencia existente entre el mesianismo judío y la geoestrategia arsácida. Jesús, como David, nacería en Belén. Luego Jesús es el nuevo David señalado por la estrella de Belén.

Doctor en Filología Clásica

Publicado originalmente en elimparcial.es