Desde el taller de mi alma…

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Freddy Darino

Hoy recuerdo el día en que Madrid se cubrió de bochorno. Fue en el verano europeo de 1980…

Un gris lleno de fuego, inhabitual al decir de los madrileños, con la visita estable de una calima que transformó al sol en luna, igualmente quemante.

Atrincherados en el refugio de un hotel refrigerado, realizábamos una posible pausa reparadora luego del tour vertiginoso que nos había llevado durante dos meses a recorrer Europa.

Mientras mi esposa fue dejando por escrito el día a día de toda la travesía, yo me limité a observar y a filmar, tratando de agudizar mi percepción, acumulando emociones que luego debería compartir.

Debo confesar que, al primar en mí el sentimiento de transmitir a mis seres queridos lo que estábamos disfrutando, en algún momento sentí la pesada carga de la Super 8 y también que de algún modo me postergaba, negándome el abandono contemplativo que tan necesario es cuando se emprende una aventura tan soñada y esperada…

En aquel viaje realizado por varios países europeos en el mes de julio y solo por España en agosto, todo iba sorprendiéndonos gratamente: la gente que íbamos conociendo, paisajes, climas, culturas, circunstancias, imprevistos…procesados con un estado de ánimo muy especial en el que predominaba la tolerancia y la fraternidad.

Cada momento, cada lugar, tuvo su encanto y de todas las experiencias atesorábamos rescates que perdurarán en nosotros…

Hoy…, siempre dispuesto a sumergirme desde el taller de mi alma, siempre ansioso por esta pasión de escribir, detengo un tanto mi ajetreo interior y un tanto más sereno, empiezo a dejar registros de esa vida tan repleta de sorpresas que fuimos viviendo sin detenernos, con la avidez de proyectarnos hacia afuera, captándolo todo, para enriquecernos interiormente, y en mi caso, para una vez nutrido con nuevas savias, poder volcar todas las experiencias en mis escritos sin los que ya no puedo vivir…

La vieja Europa, Grecia y hasta el norte de África acercan a mi mente, en el torbellino del inmenso recorrido, escenas totalmente nítidas unidas a pantallazos a veces confusos que procuro visualizar serenamente, porque todo lo vivido fue más que lo imaginado, casi irreal en algún momento (hasta el punto de tener la sensación de incredulidad), y quizás y sin quizás, mucho más de lo merecido.

Sí, luchamos mucho para poder realizar ese viaje, pero valieron la pena los esfuerzos y la determinación de aprovechar en ese momento las circunstancias favorables que se nos permitían desde el punto de vista financiero cambiario.

Deseábamos que el viejo continente nos mostrara su notoria diversidad cultural….

Entonces, nos acercamos a la historia, al arte, al cosmopolitismo, a los tristes testimonios de sus guerras, al renacer, al modernismo, y también…, al peligroso advenimiento de una generación, en general, muy cercana a las drogas y al abandono.

Percibimos la predominancia de una calidad de vida que no habíamos alcanzado aún, en nuestra latitud del sur americano…

Mi mente rescata, en este momento, apenas unos puntos mágicos extraídos de ese mosaico de vibrantes experiencias:

– París al atardecer… Ubicados en la Tour Eiffel viendo cómo se iba encendiendo la ciudad a nuestro alrededor y mientras el Sena se poblaba de luces y reflejos y se recortaban Notre Dame, la Madeleine, el Sacre Coeur, el Arco de Triunfo, los Campos Elíseos…

Teníamos delante de nuestros ojos, llenando nuestros corazones todo aquello que habíamos visto y soñado mientras estudiábamos y aprendíamos sobre aquella ciudad… Nuestra respiración se cortaba y las lágrimas acudían a nuestros ojos…

-Atenas… con su Partenón iluminado y suspendido en la colina en medio de la oscuridad de la noche, maravilla que no dejábamos de contemplar y de admirar desde la terraza de nuestra habitación de hotel…

-Atenas, con el desborde de su cultura helénica y con su evolución y mezcla de los tiempos expresadas en cada esquina, en sus escaparates y kioscos, en los titulares de la prensa cotidiana, mostrándonos que el ágora estaba allí presente con el griterío de los griegos procesando el acontecer y agregándole su característico lenguaje gestual…

-El crucero por las islas griegas, surcando un mar azul salpicado de casas blancas…

-Madrid…, insuperable, moderna, invadida de turistas, acaparando nuestras mayores e intransferibles emociones ante sus días oferentes.

Movidos por nuestras raíces, habíamos decidido recorrer España durante un mes, introduciéndonos en ella con ansiedad inocultable, sintiendo su imán y observando que comenzaba a despertar de un largo letargo…encantados por ese país, enorme para nosotros que veníamos de nuestra pequeñez, bebiendo su cultura, sus lengua, sus dialectos, su historia…sus símbolos, los testimonios de la guerra civil, su gente maravillosa, el arte plasmado a cada paso y el despertar en libertad de su inmensa potencialidad…

Intransferibles serán nuestras experiencias de aquel entonces por el Paseo del Prado al atardecer frente a la Cibeles, ante sus fuentes, sus museos, sus paseos memorables y la Gran Vía, llena de vida y de noches singulares…

Mientras escribo, siento que estos son apenas algunos flashes espontáneos y desordenados salidos de mi alma para darlos, así, porque sí, como se da la vida que no vivimos mezquinamente, sino que la ofrecemos como somos con todo lo que tenemos adentro…

Porque sí, como se da el Amor a los que amamos y como se debería dar también a quienes no hemos querido lo suficiente…

No crecen los seres que no aman. Se aplastan a sí mismos, los que renuncian al Amor.

Mientras escribo, miro la verde serenidad de la sierra de Gredos que hoy tengo ante mí y pienso cuán distinta fue mi mirada desde el Hotel París hacia la Puerta del Sol, cuando en aquel verano del 80, mis ojos querían captar todo cuanto mi avidez les exigía: bullicio y mezcla de culturas, que no se amilanaban con la calima que castigaba sin cesar…

De pronto…, como ayer, mi mente vuela hacia los míos…Hacia los cercanos y hacia los que como entonces, allá quedaron en la lejanía, pero sin distancias…

Y hoy como entonces, desde otro paisaje, desde un cielo límpido, sin calima, siento la necesidad de compartir lo que atesoro, ese tan singular sentir desde el taller de mi alma…, en el que voy acumulando las cosechas de los esfuerzos que hemos sembrado…

Para compartir sin torpezas las maravillas de los regalos que nos da la vida.

Para dar gracias por todas las oportunidades que ella me ha brindado…

Para volver para seguir luchando por la esperanza de un mundo mejor basado en el potencial y los dones que gratuitamente se nos han dado….

Escritor

Publicado originalmente en elimparcial.es