La guerra de los monumentos

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De unos años a hoy, hemos visto a nivel mundial una competencia por poner o quitar monumentos como declaración política. México no se ha sustraído a esta dinámica, desde los “antimonumentos”, pasando por el retiro de placas que hacen mención a presidentes incómodos, hasta el retiro de la estatua a Colón y el paulatino cambio de las estatuas de próceres del Paseo de la Reforma, para ser sustituidos por otras personas. Incluso hemos contemplado el doble absurdo de un edil colocando una estatua de López Obrador en el Estado de México, y una demolición que algunos quieren interpretar como un acto de resistencia política.

Cierto: la historia es una forma de contarnos nuestro acontecer, la cual va reinterpretándose conforme cambian las mentalidades y los discursos. De esa forma se resignifican eventos y consecuencias, así como se entienden mejor a las personas del pasado. Sin embargo, hay riesgos cuando la historia se trata de contar desde los gobiernos en turno, a partir de las causas particulares, filias y fobias. Si se desea narrar una historia para la población, debería ser tarea de Estado, como parte de los discursos sobre qué una a una comunidad, cuáles son sus orígenes y una noción sobre un destino compartido.

Ante la guerra de monumentos que estamos viviendo, comparto una cita del novelista checo, Ivan Klima, escrita en su novela Amor y basura, cuando un joven estudiante visita al protagonista, un escritor disidente que se ve obligado a trabajar como barrendero:

“Hablando de explosivos, recordó mi visitante, recientemente en su ciudad unos desconocidos habían hecho saltar por los aires la estatua de un presidente obrero. El presidente había muerto hacía más de treinta años, mi visitante no lo recuerda, lo único que sabe de él es que nos impuso a todos nosotros “la mayor libertad para el hombre y el género humano” y que, además, mandó quitar de en medio a un montón de inocentes, incluso a sus propios amigos y camaradas. A mi visitante le gustaría saber lo que pienso de la destrucción de la estatua. A mí me parece que la gente ni siquiera se fija en los monumentos, especialmente en los nuevos, y, aunque se fijara, las estatuas no tienen con qué impresionarles. Y es que, ¿cómo podrían despertar el interés de nadie las imágenes de unas botas, unos abrigos, unos pantalones y unos maletines, por encima de los cuales se asoma un rostro, apenas una sexta parte del conjunto, tras el cual no percibimos ni espíritu ni alma? Lo que molesta de los monumentos de aquellos que son declarados por las autoridades como grandes hombres es que son feos y pobres, es decir, que afeen el entorno. Pero es difícil que sea de otra forma, si tenemos en cuenta a quién reproducen y cuáles son las habilidades de los artistas a los que, a cambio de una excelente remuneración, se les encarga la creación de esas estatuas. ¡Y al mundo lo afean tantas cosas! Si nos propusiéramos destruirlas todas, ¿dónde deberíamos detenernos? Destruir resulta más fácil que crear, y por ello tanta gente decide demostrar públicamente lo que rechaza. Pero ¿qué nos dirán, si les preguntásemos por qué luchan?”

Quizás muchas de las estatuas que han estado retirando hayan perdido significado alguno desde hace más de un siglo, como las que están a lo largo del Paseo de la Reforma. Incluso, solo me llama la atención la de Guillermo Prieto, quien a la altura de San Hipólito está congelado en su grito de “¡Bajen las armas: los valientes no asesinan!” En ese sentido, me gusta el ejercicio de resignificación que está haciendo el gobierno de la Ciudad de México, incluyendo imágenes de mujeres, resignificando la historia. Otros retiros serán polémicos, como la estatua de Colón. Es más, cualquier estatua de una persona viva debe ser llamada por lo que es: culto a la persona.

Sin embargo, y retomando la última oración de la cita de Klima, es indispensable que pensemos colectivamente sobre nuestra identidad compartida: de eso dependerá cómo nos veremos durante las próximas generaciones, la unión o desunión que habrá, y la forma que nos relacionaremos con el mundo. Y más vale que lo hagamos cuanto antes, antes que otros nos impongan otro discurso reaccionario y fatalista, como el Nacionalismo Revolucionario.

@FernandoDworak