Schnitzler y el monólogo interior

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Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

“¡Qué calor hace! Pero ¿todavía no se acaba? Tengo unas ganas de salir al aire libre. Me voy a pasear un poco por el Ring… Hoy tengo que irme pronto a la cama, para estar mañana en forma. ¡Qué extraño, qué poco me preocupa! ¡Es que me da lo mismo! No es que tuviera miedo, pero un poco nervioso sí que estaba la noche anterior…”

Estas frases pertenecen al primer monólogo interior de la lengua alemana: El teniente Gustl (1900), el cual precede a numerosos experimentos análogos en la literatura moderna. Arthur Schnitzler (1862-1931) fue un autor —cuentista, dramaturgo y novelista— cuya obra fue exitosa y escandalosa al sacar a la luz las debilidades humanas de la sociedad austriaca.

Como muestra el ejemplo inicial, el personaje se expresa por sí mismo, expone sus pensamientos, los extrae de su mente y los deposita en el texto, tal cual, con frases entrecortadas, pasando de un tema a otro y sin ningún intermediario. Estas palabras equivalen al fluir de la mente, a lo que cada uno se dice, a lo íntimo. He aquí la técnica denominada monólogo interior. Todos los críticos coinciden en otorgarle a Dujardin su invención, en 1898; lo definió así: “El monólogo interior, como cualquier monólogo, es un discurso del personaje puesto en escena, y tiene como fin introducirnos directamente en la vida interior de este personaje sin que el autor intervenga con explicaciones y comentarios y, como cualquier monólogo, es un discurso sin oyente y un discurso no pronunciado.”

Schnitzler ingresa en 1882 como voluntario de milicias universitarias. Al año siguiente sale como oficial de la reserva, graduación que se le retirará por la publicación de su obra, El teniente Gustl. Es un teniente en la reserva del ejército del emperador que debe batirse en duelo con un “socialista” antibélico que se permitió el lujo de criticar delante de él la inutilidad del estamento militar imperial. El relato ocurre en la conciencia del personaje principal, desde donde nos hace ver todo con sus ojos.

El autor vienés busca constantemente un equilibrio psicológico-estético que le permita expresar con absoluta coherencia sus inquietudes. En este caso, el flujo de conciencia es, sin lugar a dudas, la mejor opción que podía escoger. Porque el monólogo de Gustl es una manera de no perder la razón en ese combate contra sí mismo para el cual no está preparado. Combina la innovación estilística con la denuncia social. Arriesgó: ese estilo de relato no tenía tradición, si no conseguía una coherencia magistral, ponía en entredicho el efecto de denuncia pretendido. Y logró, al desnudarse el personaje, que las miserias humanas salieran a flote.

La señorita Else fue un gran éxito de ventas cuando apareció en 1924. En esta novela corta se sirve de un escenario social para describir un drama individual —una muchacha de la alta burguesía tiene que venderse para salvar la posición económica de la familia. También aquí el flujo de los pensamientos reproduce cada instante de la crisis de Else, resaltando con una claridad dramática la condición inevitable de su triste destino. De esta manera, la técnica del monólogo interior se enriquece con nuevos matices.

Resultó un gran cuentista. Anteriormente había escrito varios cuentos “El viudo” (1894), “Los muertos no hablan” (1897), “Gerónimo el ciego y su hermano” (1900)… en los que ya utilizó el monólogo interior en breves pasajes. En todos ellos se aprecia claramente su tendencia a que el narrador desaparezca y que sean los propios personajes quienes den a conocer sus conflictos interiores.

Al morir en 1931, se le homenajeó con necrológicas escuetas y frías y se le calificó de autor perteneciente a una época concluida, la de un Imperio que se estaba derrumbando inexorablemente. Los nazis, después, lo llevaron al ostracismo, hasta que fue revalorizado por el teatro y la televisión. Los guiones que escribió y sus novelas llevadas al cine son buena muestra. Entre ellas, no podemos omitir la película, Eyes wide shut (1999), tan famosa y revolucionaria, mientras la novela en la que está basada, Relato soñado (1925), permaneció en la oscuridad.

