¡Otra vez Galicia!

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El  cónclave en Sevilla del Partido Popular (PP) despidió a Pablo Casado, el líder defenestrado por sí mismo, por su propia vanidad y soberbia, que no supo calibrar bien el poder natural de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid que, durante la gestión de la pandemia, ha encontrado en esta misma su mayor baza para hacer que la capital de España vaya casi a contracorriente de las decisiones tomadas desde la Moncloa en los aspectos más esenciales alrededor de la urgencia sanitaria provocada por el SARS-CoV-2 y la implementación de dolorosos cierres y cuarentenas que han provocado muchos quebrantos económicos.

Casado que ya llevaba varios traspiés, dando bandazos respecto de su posición y oposición ante el gobierno del socialista, Pedro Sánchez, nunca terminó de convencer del todo al núcleo duro de su propio partido y también, hay que decirlo, a muchos votantes que desencantados se han escorado hacia VOX.

Empezaba a desinflarse y no consiguió aglutinar todos los apoyos adentro de su propio partido, se vio opacado por Díaz Ayuso, aunque ella insistentemente señalaba que no tenía intención de dirigir al PP ni de aspirar a más.

Sea verdad o sea mentira, en un acto de envidia pura y dura, al parecer el propio Casado habría ordenado investigar el entorno de la lideresa madrileña buscando asuntos turbios que pudieran desgastarla ante la opinión pública y por ende, caer de la gracia del PP.

El ayusogate ha terminado con la carrera política del propio Casado, tras los rifirrafes que a nivel nacional protagonizó con Díaz Ayuso, ante las denuncias de que la presidenta de la Comunidad de Madrid o alguien de su entorno (por órdenes de ella) habrían beneficiado a su hermano Tomás, en pleno auge de la pandemia y cuando escaseaban las mascarillas, para supuestamente favorecerlo con sendos contratos para suministrarlas. Él es empresario.

La revelación de estos contratos, según Díaz Ayuso, ventilados desde el entorno de Casado con la finalidad de desgastarla políticamente ha terminado con él fuera del partido y la esfera política. Y con la madrileña bajo la lupa porque los grupos de la oposición están interesados en los contratos para el suministro de mascarillas concedidos en 2020 y 2021; y también Anticorrupción está llevando a cabo diligencias para investigar al respecto bajo el supuesto del tráfico de influencias y más recientemente, la propia Fiscalía Europea, se ha interesado por el caso porque al parecer, las mascarillas adquiridas por la Comunidad de Madrid, fueron pagadas con recursos del Fondo Europeo de Desarrollo.

 

A COLACIÓN

Todo este escándalo ha provocado un cisma interno en el Partido Popular y ha dejado un mal sabor entre sus votantes que ahora intentan recuperar la fe con el nuevo líder de los blanquiazules, de la mano del gallego Alberto Núñez Feijóo.

Nacido en Orense, se trata de un político consolidado, sólido y muy previsible. Lidera la Junta de Galicia desde 2009 y no en pocas ocasiones  ha sonado para presidir el partido y como posible candidato a la  Presidencia de España. Feijóo tiene la virtud de saber estar pero sin  querer todo el protagonismo a costa de lo que sea.

En Galicia se le quiere. Su llegada a liderar el PP  se interpreta como una forma de reequilibrar al partido de las rebatingas internas y reconducirlo hacia los valores de marca que tradicionalmente le caracterizan. En la etapa de Casado, la ultraderecha de VOX se ha frotado las manos beneficiándose de los traspiés de los populares y de sus pugnas internas. Cada que baja el PP, sube VOX.

Esa fuga de votantes es una prioridad para Feijóo que, inteligentemente, ha posicionado dos polos para fortalecer al partido de cara a unas elecciones generales que serán celebradas en 2024: su propio feudo en Galicia y Andalucía el bastión perdido por el PSOE tras fungir por cuatro décadas de polo de poder estratégico y en el que ahora gobierna el Partido Popular con una alianza de Ciudadanos y VOX.

Es curioso pero los dos partidos políticos otrora columnas del bipartidismo español desde la democracia, PP y PSOE, intentan cada uno por su cuenta sacudirse las alianzas a las que se han visto forzados con partidos minoritarios pero que se acercan dentro del espectro ideológico como sucede con VOX en el caso del PP y en el del PSOE con Unidas Podemos.

El nuevo PP de Feijóo sabe que, de ganar las elecciones generales en 2024, y de no contar con la mayoría necesaria para gobernar se verá abocado a formar una alianza de gobierno con VOX si las perspectivas del partido de ultraderecha crecen en las ambiciones deseadas en el número de escaños.

VOX puede convertirse en la sombra del PP en varios gobiernos autonómicos y desde luego en las generales. Ya en Castilla y León, será investido Alfonso Fernández Mañueco,  del PP tras pactar con VOX y no poder formar gobierno con otro partido (lleva tres meses con un gobierno en funciones).

La meta de todos está puesta en 2024: el socialista Sánchez quiere quedarse otros cuatro años más en el poder, sin embargo, para conseguir la reelección de no tener la mayoría tendría que volver a buscar un pacto de gobierno. No le ha sido fácil gobernar con Unidas Podemos y si no gana cómodamente se verá abocado –otra vez– a un pacto con la formación morada.

Un punto interesante: dentro del caleidoscopio político se anuncia un nuevo partido que se llama Futuro, su mentor es Javier Benavente Barrón quien además nos ha invitado a su acto para dar a conocer esta nueva formación política que, hasta el momento, es un enigma.

@claudialunapale