Las leyendas de Bécquer

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Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y
desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía,
esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para 
poderse presentar decentes en la escena del mundo.
Rimas y Leyendas

Una de las características que preconizaba el movimiento literario del Romanticismo en toda Europa, que duró desde 1770 hasta mediados del XIX, era su intento por recuperar lo autóctono, lo folklórico, lo genuino de cada zona. Cantar y contar sus valores nacionales era la forma de empoderarse que tenía el pueblo en aquella época en que gran cantidad de guerras asolaban Europa. Y todo ese material se encuentra en los romances, cuentos, tradiciones y en lo que a nosotros nos interesa: las leyendas.

El término hace acto de presencia en las lenguas vulgares occidentales (legende en francés, legenda en portugués, legend en inglés y legende en alemán) durante la Edad Media, aunque entonces se refería, especialmente, a las hagiografias que escribían los clérigos con finalidad moralizante. Es curioso cómo convivió con enxiemploconseja, patraña… si se trataba de cuentos y con la palabra historia si se hacía referencia a sucesos y acontecimientos del pasado histórico. Las de Bécquer tienen un poco de las dos.

En prosa o en verso, con forma de relatos o de dramas de inspiración histórica, las leyendas narraban los asuntos y las vivencias que todos compartían, lo que despertaba sentimientos comunes, generalmente en torno a un mito o a un valor de un determinado lugar. Así que parece lógico afirmar que la sorpresa o la intriga no es una característica a valorar en ellas, pero sí su capacidad de conmover, de despertar emociones. Y además lo logra mediante la mezcolanza de ficción con realidad y de cierta historicidad con verosimilitud. Esto, unido a su capacidad de adaptación en diferentes formas de expresión, fue lo que hizo de la leyenda un subgénero que sobrevivió prácticamente a lo largo de todo el XIX, dentro no solo de la estética romántica, sino también realista y modernista.

Gustavo Adolfo Bécquer

En este contexto, entra nuestro segundo autor clásico probablemente más leído después de Cervantes. Un escritor que parecía cumplir con el arquetipo del escritor del Romanticismo: poeta, enamoradizo, bohemio, con un destino trágico que le llevó a morir joven. Esa es la imagen que miles de estudiantes guardamos de los años de instituto, pero Joan Estruch Tobella se ha encargado de poner los puntos sobre las íes con su libro Bécquer. Vida y obra, y de paso romper cada uno de los tópicos del sentimentalismo casero que le adjudican y del que el mismo Bécquer se burló. Y la importancia de esto no es menor puesto que esa mitificación del artista ha distorsionado también la interpretación de su obra. Parece ser que los que propiciaron esa imagen de escritor que sufrió por amor, vivió una vida bohemia y representó al perfecto modelo romántico fueron sus amigos, quienes literaturizaron la realidad y construyeron un personaje en el que se mezclaba vida y literatura. A pesar de todo hay que agradecerles la organización de lo que hoy llamaríamos un micromecenazgo para la publicación póstuma de sus Rimas, porque Bécquer, en vida, solo publicó doce poemas, el resto fue gracias a sus amigos y a suscriptores como el rey Amadeo I, uno de los que primero apoyó económicamente su obra. Galdós, que por entonces andaba de periodista en Madrid, fue otro de los que le apoyaron reseñando la obra. Al final, el resultado fue un éxito.

Afirma Estruch que se ha escondido la imagen de un Bécquer disciplinado, como periodista, y ferviente conservador, en política, lo que le llevó a ser apreciado tanto en los ambientes literarios —su afán renovador de la poesía le granjeó la admiración de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda— como en las esferas de poder. Fue un poeta famoso por sus rimas pegadizas —aunaba la típica cancioncita de los germánicos (lied) con las resonancias de coplas y seguidillas sevillanas—, pero también escribió reseñas, artículos, ejerció la crítica y fue autor de teatro y hasta de libretos de zarzuela en colaboración con otros.

Este sevillano, hijo de un pintor costumbrista, nacido en 1836 en una familia numerosa interesada por las artes en general, que perdió pronto a sus progenitores y se fue con dieciocho años a Madrid con su inseparable hermano Valeriano, quien inmortalizaría en sus cuadros algunas de las imágenes más célebres del escritor. Llegó a ser durante un tiempo director del periódico El Contemporáneodonde publicó gran parte de su obra y en el que ejerció como cronista parlamentario, un puesto con el que el general Narváez le recompensaría por pertenecer al Partido moderado. Otra amistad reseñable dentro de las altas esferas es la que mantuvo con el ministro Luis González Bravo, quien le ofrecería más tarde el cargo de censor nacional de novelas.

