Historia de la democracia priísta (18) La Revolución Mexicana, el gran obstáculo a la democracia

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Si se revisa la historia de la oposición revolucionaria-posrevolucionaria mexicana 1908-2020 se puede llegar a la concusión de que no se ha tratado de una oposición-alternativa, sino de una oposición-leal (concepto de Soledad Loaeza) al modelo revolucionario que acaba de cumplir 110 años de existencia. Es decir, que la oposición nunca tuvo el objetivo, la capacidad o el sentido político de concluir que la estructura de sistema/régimen/Estado priísta es el principal obstáculo para la democracia real.

En este sentido, una tesis de análisis del retraso democrático y republicano de México se localiza en el dominio ideológico, histórico y retorico de la Revolución Mexicana, lo mismo en gobiernos de izquierda, centro y derecha.

Aquí hemos reconocido que el único partido que tenía una propuesta alternativa (el comunismo) al modelo de la Revolución Mexicana era el Partido Comunista Mexicano (1919-1989), pero en los hechos nunca pudo construir una movilización de masas contra la ideología oficial. En los sesenta buena parte de la dirigencia comunista se salió del partido para irse a engrosar las filas del autodenominado sector de izquierda nacionalista revolucionaria del PRI y algunos de los sobrevivientes del PCM pululan hoy en Morena como organización que nació de la Corriente Democrática priísta de Cuauhtémoc Cárdenas.

La oposición llegó a la presidencia en tres ocasiones: el PAN en 2000-2012, el PRI como oposición al PAN en 2012-2018 y Morena en 2018, pero ninguna de esas fuerzas políticas tuvo siquiera la tentación de explorar un modelo ideológico diferente al de la Revolución Mexicana. El PAN, que había nacido de una costilla del obregonismo-eliascallismo conservador, quiso ofertar un lado bueno de decisiones revolucionarias populares; el PRI neoliberal salinista-peñista terminó de liquidar lo que quedada del nacionalismo revolucionario del tricolor y Morena rescató a los héroes nacionales revolucionarios y posrevolucionarios.

La estructura del sistema/régimen/Estado del modelo de la Revolución Mexicana que construyó el PRI se basó en tres bases ideológicas: el discurso de la Revolución Mexicana, la educación como aparato ideológico de la Revolución y el Estado revolucionario y la Constitución de 1917como norma de ejercicio del poder. Salinas de Gortari borró en 1992 del PRI el concepto de Revolución Mexicana y puso en su lugar el “liberalismo social” posjuarista, pero nunca pudo consolidarla como ideología oficial y todos los grupos se siguieron moviendo en el escenario fantasmal de la Revolución Mexicana.

El tríptico del poder mexicano nunca fue reorganizado por el neoliberalismo salinista y siguió siendo el mismo; el PAN foxista-calderonista careció de una comprensión estratégica de régimen, nunca pudo definir un modelo ideológico-histórico del panismo y hubo de apoyarse en la estructura de poder del PRI para gobernar. El PRI salinista retomó el poder en 2012 para continuar la trayectoria neoliberal y terminó por enterrar el discurso histórico de la Revolución, aunque se movió en sus coordenadas subyacentes. Y Morena se cuidó de no revivir los fantasmas priístas y definió su propuesta como una Cuarta Transformación, pero sobre las bases, estructuras y marco ideológico populista de la Revolución Mexicana.

El trasfondo de la continuidad ideológica de todos los partidos que llegaron al poder presidencial se localizó en el modelo central de la propuesta revolucionaria: ofertar el bienestar de las mayorías pobres y no construir una democracia para hacer funcionar una república de leyes e instituciones. A lo largo de 103 años de vigencia del modelo constitucional del sistema/régimen/Estado priísta el Estado, los partidos y los funcionarios han dado prioridad al bienestar, aún a costa de sacrificar la democracia. Las alternancias del 2000, 2012 y 2018 fueron votos de castigo contra el partido en turno del poder por crisis económicas que sacrificaron más el bienestar social en aras de la estabilidad macroeconómica.

Las reformas políticas y las reestructuraciones democráticas de modelo priísta –aunque nació antes del PNR-PRM-PRI, encontró en el PRI su estructura dominante– nunca buscaron construir un régimen democrático, sino que se realizaron para ir cediendo ante la presión de la sociedad, para despresurizar las tensiones de las crisis sociales-económicas y para reforzar la ideología oficial revolucionaria. La democracia se agotó en los mecanismos procedimentales de reglas para el relevo pacífico-electoral del poder, pero no para dinamizar a las clases sociales, ni pensamientos ideológicos.

En el fondo, la ideología oficial de la Revolución Mexicana ha sido un obstáculo al desarrollo político del país. La Revolución se ha visto, en mayor o menor medida, como una religión y no como lo que fue: una lucha social de clases para reformar el poder. Lo estableció Madero en su libro-programa La sucesión presidencial en 1910: la lucha entre la democracia como relevo ordenado del poder y el poder absoluto de los necesariatos dictatoriales (Emilio Rabasa).

Los ciclos de la Revolución fueron cerrando espacios a la democracia: el de los jefes revolucionarios que terminaron matándose unos a otros, el de los políticos como intermediarios entre la sociedad y el poder, el de los tecnócratas que potenciaron el modelo de bienestar por democracia y ahora el regreso de los líderes sociales revalidando el modelo priísta de bienestar por democracia.

La Revolución Mexicana se momificó en un monumento sin forma y en un discurso que sirvió para todo: la movilización, los beneficios, las represiones, las crisis y las expectativas. Arnaldo Córdova le puso el cascabel al gato en 1972 cuando estableció en La ideología de la Revolución Mexicana que el movimiento social había sido populista. Y luego otros ensayos probaron que la Revolución Mexicana como discurso fue una coartada para cualquier presidente de la república.

La estructura de poder de la Revolución sigue latente en la Constitución estatista doctrinaria que contiene los virus del autoritarismo que impiden la construcción de una república de leyes e instituciones. La hegemonía del Estado casi como ente autónomo permitió, inclusive, el neoliberalismo de Estado durante el salinismo porque no liberó las fuerzas productivas sociales. El capitalismo de Estado ha sido una aberración funcional que ha limitado el funcionamiento de la economía.

Si se quiere con enfoque forzado, México es una mala copia –aunque con su dinámica propia– del modelo comunista-capitalista de China: partido en el poder dominante, oposición simbólica, decisiones de Estado que determinan rumbos económicos, políticos y sociales, ideología marxista para un sistema capitalista, sector privado como grupo corporativo paraestatal del comité central, verticalismo decisorio en economía y programa económico aprobado por la élite gobernante. La ideología ya no es una reflexión, sino el compromiso con el pueblo que sigue empobreciéndose aquí y allá, pero con suficiente carga retórica como para excluir cualquier otra.

Lo que queda es la certeza de que las revoluciones en el poder sólo justifican al grupo dirigente y no permiten el libre juego de clases, sectores e ideologías diferentes. Por eso en México nunca habrá una verdadera democracia pluralista y equilibrada ni una república de instituciones y leyes mientras el discurso de la Revolución Mexicana sea la ideología oficial del Estado y de la Constitución, cualquiera que sea el partido y el grupo en el poder.

indicadorpolitico.mx

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