Maruja, “Marujita” o “Marúnica” Mallo, ya es una leyenda

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Roberto Alifano

El miércoles tendremos paella. Se ruega concurrir sin frac, en ropa de entrecasa, con ganas de conversar y, sobre todo, con buen apetito. No se excluye el aporte de una botella de vino para alegrar el alma”. Firmado Marúnica Mallo. Tal era la invitación que nos hacía llegar en un cartoncito, acompañado con un dibujo coloreado por su diestra mano, a quienes éramos sus amigos. Y en su departamento, que también era el estudio, su “alma taller” (la expresión pertenece al escultor Líbero Badii), nos recibía siempre alegre, agradecida y encantadora con su voz de trino de calandria. Así era Maruja Mallo, Marujita o “Marúnica” (como la había rebautizado el siempre precursor Pablo Neruda), tan amada y respetada por toda la gente del arte en Buenos Aires.

Dicharachera, amable y hereje, blasfematoria y emancipada voluntariamente de un mundo que se alteraba con su arrolladora personalidad y su estética transgresora, “la brujita joven” (tildada así cariñosamente por Ramón Gómez de la Serna), fue capaz de cortar de un solo tajo las cuerdas de la hegemonía conservadora que pretendían reducirla a las labores domésticas; haciéndose, sobre todo, un merecido espacio en el seminal tumulto del arte del siglo XX, hasta llegar a convertirse en una de las más representativas figuras de la “Generación del 27”, y en uno de los grandes exponentes internacionales del surrealismo figurativo, cuya obra nada tiene que envidiar a la de René Magritte o Ybes Tanguy.

Sin embargo, su nombre -todavía injustamente- es el menos celebrado entre todos ellos. No sé, tal vez porque el mundo que hoy vivimos, excesivamente intercomunicado por la magia del internet, sigue siendo demasiado primitivo para aceptar a una libertaria gallega, indiscutible artista, caracterizada siempre por un continuo ir y venir, con grandes, apasionados amores y amoríos, y, como buena surrealista, continuos deslumbramientos e ideas desorbitadas, definitivamente encrespadoras para la época que le tocó vivir.

Con el nombre de Ana María Gómez González, fue bautizada en Viveiro, un Municipio de la provincia de Lugo, el 5 de enero de 1902. Su familia (compuesta por trece hermanos), en 1913 se trasladó desde el pueblo familiar hacia Avilés, y desde allí, ella partió en procura de otro destino en 1922. Lo hizo rumbo a un Madrid enfervorizado contra la inquietante renovación de los valores éticos y géneros artísticos, aferrada a los usos sociales más anticuados y decadentes. Ante el horror de muchos, fue matriculada en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (“la primera mujer”, se ufanaba abriendo grandes los ojos), donde cursó estudios hasta 1926. En las aulas de la academia coincidió con Salvador Dalí (“mi loco y amado amigo de toda la vida”), del que se hizo íntima y que él rebautizó con el hipocorístico de “Marujita”, y, a su vez, le presentó al resto de los componentes de la portentosa Residencia de Estudiantes, donde destacaban los nombres de Federico García Lorca (que la presentaba como “mi hermanita menor” y, quizá, de él surgió la sugerencia de usar el apellido que portaba su padre don Justo Gómez Mallo), Luis Buñuel y Rafael Alberti, que no demoró en perder la cabeza por ella, y le dedicó luego el polémico romance La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo, considerado por ella menos un celebratorio poema que el “mamarracho de un despechado resentido que quiso enlodarme ”. ¡Ah, con la pasión amorosa cuando se desbarata!

Tú,

tú que bajas a las cloacas

donde las flores más flores son ya unos tristes salivazos

sin sueños

y mueres por las alcantarillas

que desembocan a las verbenas (…)

 

Hace ya 100.000 siglos que pienso en que tú eres más tú cuando te acuerdas del barro

y una teja aturdida se deshace contra tus pies para predecir otra muerte.

El espanto que suben esos ojos deformados por las aguas que envenenan al ciervo fugitivo

es la única razón que expone mi esqueleto para pulverizarse junto al tuyo (…)

 

En aquellos años 30’, el amor al apuesto galán-poeta-pintor Rafael Alberti los llevó a sintetizarse en dos que eran uno solo. Ambos estamparon los decorados de Santa Casilda y La pájara Pinta, y escribieron la edición de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos y en el grotesco Sermones y moradas; todas, divertidas ocurrencias de los insipientes surrealistas españoles. En esa época, Maruja será una de las que encabecen el movimiento plástico y poético más sorprendente y transgresor de España. La relación creativa de Maruja y Rafael, como ya señalamos, fue tan próspera a nivel artístico, que durante el tiempo que duró el romance, la trayectoria de ambos aparece definitivamente relacionada.