Aportación literaria

Las leyendas becquerianas —publicadas entre 1858 y 1865— se circunscriben en el romanticismo tardío, pero no por eso son herencia de ese movimiento literario ni están desconectadas de los gustos de la época.

Son veintiocho narraciones breves que recogen algún suceso extraordinario, misterioso y, frecuentemente, sobrenatural o inexplicable. En general el tema de sus leyendas es la tradición hispánica, centrada en tres territorios: Soria, Toledo y Sevilla, aunque también escribió algunas de tema oriental. Bécquer seguía las convenciones de ese género, en el sentido de que todavía necesitaba ambientar lo fantástico en un marco alejado de la realidad contemporánea, por lo que se retrotraía a la Edad Media, pero la representaba sin rigor histórico, idealizada, recurriendo siempre al ambiente rural, de tradición popular y por tanto familiar para el lector de entonces.

A diferencia de los escritores plenamente románticos como Duque de Rivas o Zorrilla, cuyas leyendas aparecieron en libros o revistas especializadas y que por tanto se dirigían a un público selecto, Bécquer tuvo que difundir la mayor parte de su obra en periódicos y revistas de amplia circulación, y además con éxito, lo que demostraba la sintonía que tenía con los gustos de un público no especializado. Tuvo, eso sí, que amoldar sus escritos al espacio que le ofrecían —redujo la extensión de sus historias, simplificó la trama…— para hacerlos más asequibles y amenos, y hasta tal punto se sentía cómodo en el formato periodístico, que muchas veces tenía en cuenta el tema para cuadrarlo con el día del calendario en que convenía publicarlo: El monte de las ánimas apareció unos días después del Día de Difuntos; Maese Pérez, el organista, poco después de Navidad; El Miserere La rosa de pasión, en Jueves Santo. Y no le importaba la desventaja del sitio que le dejaban en la hoja del periódico —en El Contemporáneo, por ejemplo, le insertaban las leyendas después de la información política y económica—, porque se las ingeniaba para meter una pequeña introducción destinada a preparar a los lectores para lo que iban a leer. De esta forma, el salto de los temas prosaicos a lo fantástico no “cantaba” tanto.

Antes de pasar a analizar las características generales de estas leyendas, hay que decir que la definición de este término hace hincapié en que son una sucesión de hechos tradicionales o maravillosos. En el caso que nos ocupa, Bécquer mezcla elementos reales con situaciones imaginarias, a las que traslada sus ilusiones y desengaños, su visión romántica del amor y de la creación literaria, y todo esto lo logra a través del lirismo, una de sus grandes aportaciones. Poseen tanto sus leyendas, que bien podría haberlas escrito en verso, ya que no los retorcía demasiado y no abusaba del hipérbaton, en boga entonces, que complicaba mucho el entendimiento de las frases. Sin embargo, quiso llegar a más público a través de un lenguaje fácilmente asimilable por todo el mundo, y la prosa es el género perfecto para eso.

Lirismo

Los estudiosos de Bécquer están de acuerdo en que, exceptuando las Rimas, es en las Leyendas donde mejor se percibe la huella de lo lírico, que convierte su prosa depurada en luminosa, sensorial y pictórica. Este lirismo puede impregnar todo el relato, creando un ambiente poético donde se desenvuelve la trama, o de forma más liviana convivir con lo narrativo. De cualquier manera, Bécquer logra su seña de identidad, en la que subyace su interés por conquistar el ideal de amor y belleza absolutos. Como representantes de ellos estarían la mujer —fatal, enamorada bondadosa, ideal…— y la creación artística, pero siempre entendidos como objetivos intangibles, alojados en la imaginación del hombre, lo que conlleva decepción, locura o muerte. El papel del artista, en cuanto a conseguir ese ideal, sería el de una especie de genio que intentaría expresar su mundo interior utilizando la capacidad que tiene de captar lo trascendente de la realidad y comunicarlo a través del arte. En el caso de Bécquer, lo llevaría a cabo transformando el sentimentalismo —excesivo en bastantes escritores románticos— en sensibilidad.