Su extensa obra nos enseña que la relación entre las personas y la sociedad no es fácil. El escritor conocía perfectamente la sociedad en la que vivió, pertenecía a ella. Miguel Ángel Vega señala que es hijo del tiempo, de su tiempo y de su espacio. La misma Viena, esa Viena decadente, se convierte en otro protagonista más. Por las páginas de sus obras pasan personajes de distintos estamentos sociales, pero para la burguesía y para los militares era deshonroso mostrar lo que pensaban.

A su vocación literaria, contribuyó, por un lado, Bertha Lehmann, como nos cuenta en la autobiografía que escribió: Juventud en Viena. Esta institutriz le inculcó el interés por los clásicos de la literatura, por los problemas sociales y por ese mundo, mucho más misterioso, de las cuestiones del corazón humano. Por otro, su estrecha relación con el teatro. Había leído algún drama escrito por su padre —cuyo talento como escritor y periodista fue indiscutible— y había acudido con él a las representaciones de actores y cantantes que eran sus pacientes —fue un prestigioso médico especializado en laringología.

Aunque Arthur Schnitzler desde joven escribía poemas, dramas y a los dieciocho años publicó en una revista su primer ensayo literario, siguió la estela familiar. Estudió Medicina y trabajó en la consulta paterna hasta que este murió (1893). Momento en el que tomó la decisión de centrarse en la literatura. Se dio cuenta de que la ciencia no llegaría a ser para él lo que era el arte.

Nada más graduarse, se puso al servicio del profesor Theodor Meynert, uno de los maestros de Freud, con lo cual disponía de una gran fuente de recursos para abordar la psique de sus personajes. Según Sigmund Freud —con el que se carteaba— lo que él “había descubierto en otras personas mediante un penoso trabajo, Schnitzler lo sabía gracias a la “intuición y la introspección”; en su fuero interno el escritor era para él un “investigador de las profundidades psicológicas”.

Schnitzler mantuvo con el también escritor austríaco Stephan Zweig (1881-1942) una relación maestro-alumno epistolar entre 1907 y 1931. En ella queda de manifiesto la admiración y el respeto mutuos además de una sincera amistad. Es más, el escritor José Ramón Martín Largo afirma rotundamente que sin Scnitzler no existiría la obra de Stefan Zweig.

En una de esas cartas Zweig, tras leer La señorita Else, le cuenta que le parece una obra maestra y, a su vez, se extraña de la técnica que utiliza. Ya se sabía que Arthur Schnitzler había leído Les Lauriers sont coupés de Dujardin y aquí se confirma, al indicárselo a Zweig. Sin embargo Scnitzler menciona un dato desconocido sobre la autoría de dicha técnica, al que él tampoco le da excesivo valor: “Según Georg Brandes, Dostoievski se habría servido en Krotkaja de la misma técnica, pero tampoco esto es propiamente así”.

Fue un prolífico autor que dejó un gran legado. Él despreciaba a los que entregaban su legado aún en vida a los lectores. El suyo consta de dos dramas desconocidos e inacabados, de su libro autobiográfico Juventud en Viena, de cartas y de su gigantesco diario.

No es de extrañar que se refugiara en la literatura testimonial: sus diarios. Podemos hablar de ellos en plural puesto que abarcan casi su vida entera; comienzan en marzo de 1879 (aún no había cumplido los diecisiete años) y llegan hasta el 10 de octubre de 1931 (dos días antes de su muerte) de ahí que su extensión ronde las seis mil páginas manuscritas. Siempre le dio una importancia máxima y procuró que las personas de su entorno lo consideraran una obra de valor extraordinario. En su obsesión por preservarlo —lo puso a resguardo en la caja fuerte de un banco—, está su intención de publicarlo póstumamente. En sus “Disposiciones sobre mi legado literario” anotó que no se falsearan, que no se “edulcoraran, abreviaran o modificaran en modo alguno”.