 

Dalí, por su lado, la definió como “mitad marisco y mitad ángel”. Ahora bien, aunque nos asombre, la vida de Maruja Mallo fue, en sí misma, una incongruencia (permítaseme la expresión y explico). La España que la vio nacer no estaba preparada para una mujer de tal calibre, tan libre e independiente como ella. No solo revulsiva en el vivir, en el hablar y en el pintar, sino en toda ella; en su persona que era motivo de asombro, indignación y persignaciones cuando se presentaba abundantemente maquillada y con ropa extravagante ante una sociedad mojigata incapaz de no escandalizarse ante sus provocaciones. Aunque a ella, obviamente, poco o nada le importaba. Su pecado original -lo sabía muy bien- era ser libre y su gran talento, el de romper con todos los esquemas y convenciones.

 

Durante esos años, le presentaron a Ortega y Gasset que se perturbó con su personalidad y ante la revelación de aquella pintura de sobresalto y tropiezo, temeraria por dónde se la viera. Cuando Ortega había admitido que entrara en su Olimpo, era, sin duda, porque se había dado cuenta que la muchacha gallega era un aporte positivo de los tiempos nuevos que se nos venían encima y que él reflejaba en su ya demasiada famosa Revista de Occidente. Pues allí estaba la gran artista, “la brujita joven”, de Ramón, la “Marúnica”, de Pablo, pintora empeñosa, pequeñita, con ojos de mirada de lince, la cabeza como una veleta de inesperados giros, apretada su aguileña nariz a la barbilla como un gorrión orgulloso de su nido de formas y colores.

Maruja, Marujita o Marúnica junto a un amor secreto, tal vez clandestino, había visto la alegría de las cosas y de las personas en una vecina Plaza Mayor del alto valle de Lozoya, a la vera del río, y había retratado esa alegría de caripintados cuerpos de maniquí y verbenas, con la rutilancia que adquirían las cosas bajo la luz de su agrietante laboratorio plástico, envolvente de ambiente pueblerino, girando a su alrededor, y que ella transformaba en atemorizante creación estética. Aquella pintura, sostenida de opulentos caballeros, entrecruzados con escandalosas mujeres de ocasión, había nacido también de la romería de la Pradera de San Isidro, donde tenía otro taller, muy escueto, punto de partida de la España emprendedora, trashumante, reconquistada y reconquistadora.

Hacia principio de 1930, Maruja Mallo expuso en los salones de la Revista de Occidente por invitación de Ortega, que la presentó y llegó a confesar que “la admiraba hasta las lágrimas”. No era para menos. Las desenfadadas anécdotas de la Mallo y sus compinches ya formaban parte de la historia del surrealismo español. Pues un día, con Dalí, Lorca y Margarita Manso visitaron el monasterio de Silos, pero como la entrada estaba prohibida a las mujeres, ella y la Manso, se pusieron las chaquetas de los hombres como pantalones, y así, “Aceptaron nuestra entrada al recinto sagrado como promotores de un travestísmo a la inversa”, explicó el ocurrente Dalí. “Humor pre-punk”, llamarían luego al objeto de tal profunda e incontenible broma.

Luego viene lo mejor porque para Maruja, Marujita o Marúnica, el mañana se le abría ahora como una propuesta firme hacia su más allá creativo. Le proponen viajar a París y se asombra y emociona. Quizá Ortega haya tenido mucho que ver en esto. La invitación tiene el patrocinio de la Junta de Ampliación de Estudios, que ahonda en España bajo la influencia del movimiento revulsivo de André Breton. Y allí, en Montmartre, conocerá al gran y generoso Breton (quien le compra un cuadro titulado Espantapájaros que le permitirá vivir con comodidad una larga temporada en la Ciudad Luz, y relacionarse con Miró, Picasso, De Chirico y Magritte.

A partir de esta temporada en París, rompe con cierto estilo de sus obras iniciales donde recrea escenas populares. Pasa a pintar figuras sombrías que reflexionan sobre los putrefactos suburbios madrileños y aterriza en el surrealismo más inquietante, que ya marcará para siempre su creación y su propia existencia.

