Internet conquista el mundo. ¿Qué vendrá luego o esto es todo?

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Roberto Alifano

Empiezo por confesar que mi opinión sobre el mundo contemporáneo es menos idílica que crítica y pesimista. Con cinco sentidos que nos han sido dados y un breve periodo de vida, es muy poco lo que podemos saber del complejo Universo y de nosotros mismos. Cuando empezamos a entender algunas cosas nos reclaman para sumarnos a los más. Y no hay retorno posible.

No es fácil, por otro lado, eludir los cruciales interrogantes que han acechado a nuestros remotos y primeros padres: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿hacia dónde vamos?; preguntas tan antiguas como el mismo mundo, que no solo han quitado el sueño a filósofos, teólogos y científicos de todas las épocas, sino también al hombre común. Agreguemos, para no engañarnos, que desde siempre, la duda existencial nos acompaña, acosa y sobresalta. Muchos, diría que la mayoría lo resuelven con un acto de fe y es otro punto de vista que debemos aceptar.

Sin embargo, sucede que en este presente, aunque todavía de un modo contradictorio, el mágico, vertiginoso o endemoniado -y no menos inquietante- avance científico y tecnológico postula e impulsa en nuestros días la ilusión de otra meta; al mismo tiempo que la destruye, mientras la desarrolla y exhibe espectacularmente. Nuestra contundente realidad del mundo moderno (o posmoderno como califican algunos), hoy se precipita en las en las Redes Sociales de manera rotunda y nos hace vivir la época de un presente ilusorio encarnado en la navegación virtual, ofreciéndonos una fuerte plataforma de avance irremplazable. Para el universo internet, ya nada es imposible y hasta los asuntos más complejos aparecen resueltos. Sus respuestas, al alcance de todos, nos abarcan a través de un pasado y futuro que se ha convertido en un instante, en este ahora on-line, que más allá de cualquier ley histórica, se difunde de un modo concluyente, implícito y olímpico. Es esta, sin duda, la gran revolución de nuestro tiempo, que incluye a todas las formas del arte, que deben enfrentar su básica deshumanización.

Hemos llegado, por consiguiente, a un camino sin salida posible que nos pone ante el abismo y no nos queda sino convertir nuestras creaciones en débiles instrumentos de desintegración masiva, a la vez que de unión presencial, menos particular que exponencial. Aunque todos admitimos que somos espiados, cualquier hijo de vecino, desde sus ya entrenados pulgares, tienen presencia en cada rincón del planeta Tierra. Esto es lo que nos ha tocado y es probable que prevalezca por un larguísimo tiempo, o eternamente -¿por qué no-. Lo ciertos es que nadie sabe hasta cuándo; tal vez hasta que el día en que todo se dé por cumplido; esto es en el del juicio final, como reaccionaria cualquier buen ciudadano que se nos cruza.

En el sendero de la nuestra humilde literatura, recuerdo ahora que Herbert Georges Wells, uno de los maestros de la ciencia-ficción, en su novela La máquina del tiempo, escrita a fines del siglo XIX, desliza la posibilidad de que la civilización bien puede ser una etapa apenas episódica de la azarosa, contradictoria y sufriente evolución del género humano. “Es posible entonces que la existencia en la Tierra inicie una etapa de vertiginosa decadencia para recaer en su antigua barbarie”, reflexiona H.G.Wells. Los horrores de las dos Grandes Guerras, los crímenes del nazismo, el ataque a las Torres Gemelas y otras locuras no menos espantosas, como los dos bárbaros atentados antisemitas que padecimos los argentinos, nos confirman aquella suposición. Tampoco podemos olvidar, ya en el terreno bíblico, el Apocalipsis o la destrucción de Sodoma, donde la ira del mismo Dios, cansado de las atrocidades y despropósitos del hombre, no hizo distinciones entre buenos o malos, y el castigo Divino fue a mansalva, sin consideraciones ni miramientos. Pero claro, hasta las Escrituras serían otras si hubiera existido internet y toda su parafernalia.

Sin embargo, las formas artísticas del pasado, clásicas o barrocas, eran concluyentes y encerraban una figura. Es cierto, la evolución era lenta y todo se proyectaba en décadas o centurias. La poesía, verbigracia, liturgia de la nostalgia y lírica de la fe, trató de sobrevivir a través de una libertad verbal que apenas le permitía alzar la mano. El arte, en todas sus formas, aún en las más extremas, fue siempre un triunfo del objeto sobre la representación visual; hoy, ya empieza a sumarse a la simplemente virtual e instantánea. Con la ayuda de instrumentos tecnológicos y en especial por medio de internet, se logran formas estéticas jamás imaginadas.

Es tan así, que tanto para el ocio como para el negocio, el fenómeno virtual de nuestros días es una herramienta imprescindible -y hasta terapéutica- para la mayoría de nosotros. De hecho, ha logrado una revolución tecnológica que se ha convertido en la verdadera revolución social, ya casi se han esfumado las convulsivas esperanzas del comunismo y el socialismo; en tanto que populismo y neoliberalismo son caras de una misma moneda. Hay una forma diferente de acceder a la información y de ver todos los modos de interrelaciones posibles entre amigos, enemigos y camaradas. Ah, y alcance de cualquier hijo de vecino.