De esta forma dio a conocer su mundo interior, su intimidad. En una carta de 1897 constata: “Vuelvo a llevarme mal conmigo mismo”. Ese es el tema dominante del diario: la insatisfacción con su propia persona, insatisfacción que se convierte en acusación y se acerca al odio hacia sí mismo. El diario le sirvió de “preciosa escupidera” de sus “humores y malhumores”. Le atormenta continuamente el sentimiento de poseer talento, pero no estar a su altura. “¡Qué carencias en mis grandes obras al lado de pasajes de alta calidad! El hecho de conseguir a menudo unos finales tan logrados tiene también algo que ver con mi impaciencia desazonada”.

Giuseppe Farese, estudioso y traductor de su obra, añade la acertada descripción que le escribió el también escritor austriaco Robert Musil: “Arthur Schnitzler es un enamorado en un estado de constante desesperación creadora».

El crítico alemán Marcel Reich-Ranicki indica que en su estado de ánimo depresivo influyó también el sufrimiento que padeció: “El dolor de oídos me hunde tanto en lo físico como en lo psíquico y, por tanto, en lo intelectual”, apuntaba en 1909, cuando tenía cuarenta y siete años. “No disfruto ni de un cuarto de hora de reflexión tranquila y satisfactoria; el ruido sempiterno en los oídos me destroza”. Sus retratos fotográficos muestran a un señor corpulento con aspecto de hombre imperturbable y calmoso. Pero como hombre judío que fue, desconoció el sosiego. Peter Gay recoge su declaración tras leer algunos poemas del poeta alemán Detlev von Liliencron en 1904: “¡Qué hermoso es ser ario!; nadie se mete con tu talento”.

Creó una prosa sencilla que mantiene la tensión, el suspense… y en la que está muy presente el amor, los celos, los amantes y la muerte, que se convirtió en una fijación —su hija se suicidó con diecinueve años (en 1928) y varias de sus amantes murieron jóvenes…—. En una carta de 1913 escribía: “Creo que mi oficio es crear personas, y lo único que debo demostrar es la multiplicidad del mundo”. Nunca se dedicó a buscar argumentos o personajes, porque nunca le faltaron temas ni ideas. A veces se sintió abrumado por ellos hasta la angustia. El diario demuestra que le era imposible centrarse en un proyecto. Ocupado en varios a la vez, le resultaba difícil entregar un manuscrito, puesto que siempre encontraba errores. En septiembre de 1913 se quejaba de no haber escrito apenas una frase definitiva desde hacía un año. A menudo transcurrían incluso décadas, desde la primera idea hasta la conclusión definitiva.

Perfeccionista y también discreto. Su discreción hizo que su obra hablara por él para proteger su intimidad. Con el fin de acallar a los críticos, manifestó que a través de sus obras el artista comunicaba de manera inconsciente y contra su voluntad más de lo necesario acerca de su vida. A su vez fue crítico, se negaba a explicarla; le parecía sumamente pretencioso. Sobre su novela corta Última carta de Andreas Thamayer, señaló: “Si la novelita no se entiende, pido con toda amabilidad que se la considere un fracaso”.

A Arthur Schnitzler lo podemos calificar como a un autor de una modernidad indiscutible. Con la técnica del monólogo interior explora a fondo el alma humana, acerca el personaje al lector, le crea la ilusión de estar viendo lo que ocurre en su interior. A su vez eleva esa técnica a la categoría de medio singular de expresión de la prosa narrativa y consigue que en la literatura alemana comience la era de la psicología. Pero como el análisis psicológico del individuo sería inconcebible sin el análisis sociológico en el que nace y se desarrolla, traza un retrato verídico del hombre de su tiempo, revela a los lectores de aquella época la verdad más íntima del ser humano, el subconsciente, ese lado oscuro proscrito por la sociedad. Y logra, con esa confesión de lo interior, penetrar en el lector de entonces y en el de hoy.