Sobre el tamaño de las cosas

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Carlos Díaz

Tamaño viene de tan magnus, tan grande. A los niños pequeños los adultos les parecen más viejos y más grandes, y la cosa se extrema cuando se refieren a sus propios papás y a sus mamás, entonces supergrandísimos: “¿Cuánto quieres a mamá, cuánto quieres a papá?” “¡Así de grande!” responden mientras dilatan sus brazos hasta el extremo, que a ellos les cabe entre sus extremidades. Por su parte, papás y mamás renqueantes continúan llamando “niño” o “niña” a sus propios hijos siempre “pequeños” para ellos aunque cuenten con seis nietos. Aunque sean grandes, siguen siendo pequeños desde que nacieron.

De estas desmesuras no se libra mensurante alguno, pues no pocas respuestas de muchos viejos caquécticos ya no responden con tanta energía, y hasta se orinan (o nos orinamos) en los zapatos, dónde habrá quedado esa manga regadora que competía con el arco iris, la voz de aquel chorro. Tampoco nuestras respuestas elpídicas son ya tan magnas ni tan briosas como transantaño lo fueren, cuando in illo tempore se nos pregunta por nuestras expectativas o ilusiones ilimitadas y transfronterizas. Y es que la energía da valor a las cosas y su carencia las minimiza. Esto podría significar que las edades de la vida tienen mucho que ver con el tamaño de las almas.

Las vidas mismas son también pequeñas o grandes a tenor de su capacidad de crecer o decrecer y de su disposición para dejar que otros crezcan o decrezcan. Existen gentes que siendo minúsculos ratones se creen capaces de parir cien veces a los gemelos Cástor y Polux, y otras que pese a su magnitud casi inconmensurable se consideran a sí mismas pequeñas y silenciosas como los zapadores invisibles. Qué difícil resulta manejar la vara de medir con que medimos al prójimo como a nosotros mismos o, sin ir tan lejos, en la fracción de ese segundo que va de ayer y hoy.

Lo malo es que, por mucho que ella nos mida, la vida nos mide menos de lo que nosotros nos medimos nosotros a nosotros mismos, pues somos nosotros quienes medimos a la vida, tanto cuando esa medición es afortunada, o cuando es hija del infortunio. La vida no pone a nadie en su sitio, pues es uno mismo quien maneja la perspectiva y casi siempre con un coeficiente de desviación. De mens, mente, viene mensura, es decir, medida, y de demens desmesura. La de/mencia consiste precisa y formalmente en la desmesura, en lo desubicado, en la alteración de las distancias que hemos mantener y de los ritmos que hemos de imprimirlas. La desmesura de la mente sólo desarrolla mecanismos estereotipados e invalidantes; por el contrario, la lucidez de la mente sabe conducirse con plasticidad y adecuarse a las circunstancias con majestad e imperio, según se decía de la famosa regla de Lesbos, cuyos habitantes manejaban unas plomadas perfectamente adaptables a la anfractuosidad de los roquedales medidos, de forman que sabían dar al saliente lo que era del saliente, al entrante a lo que menguaba, y a lo sobresaliente lo que podía medir todo, ya fuera ello emergente o declinante.

También con el tiempo, como no podía ser menos, las cosas cambian de tamaño, aunque esto debería precisarse pues, en efecto, tampoco son las cosas las que se agigantan o achaparran, sino la edad la que magnifica o minifica las perspectivas sobre las cosas ¡cuántas desilusiones no habremos padecido al echar la vista atrás y verlo todo de un tamaño muy distinto al inicial, y cuántos sentimientos, y cuantas metafísicas no se habrá llevado por delante el siroco traidor del desierto!

Pero también en la jungla cambia el tamaño de las cosas, según se oigan sonidos cercanos o lejanos cuya hipoacusia puede ser hipo (hipopotámica, sumergida) y cuya hiperacusia puede ser tan horrísona y desquiciadora como el chillido de los monos, cuya intensidad puede llegar a desagarrar y descerrajar las últimas membranas defensivas de nuestros tímpanos. Y cuánto echo de menos en todo este carajal una sala de conciertos con las magnitudes perfectas de la Hörersaal de Munich en aquellos tiempos…

A falta de jungla, vame pareciendo a estas alturas, los citadinos construimos circos con algunos elefantes sin colmillos y con unos pocos saltimbanquis en nuestros trapecios a pesar de tener el culo más pelado que el de los mismos monos. En realidad no hace falta ya ir al circo, pues payasos los hay en todas las latitudes; el circo mismo oficial es un negocio cuya desaparición se está compensando a marchas forzadas con los nuevos payasos voluntarios sin fronteras, mezcla de Farsalia y de Animalia. Y el resto vamos sobreviviendo a tirones, como el tío Calambre, porque el calambre se ha convertido en la medida de todas las cosas.

¿Es que no podrá ser de otro modo, de tal manera que el nuevo de otro modo se convierta por partenogénesis en un nuevo de otro modo? Cuidado con la astucia de la historia. Me tocó dar una conferencia en Ourense el mismo día que Camilo José de Cela daba la suya. Seguramente me quitó mucha audiencia, pero la ironía hizo que la Voz de Galicia del día siguiente titulara con lujo tipográfico lo siguiente: “Camilo José de Cela: reposición”. Y es que el tío había vuelto a leer ante su público la misma conferencia que había leído un par de años atrás. Bochornoso. A ver si no me pasa a mí lo mismo en la misma jungla con este artículo.

Publicado originalmente en elimparcial.es