Elpidofobia

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Carlos Díaz

Elpidofobia es el odio a la esperanza (elpis), la cual no es solamente algo de lo que se carece (diselpidia), sino lo siguiente a ella, a saber, el no querer tenerla, el rechazar fóbicamente la esperanza. Hay quien no tiene esperanza aunque quisiera, y quien no la quiere aunque la tuviera, razón por la cual linda con la desesperación o carencia de pie sobre el cual asentarse, de estar firme sobre el pie (super pedem, spem). Nos permitimos estas aclaraciones etimológicas dada su importancia y al mismo tiempo su inusualidad.

La elpidofobia surge cuando el tener esperanza resulta peor que el no tenerla. Pongamos un ejemplo. Supongamos que alguien tiene un cáncer dolorosísimo y vive en un puro grito, ahogado por sus padecimientos, o que se halla tetrapléjico y ya desea morirse por encima de todo. En semejantes circunstancias algunas de estas personas prefieren la eutanasia o el suicidio porque no les merece la pena fijar su esperanza en alguna posible curación remota luego de un sinfín de esfuerzos y sufrimientos estériles. Si ellas esperasen salir de todo ese negro túnel, eso implicaría una lucha, un sufrimiento por causa de la lucha misma, prefiriendo por eso la muerte. No han mantenido la esperanza hasta el final, porque el vivir con esperanza hasta el final les resulta insoportable cuando se está lleno de odio a la vida causante de esos horribles y espantosos sufrimientos. Es falso, pues decir que la esperanza es lo último que se pierde. Nosotros no defendemos el suicidio, ni la eutanasia, pero es de este modo como explicamos la esencia del proceso elpidofóbico.

En general, podríamos decir que existen dos actitudes ante la vida: la del homo fobicus y la del homo patiens. Entre ambos está el homo labilis, aquel que a veces se acuesta hacia la fobia, y aquel otro que se acuesta hacia la elpis o esperanza, que no está donde tendría que estar, y que está donde no debería estar.

En realidad, la vida entera constituye un proceso de aprendizaje, pues cada día llevamos a cabo de forma fáctica o contrafáctica una opción a favor o en contra de la vida entera. Esto significa que no existe ninguna acción, por pequeña que lo parezca, indiferente a este proceso.

En realidad, es en esto en lo que consiste la vida ética, su ethos, y por lo tanto también la vida psíquica que es indisociable de ella. El error básico de la psicología materialista es que considera la esperanza como un proceso meramente biológico, como si ella dependiese exclusivamente de las hormonas o, como aseguraban los clásicos renacentistas, de los famosos “humores”, de las bilis y de sus atrábilis. Este reduccionismo psicológico conlleva, como no podía ser menos, un reduccionismo antropológico. Para contrarrestar esta tendencia animalizante se escriben estas líneas, que a su vez llevan consigo una opción militante, pues sin su correspondiente lucha no existe ni siquiera la realidad de la escritura.

Hay personas que de repente aparecen destrozadas sobre el asfalto porque se han arrojado por la ventana o se han descerrojado un tiro en el paladar. Desgraciadamente no hace todavía un mes que he padecido lo primero. El líder siempre alegre y vivo, ejemplo en todo de virtudes amistosas y de una delicadeza superior, no apareció el día en que nos tocaba pasear juntos en grupo, y después de una serie de batidas apareció donde nadie lo hubiera esperado, en el patio de luces de su vivienda. Ninguno del grupo ni fuera del grupo lo hubiéramos sospechado ni siquiera remotamente. Un manotazo duro, un hachazo invisible y homicida como aquel no cabía en la imaginación más febril.

Y hay personas que en medio de las más graves tribulaciones, como otro querido amigo, resiste hoy alegremente contra viento y marea toda una serie de infortunios, de muertes familiares y hándicaps personales tales como enfermedades terminales dolorosas, y las está ofreciendo por la humanidad desde su convicción de fe cristiana coherente. Su existencia es una existencia ofrecida, donada, conferida. Hoy mismo he hablado con él por teléfono y sigue dando gracias a Dios: “El Señor es muy bueno conmigo”, ha musitado. Son vidas que pareen imposibles, pero no solamente son posibles, sino también reales; y no solamente reales, sino también ejemplares. No existe en ellas, en fin, proporción entre su renegrida realidad y la luminosidad de su esperanza. La realidad tampoco se explica aquí por procesos meramente bioquímicos.

El ser humano es un misterio en última instancia. Nadie sobre la superficie de la tierra es capaz de desesperar ni de esperar como él.

Al homo sapiens (atrévete a saber) suele oponérsele el homo patiens (atrévete a sufrir), la audacia para el sufrimiento, que nos acerca a la verdad sin huida ni miedo. Es necesario afrontar el sufrimiento, pues sólo el sufrimiento asimilado deja de ser tal: para tener sentido, no puede ser un fin en sí mismo; cuando lo es, puede degenerar en masoquismo. Sólo tiene sentido cuando se padece por causa de. Cuando está dotada de sentido apunta más allá de sí misma: la persona sufre mal si con su sufrimiento no ayuda a nadie. La donación de sentido que se produce cuando el sufrimiento pasa a ser sacrificio, llega hasta el punto de implicar toda la vida. El sacrificio puede dar sentido a la misma muerte, mientras que el mero instinto de conservación sería incapaz de dar sentido a la vida.

Filósofo

Publicado originalmente en elimparcial.es