En estado de gracia

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Para Adriana, en el recuerdo.

Noviembre fue un buen mes para que Edmundo Valadés partiera. El otoño era su temporada. Sus grandes aventuras, todas las que merecieron ser contadas, fueron en otoño. Generosidad del destino: la más grande, la única cierta, también le llegó en otoño y entonces le dijimos hasta luego… hasta que nuestro propio otoño nos alcance. Esto fue hace 26 años, en 1994.

Pero no escribo para llorar a Edmundo. Quiero compartir con el lector algunas imágenes, instantáneas rápidas y gruesos brochazos, del Edmundo Valadés escritor y reportero arquetípico, de esos que el cine mexicano de los cuarenta pudo haber tomado como modelo para una cinta de los chicos de la prensa.

Es difícil saber cuál de las dos vocaciones de Edmundo –literatura y periodismo- fue primera. Él mismo no lo tenía claro. A los doce años escribía cuentos, proyectos de novela y pequeñas obras de teatro. Ya mayor, sus sueños de ser reportero fueron arrullados por el run-run hipnótico de las rotativas.

La tentación del periodismo le venía de familia; la literatura era un dolor sordo en el corazón. Su abuelo y su padre fueron periodistas. Su primo José C.

Valadés le abrió las puertas con Diego Arenas Guzmán y con Regino Hernández

Llergo y Edmundo entró a las redacciones sin mirar atrás, apenas un adolescente.

La literatura, en cambio, no se le reveló como una certeza sino hasta los 40 años, cuando tuvo entre sus manos la primera edición de La muerte tiene permiso.

“Entonces supe que realmente era un escritor”, me dijo en nuestras conversaciones hace muchos años y que titulé En estado de gracia, libro que comparto con los lectores al final de la columna.

¿Habrá un mexicano egresado de preparatoria después de 1970 que no haya tenido entre las manos alguna vez un ejemplar de La muerte tiene permiso?

Regino Hernández Llergo, esa leyenda del periodismo mexicano a quien deberíamos conocer mejor, fue su maestro, casi su padre.

En la legendaria revista Hoy, al lado del tabasqueño, Valadés se hizo periodista y al mismo tiempo estuvo a punto de dejar de ser escritor. Esta paradoja me la explicó una tarde de miércoles:

“Me metí al periodismo y dejé de escribir literatura. En Hoy hice una entrevista con el sabio botánico Isaac Ochoterena. La entregué y don Regino me dijo: ‘Esto es antiperiodístico’. Entonces me vino un complejo y ya no me atreví a escribir. Empecé mi carrera como formador, secretario de redacción y jefe de redacción. Luego me aventé. Empecé a escribir, incluso sin firmar: hice crítica taurina, hice crítica de cine, cosas de esas, pero no periodismo, hasta que escribí la serie del ‘Cuatro Vientos’, que tuvo gran éxito.”

Los reportajes en Hoy sobre el “Cuatro Vientos”, el aeroplano español que en 1933 hizo el primer vuelo trasatlántico al mando de los pilotos Mariano Barberán y Joaquín Collar, fueron la sensación de la temporada. La nave partió de Sevilla, aterrizó en Camagüey y desapareció sobre la sierra alta de Puebla en el último tramo del vuelo rumbo a la Ciudad de México. Ochenta y siete años después el misterio no ha sido desentrañado.

Cuando Edmundo se presentaba en los cafés de moda los parroquianos murmuraban con admiración: “¡Ese es el del Cuatro Vientos!” Valadés había demostrado al mundo y a sí mismo su fuerza como periodista. El propio don

Regino exclamó al ver las galeras del reportaje: “¡Caray, qué revelación, no sabíamos que teníamos aquí a un gran reportero!”

Y entonces sucedieron dos cosas que fueron clave para entender esta doble faceta, literaria y periodística de Edmundo. Primero, no siguió siendo reportero. Segundo, allá en la sierra, en la selva, en la choza de una familia mazahua que le dio hospitalidad, se hizo proustiano.

La sola mención del episodio se antoja como tomada del realismo mágico, y Edmundo parece confirmarlo en su propia narración:

“Me comisionan para hacer el reportaje y compro en una librería, para leer en el camino, Por el camino de Swann. En ese tiempo yo no sabía quién era Proust. Allá en la sierra lo leí, cuando acampábamos en unos cafetales. Nos alojaron en un cuarto lleno de carabinas, machetes y pistolas y en la noche lo empecé a leer: me fascinó desde el principio. Entré a Proust de manera muy fácil, siendo tan difícil. Fue una cosa natural, inmediata. Me atrapó desde el principio y seguí…”

Después su, digamos, no-conversión al periodismo:

“Otro de mis grandes errores fue que en lugar de seguir siendo reportero, volví a las cosas internas de Hoy. Fue mi gran momento, ¡carajo!, y debí haberle pedido a don Regino seguir como reportero. Pero no sé, tenía yo falta de fe, de confianza en mí mismo. ¡Había yo dudado tanto! ¡Tenía dudas de que pudiera, de que supiera escribir!”