Pero claro, el asunto no es tan sencillo y menos aún manejable (digo para los neófitos como yo, que es probable que somos la mayoría). Lo que sí es cierto, es que, sin duda alguna, internet divide opiniones. Unos conjeturan que es un avance espectacular para el ser humano, otros consideran que es casi un instrumento del diablo que ha venido a aniquilar la humanidad. En cualquier caso, en las sociedades desarrolladas todos, o casi todos, ya vivimos de cara a las llamadas “redes sociales” (¡y qué vivan las redes!).

En menos de una década el cambio ha sido extraordinario y monumental. Ninguna otra tecnología se ha desarrollado tan de prisa y globalmente como el sagrado, sacrosanto y endemoniado internet. Es algo inédito sobre la historia de nuestra civilización. Facilita la información adecuada, en el momento adecuado, para el propósito adecuado. Y de una manera que nos conecta a todos. Somos casi prisioneros de este mágico instrumento universal que actúa como infinitas neuronas de un infinito cerebro gigantesco.

Hoy en día todos podemos asumir que cuando nos despertamos por la mañana, si tenemos alguna pregunta, ya está respondida. No importa cuál sea la duda, habrá siempre alguien que desde algún sitio remoto o del más recóndito lugar del Planeta, la responderá. Aunque internet no constituye en sí mismo la memoria, es como un gran inventario que atesora toda la memoria histórica, a su vez que todos los datos y la información del universo. Solo en internet puede una persona sentirse sola y rodeada del mundo a un mismo tiempo. Es tan grande, tan poderoso y a la vez tan sin sentido (o todo lo contrario) que para algunos puede ser la resultante de un completo sustituto de la existencia.

Vaya novedad, para internet no hay secretos. Antes, los medios eran pasivos y se constituían de una única manera, que solo era escuchar o ver sin actuar; ahora se ha logrado -y permitido- en la Web que lo que solía ser monólogo se convierta en diálogo permanente. Internet es la marca y el resumen de todos los siglos, el instrumento más efectivo que tenemos para la globalización. Para el estudioso Manuel Castells, “internet es mucho más que una tecnología. Es un medio de comunicación, de interacción y de organización social”. Yo agregaría, con una intención menos científica que literaria, que es un recinto mágico.

La filosofía, todos sabemos, es reflexión; es decir, pensamiento del pensamiento o sobre el pensamiento. En cuanto a la comunicación a través de las Rede Sociales, es nada menos que la difusión de hechos concretos en ocasiones concretas, y hasta alejados de conceptos, que en lo masivo de la interacción, casi ni vienen al caso; es decir, que todo es una masificación de datos para que lleguen y se propaguen al servicio de todos, que también abarca todavía a demasiados ningunos: aquellos pobres marginales y desposeídos de cualquier época (que los sigue habiendo y un lenguaje ideológico se los califica de lumpen proletarios), cada vez menos y que, sin duda, desaparecerán en brevísimo tiempo de la faz del Planeta. Porque internet ya está al alcance de cualquiera, hasta del maloliente borrachín que duerme en la otra esquina de mi casa y yo lo he sorprendido con un celular en mano.

Repito. Los medios virtuales de comunicación nos han relacionado con los más remotos rincones del planeta y lo increíble es que todo está sucediendo de repente. Sin darnos tregua, un mundo nuevo se nos vino encima y nos arrasa como si fuera un maremoto un tsunami. La fabulosa tecnología de las comunicaciones sigue avanzando con paso de paquidermo pisando todo sin miramientos y hoy, aferrados a nuestros aparatos de pantallas abiertas hacia el universo, disfrutamos o sufrimos de manera virtual, y acaso cada vez menos existencial. Pues sostenidas por precisas y versátiles aplicaciones, hasta la bíblica Torre de Babel se ha derrumbado y ha hecho que los idiomas, transformados en un elemento casi común, se propaguen al alcance de la palabra. Gozamos y sufrimos en simultáneo bajo la magia de estar interconectados. Inventando un propio lenguaje, el mundo virtual dice presente de manera rotunda.

Vista desde una misma perspectiva, entre otras asombrosas cosas del mundo moderno, internet, ya es menos un estilo que una ramplonería común, e inclusive alarmante. Todos lo usamos y, como señalamos, nadie está privado de su conexión a Facebook, WhatsApp y los más variados programas, que por dos centavos, con aplicaciones que tenemos al alcance de la mano se vuelven realidad. Esto hace que las personas como yo, medias lerdas de nacimiento e ineptas en el manejo de aparatos electrónicos, debamos admitir, con cierta humillación por supuesto, que pertenecemos a la época de los todavía confundidos por este prodigioso y mágico progreso arrollador.

Escritor y periodista

Publicado originalmente en elimparcial.es