Realismo

Como hemos dicho al inicio, estas Leyendas aparecen en un momento literario en que el romanticismo está dando sus últimos coletazos y el realismo literario triunfa. Y como Bécquer era consciente de ello, aporta su dosis de realismo para satisfacer a sus lectores: lo fantástico se tiene que volver creíble, con tintes realistas, de acuerdo con el espíritu de la época. ¿Cómo? Buscando la verosimilitud del relato. Para ello tiene que preparar el ánimo del lector con el fin de que entre fácilmente en el mundo de lo fantástico. Esto lo consigue mediante la utilización de prólogos al comienzo de sus historias; Bécquer se erige en transmisor de información, en cronista de las historias que ha escuchado. En algunas leyendas, incluso, aparece de nuevo hacia el final, en un intento de aclarar contenidos y atar cabos sueltos. Otro de sus trucos consiste en insertar lugares o monumentos de referencia que conseguían hacer familiares los escenarios donde sucedía la trama; ciudades antiguas, viejos castillos, templos y monasterios, ruinas abandonadas…, lugares propicios para la imaginación o el misterio. De esta forma sitúa Bécquer lo sobrenatural en un marco realista —algo que los escritores románticos puros no necesitaron— y de paso crea esa duda necesaria que es la esencia del género fantástico

Temas

Los temas que le interesaban a Bécquer tienen que ver en la mayoría de los casos con lo inaprensible:

  • E amor, motor del universo y gasolina de los personajes para llegar hasta el desenlace. Podía ser demasiado intenso hasta el punto de llevar al personaje a romper las reglas y tener un final trágico; o ser un amor que protege de los peligros externos; o también, unido a la religión, podía actuar como redentor.
  • La búsqueda del ideal, de la belleza.
  • La mujer, referente de belleza, como símbolo de la perfección artística. Si se trataba de una mujer hermosa carecía de rasgos concretos, pero si era mala solía aparecer definida con rasgos diabólicos.
  • Lo sobrenatural y lo misterioso entra en juego en casi en todas las leyendas. A veces deriva, incluso, hacia lo terrorífico.

Técnica narrativa

Tiende a narrar escenas casi cinematográficas, con mucho ritmo, que agiliza todavía más mediante abundantes diálogos y, en algunos casos, hasta monólogos escenificados. En lo que se refiere a los pasajes ambientales hay una tendencia a describir la medianoche o el crepúsculo —en casi todas las Leyendas el hecho culminante ocurre de noche y la época es siempre el pasado, preferentemente la Edad Media—, sin olvidarse de vez en cuando del alba y del amanecer, momentos en los que muestra todo un abanico de matices cromáticos y plásticos.

En cuanto al punto de vista, en varias leyendas encontramos una introducción que puede ocupar todo el capítulo primero de la leyenda. El narrador se expresa en ella en primera persona, después abandona esta forma para manejar la narración desde una tercera o para ceder la palabra a uno o más personajes que luego funcionarán como narradores secundarios.

También es característico que varios personajes se reúnan para formar un grupo de oyentes a quienes otro habitante del mundo imaginario narra la leyenda entera o un fragmento de ella.

Personajes

Los protagonistas que pueblan esos escenarios son casi siempre hombres jóvenes —enamorados, impulsivos— y damas hermosas pero perversas que, en un momento culminante, debido a un prodigio, un hecho maravilloso que rompe la normalidad, sufren un desenlace trágico como consecuencia de una conducta imprudente o de haber trasgredido una prohibición.

Lenguaje

No podemos terminar sin hablar del maravilloso lenguaje que utiliza, muy musical, lleno de sustantivos y adjetivos que aluden al mundo de los sentidos: oído, vista, olfato, tacto. También se vale de una gran variedad de figuras retóricas: abunda en metáforas, comparaciones, metonimias y elipsis, y en las descripciones sensoriales utiliza aliteraciones y onomatopeyas para reproducir los sonidos.

Este no ha sido más que un acercamiento a la obra becqueriana y, aunque breve, nos ha permitido mostrar que las Leyendas cumplen con el ideal que preconizaba el Romanticismo y también que, por fechas, pertenecen a la etapa posromántica, pero no por ello se debe pensar que Bécquer es un epígono de ese movimiento literario. Hemos comprobado que mediante sus trucos de escritor superó dicho movimiento y, al adaptarlo a la sensibilidad que el lector de la época pedía, renovó un género que gozaba de gran aceptación. Además, utilizó la leyenda romántica como vehículo de expresión de sus vivencias más íntimas lo que, unido a su dominio de los recursos de lo fantástico, nos lleva a concluir que Bécquer es el máximo representante de este género en nuestra literatura clásica.