A la distancia, los beneficiarios de la obra de Valdés tenemos que agradecer esos conflictos que lo agobiaron. De aquel viaje -y de otras situaciones parecidas que vivió en los años siguientes- tenemos una pieza periodística que hoy sólo conocemos de oídas, pero a cambio nos quedan dos cuentos que seguimos disfrutando: Las raíces irritadas y Al jalar el gatillo.

Un día tuve una larga conversación con Edmundo sobre periodismo y literatura, tema recurrente y difícil que agobia, asalta, angustia, a quienes tienen un pie en cada orilla. “¡No!”, dijo tajante, casi violento. “El periodismo no aporta nada a la literatura”. Pero muy avanzada la charla, muy acalorada la reflexión, muy repetidos los güisquis, tuvo que admitir:

“Fíjate que por primera vez me estoy dando cuenta de que el periodismo sí me aportó personajes, ambientes, situaciones, para varios de mis cuentos. Es decir, nacieron por otras motivaciones y el periodismo me dio el complemento, me dio el ambiente, me dio algunos personajes, me dio algunas otras cosas para la obra literaria”.

Entre algunas de esas “otras cosas” Edmundo recibió del periodismo la anécdota verídica que habría de ser la semilla del más conocido de sus cuentos:

La muerte tiene permiso, que nos regaló a la manera de un orfebre que a partir de un tosco pedazo de metal teje una cadena de frágiles y delicados eslabones. Nada más. Nada menos.

En esta pequeña exploración no puedo dejar de mencionar uno de los frutos del Valadés escritor-periodista, quizá el más conocido: la revista El Cuento, lamentablemente desaparecida.

El Cuento es hija de esa mezcla, de ese choque de mundos, de esa dualidad que desgarró a Edmundo durante toda su vida. Fue un producto periodístico que abrevó en la literatura y a lo largo y ancho del mundo hispano divulgó el género del cuento corto y atizó vocaciones. No había cuentista que no ansiara ver su nombre en las páginas de la revista.

De él dijo José Emilio Pacheco: “Edmundo Valadés o la generosidad. Ha dedicado la mayor parte de su tiempo a difundir las obras ajenas, a compartir sus entusiasmos, a tender puentes hacia otras literaturas, a revalorar el pasado y a estimular a los que empiezan.”

Los jovencitos José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis se presentaban los domingos muy temprano en casa de Edmundo para darle a leer sus primeros textos. “Con qué paciencia, con qué atenta generosidad Valadés escuchará los primeros borradores de nuestro aprendizaje interminable”, rememoró José Emilio, quien nos legó esta descripción del escritor:

“Le tocó nacer en la generación de Arreola, Revueltas, Rulfo. No se parece a ninguno de los tres y al mismo tiempo hay en él algo de sus contemporáneos, y no podría ser de otro modo. Valadés rompió las falsas fronteras entre narrativa fantástica y realista, literatura urbana o rural. No cedió a ninguna prohibición: ha hecho cuentos magistrales que valen por sí mismos y también se anticipan a bastantes cosas que llegaron después. Le debemos narraciones de infancia y adolescencia, cuadros del holocausto nuclear, vasos comunicantes entre historia y vidas privadas.”

Edmundo fue también un notable ensayista, quizá la faceta menos conocida de su obra. Textos sobre el cuento en la Revolución y sobre la teoría de este género. Y un libro espléndido, hoy inhallable, Por caminos de Proust, editado por SAMO, aquella editorial de Sara Moirón que en su breve vida pergeñó verdaderas joyas.

Termino estos recuerdos con un hecho verídico que el lector queda en libertad de atribuir a mi fantasía. Edmundo estaba de vuelta en la casa que Elena

Poniatowska describiera “de menta y caramelo” después de su penúltima hospitalización. Por esas fechas yo era un alto funcionario y debía llevar una representación oficial a cierto evento adocenado. Con mi chofer recorrí el Periférico varias veces sin dar con el salón en donde tendría lugar el acto. Agotado y molesto al cabo de muchas vueltas, y ya muy pasada la hora de la cita, vi que estaba por el rumbo de Valadés. Me llegué a su casa y pasamos la tarde en un recuerdo de nuestra amistad. Al día siguiente regresó al hospital a morir.

Dos semanas después otro asunto me llevó por la misma zona. En un lugar sobre la lateral del periférico, a poca distancia de la casa “de menta y caramelo”, el chofer detuvo abruptamente el auto: frente a nosotros, bajo un enorme, iluminado, vistoso anuncio, ¡estaba el salón que pocos días antes no habíamos podido encontrar!

“Edmundo te estaba llamando…”, dijo Adriana cuando le conté este episodio sobrenatural.

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