Enésima y “smart” reforma educativa

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David Felipe Arranz

Últimas ocurrencias ilustradas y pedagógicas del ministerio: exámenes del mundo real. La ministra de educación Isabel Celaá, secretamente ministra y socialista, ha elaborado un par de documentos o currículos revestidos de espíritu reformista, redactados por ochenta y seis profes para que la chavalería no tenga la sensación de que lo que estudia solo le sirva para aprobar los exámenes. Quiere pasar a la historia y no disolverse en el olvido del programa, los comicios, las muchas reformas… Antes un hombre y una mujer de provecho iba para médico, abogado o ingeniero, llamémosles los modestos oficios: ahora uno es nanomédico, ciberabogado o hacker delincuencial primero y presidente de una empresa de ciberseguridad después. Que todo depende del color del cristal. De manera que hoy en día se es guay o no se es. Incluso se puede ser tonto perdido, pero en el mercado actual no se perdona no saber desarrollar una aplicación para teléfonos inteligentes.

La educación en España es hoy esa cosa aleatoria e improvisada que inventaron Erasmo y Nebrija con los studia humanitatis, y en la que muchos meten mano para imprimirle unas siglas y vaciarle cada vez más de contenido. Las nuevas cuestiones que los expertos ponen sobre el tapete para que los alumnos resuelvan en el currículo de primaria y de la ESO incluye, por ejemplo, un debate sobre la vacunación contra el coronavirus y la cuestión de la batalla entre AstraZeneca o la Pfizer, contarle en inglés a un compañero vía correo electrónico qué han visto en clase mientras el colega ha estado confinado o investigar la tensión arterial de los docentes. A esto se le llama diseñar el currículo de enseñanzas mínimas y promover las competencias entre el alumnado, asunto que lleva una dirección general de Evaluación y Cooperación Territorial, que no se sabe muy bien cuáles son sus funciones una vez transferidas las educativas a cada región autónoma. Porque resulta que si esto es lo mínimo, las comunidades se harán cargo de lo máximo: de lo suyo, vamos, lo regional con sabor local, que es lo que los pedagogos denominan adaptación al medio. Cuando el estudiante pasa al ámbito laboral, es que se le va a olvidar todo, de manera los docentes modernos que quieren ahorrarle ese trago y que no se aprenda la lista de los reyes Godos. El alumno-sistema es la metáfora de los tiempos modernos, y Celaá ha metaforizado todo eso en un plan que incluye Windows, ventanas y mucha tecnología para analizar y gestionar cantidades ingentes de información y en este plan.

La idea es promulgar –e incluso proclamar– en octubre todo este nuevo enfoque, en el que la chavalería contestará de las vacunas y las pandemias, amén del bienestar del profesorado. El fin es el de anunciar el nacimiento de un alumnado nuevo, una moral, una democracia y una aplicación más, que no es sino el machihembrado de los intereses creador por las corporaciones tecnológicas con las necesidades comunicativas del personal, que hablar por teléfono, lo que se dice hablar, ya habla poco, con las torrideces festivas del TickTok tan al alcance de la mano. De Cervantes, Shakespeare o Jovellanos ya ni hablemos. Que para eso está San Google. Lo que no sabemos es si don Miguel hubiese escrito El Quijote con el cogote todo el santo día inclinado sobre el telefonillo y respondiendo al incordiante WhatsApp. No nos equivoquemos, que con este anunciado cambio de rumbo educativo no estamos ante la decadencia de Occidente, sino ante la última campaña de cualquier multinacional del móvil: para que vayamos ya pensando en cambiar el modelo del cacharro, obsolescente desde que nace, si bien “very smart indeed”. Como nosotros, Amore.

Filólogo y periodista.

Publicado originalmente en elimparcial.es