Jinete negro

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Miguel Ángel Gómez

Jinete negro, te hallabas solo en el desierto, tenías aspecto de morirte de hambre. Eras natural, puesto que habías saboreado guisados. Solo deseabas saber si todavía la querías y el mundo era bueno. Jinete negro, jinete negro, sabes lo que dice el telegrama: elegir entre la cárcel o un rostro erudito, y temes leerlo en voz alta. Eres sensible y taciturno, miras el tejado abandonado sin ataques, esperas un movimiento de cuerpo. En el fondo tenías necesariamente que estar contra todos. Oh tú, convaleciente e impedido, tomando el sol, posees aplomo y estilo. Suplicabas al Señor que derramara su gracia en tu alma. Aprendiste a estirar los músculos. Besaste carreteras gemelas sin esperanzas de ninguna clase y no obstante, trabajaste alegremente y conversabas con optimismo. Ruidos concretos y polvo en la literatura. Las canciones llegan al galope. Cuando te unes a ellas al pie de las escaleras, te entregan ideas asombrosas, átomos que no se miden ni se cogen. Penden de un árbol nada escuálido y tus ojos piensan “Eso es”. Entonces la florecida imaginación te muestra dimensiones que vagan por todas partes. Miras de cerca como si encontraras un mineral extraño y mágico. En los astilleros etéreos e indómitos una luz entre bandadas de aves. Decides sumirte en el profundo trance de las canciones y autohipnotizarte. Llevaste aire en tus pulmones siendo un profeta con el cuello quemado por la soga. Tu corazón es harina de otro costal. Pasas la vida en un disfraz de prisionero de mantequilla. Las persianas se echaban temprano. Pasos en el inframundo que arrastraban pesadamente los pies. Cantaste con voz profunda, en tono de amenaza melodramática, asumiste tus tareas después de la revolución. Jinete negro, con tu tosquedad brutal, con tu locura causada por la vida, infatigable. Poe te puso cara de asustado. Colillas y ceniza de los pitillos de William Blake. Poetasdeplenitud. Franquicias fecundas de la Filarmónica del Temblor. Escudriñabas noticias hasta llegar al Bosque Subterráneo. Conoces las tumbas dormidas de los poetas que se atreven a pensar. De pronto lo has visto todo, mirando al norte en dirección al buen vecindario. Todos encomiaban tus mayores hazañas. Sonríes volviendo a la rutina. Donde los solitarios vayan bien, tal vez te establezcas allí. Miras sediento la jarra coronada de espuma. Dijiste lo que dijiste al mandamás de la colina. Jinete negro, jinete negro, eres enemigo de aquellos en los que no se refleja el fuego. Cuando dices adiós los relojes decentes se paran. La brisa fresca te hace encoger hasta el tamaño de un guisante. El Rey Tinta va a la Oficina de Correos como habíais convenido ¿qué diablos te han hecho? Confuso y observando con curiosa mirada de viejo. Realmente necesitas gracia, guía y liberación. ¡Oh perdición! ¡Oh pisos arruinados! ¡Oh lenta aventura hacia la espiritualidad de ahora en adelante…! ¡Oh la canción que no resulta una estupidez! ¡Oh lo infinitamente antiguo y evocador! ¡Oh aves pequeñas con plumaje blanco gozando de un penetrante aroma! ¡Oh cosas impensables! ¡Oh viento incalculable! ¡Oh notas con fabulosos monstruos! ¡Oh tiempo para sanar lenta y penosamente! ¡Oh sierras enteras embelleciendo el cuento! ¡Oh mente clara y atenta! ¡Oh navío solitario con blancas velas sin vacilar un momento! ¡Oh mensajero nocturno del Nuevo Mundo sobre interminables montañas! ¡Oh escarabajo por el atajo que lleva al río! ¡Oh clarinete esperando en el vagón de cola! ¡Oh rutilante estrella en una noche lluviosa! ¡Oh esencia que embriaga! ¡Oh campana lejana teniendo noticias de muertes misteriosas! ¡Oh charcos de barro gritando al unísono! ¡Oh becerro aterrado y preso del pánico! ¡Oh fruta podrida! ¡Oh tambores que llegan corriendo! ¡Oh dolor tenue y constante! ¡Oh piedras sacadas de los bolsillos! Jinete negro, jinete negro en tu mundo salvaje. En la cálida noche un ser humano bebió contigo en el lago con la garganta del amor. Suena en la radio una canción que te deja extasiado. Hoy quisieras un palacio de árboles con frescor matinal. Proas sin barrabasadas. En el césped, la relatividad y la contradicción destructiva. Buscas un palacio dónde echar raíces. Vaho de murmullos puros y limpios. He aquí el Palacio de los Rasgos Silentes. El bosque está oscuro, puedes simplemente trasladarte. Los espinos del arroyo están pasmados por la imprevista conmoción. Las aves de corral ¡no debieran haberlo hecho! Una voz te deja vagamente apaciguado: “En cuanto llegues, házmelo saber”.

Escritor español.

Publicado originalmente en elimparcial.es