Definitivamente consagrada retorna a su entrañable España y expone sus obras en Barcelona. No demora en comprometerse con los ideales de la Segunda República. Según Pablo Neruda, en su madrileña “casa de las flores” conoce al gran amor de su vida, el revolucionario aedo Miguel Hernández, con quien mantiene la más apasionada relación amorosa. Los poemas de Imagen de tu huella, incluidos en El rayo que no cesa, están inspirados en la seductora Maruja, Marujita o Marúnica.

Pasó el amor, la luna, entre nosotros

y devoró los cuerpos solitarios.

Y somos dos fantasmas que se buscan

y se encuentran lejanos.

El amor ascendía entre nosotros

como la luna entre las dos palmeras

que nunca se abrazaron (…)

 

El ansia de ceñir movió la carne,

esclareció los huesos inflamados,

pero los brazos al querer tenderse murieron en los brazos.

 

La caída del Gobierno Republicano la sorprende en Galicia y de allí pasa a Portugal sola, porque su Miguel, hecho prisionero, no llegará jamás, y donde, por mediación de otra de sus queridas amigas, Gabriela Mistral, que entonces era embajadora de Chile en Lisboa, logra embarcarla a Buenos Aires, la ciudad donde dio comienzo un extrañamiento forzado que le ayudó, paradójicamente, a dar a conocer su pintura no sólo en la Argentina, sino también en Chile, Brasil y los Estados Unidos.

Buenos Aires la deslumbra. Como sus amigos Gómez de la Serna y Ortega y Gasset, ve en esta ciudad el gran centro de la cultura de Sudamérica. Se vincula en un primer momento al ambiente teatral, colaborando como decoradora de algunas obras, gracias a la generosidad de su compatriota Gori Muñoz. Victoria Ocampo, sería otra de sus benefactoras y mejores amigas; también los hermanos Borges, Guillermo de Torre, Luis Seoane, Arturo Cuadrado y Lorenzo Varela (estos tres últimos artífices de la Editorial Botella al Mar).

En 1939 publicó Lo popular en la plástica española a través de mi obra y empeza a pintar retratos femeninos que recuerdan los del Pop-Art. Hecho que la lleva a viajar a Nueva York para conocer a Andy Warhol, que le auspicia una exposición en una galería de Manhattan. En 1945, vive menos en Buenos Aires y sus apariciones menguan igual que sus exposiciones. El síndrome del exilio hace mella en una pintora que nunca dejó de ser una intelectual compleja y profunda. En 1962, Maruja Mallo, Marujita o Marúnica, regresa a España tras 25 dilatados años de exilio, pero su vida pública es poco relevante, aunque mantiene su vieja colaboración como ilustradora de la Revista de Occidente.

De regreso a Buenos Aires es celebrada por sus apreciados amigos de siempre, los poetas y escritores Raúl González Tuñón, Hipólito Paz, León Benarós y Edmundo Guibourg, por los pintores Manuel Moraña, Leopoldo Presas, Antonio Berni, Aída Carballo, Líbero Baddi, Ernesto Farina, Enrique Sobisch, Carlos Torrallardona y el marchand Frans Van Riel. Expone en una galería de la calle Florida y el reconocimiento de la crítica es unánime. Manuel Mujica Lainez, por entonces crítico de arte del diario La Nación, escribe sobre ella, celebrando la calidad perene de su obra. Es la gran representante mujer del surrealismo en América.

Tampoco demora en convertirse en una gran viajera. Acompañada de sus pinceles y sus cuadros visita Chile, donde expone y donde tengo el gusto de reencontrarla; luego lo hace en México y en los Estados Unidos. Eso sí, no abandona nunca su “alma-taller” de Buenos Aires, la ciudad que ama con todo su corazón y cuando está “en casa”, como le gusta decir, nos agasaja una vez al mes con su exquisita paella. Casi hasta el final de sus días llega aquí y parte hacia Madrid, o Chile, o México, o los Estados Unidos. En la ciudad trasandina con Carlos Fuentes presentamos un libro con sus pinturas.

En 1983, por fin y como corresponde se le empieza a hacer justicia en su patria. Es doblemente reconocida por el gobierno socialista de España que le concede la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes y el premio de Artes Plásticas de la Comunidad de Madrid. La última surrealista viva visitó aquel año la Feria de Arco, donde fue homenajeada. Según su acompañante, al ver las colas de espectadores, preguntó sorprendida: “¿Hombre, es esto afición al arte o ganado suelto?”.

La vejez, que certeramente calificó el novelista Philip Roth de “una masacre”, le jugó una mala pasada. La admirada e incomparable Maruja Mallo, o Marujita, o Marúnica, murió con 93 años el 6 de febrero de 1995 en una clínica geriátrica donde llevaba ingresada casi diez años.