El Buscón de Vierge, en limpio y para siempre, escapa de la tormenta

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Diego Medrano

El editor que hace los libros más bonitos de España, auténtica flor de cuño, el paraíso del buen tono, la mejor experiencia de letra e imagen, márgenes generosos y tipografía cercana al orgasmo para el gourmet culto, es Jesús Egido. Reino de Cordelia y Rey Lear, donde tanto trabaja de mago secreto Luis Alberto de Cuenca, son el paraíso de la buena ilustración patria. Jesús Egido, con sus camisas abiertas de camionero y sin botones en el cuello, un ojo mirando a Cuenca y otro a su León natal desde el corazón madrileño, la panza de Buda y la mano de todos los milagros, ayuda a vivir bien y mucho mejor.

Primicia absoluta: Reino de Cordelia edita El Buscón de Vierge, por primera vez en castellano actual, en limpio y para siempre. Daniel Urrabieta Vierge nace en Madrid (1851) y muere en París (1904). Fue el ilustrador de cabecera de Victor Hugo; también pone bellos dibujos a Zola (con Renoir), Poe y Cervantes. Francia e Inglaterra se lo rifan, a precios de época, mientras que en su país (España), como suele ocurrir, ni se enteraron. Una hemiplejia le priva de una mano, del habla y paraliza o sepulta la mitad de su cuerpo, pero ello no evita su gran epopeya: ilustra E l Buscón de Quevedo, quien formaría un díptico con el Quijote de Cervantes, en estado de rapto y alucinación ambos, sin la menor tregua, como solo los enfermos y los locos son capaces, ahora y siempre, de hablar del espíritu. Una hazaña brillante.

Antes del accidente cardiovascular había empezado ya, entre calambres, a tantear y sobar El Buscón. Sin diestra, con la zurda como tal, no se deja vencer por la parálisis: 120 dibujos refulgentes e iridiados de furia hispánica. Publica la primera edición en Londres (1892), cuna editorial del mundo, el desafío azul concita al público más lujoso, el libro es una fiesta y Vierge un profeta. Herido a los 30 años por la desgracia, lo cotizan periódicos de la talla de Le Monde Illustré. Todo Vierge es magia, escalofrío, letra negra velada por la extrañeza.

Madrazo y Borglini fueron sus profesores en la Escuela de Bellas Artes de Madrid (1864) y se nota en el paño. Jesús Egido, mago despeinado de sí mismo, letraherido santo, editor curador, no lo puede decir mejor a título de ácido frontis: “La obsesión española por mirar puertas afuera antes de atender a lo que hay en casa ha permitido que uno de los grandes ilustradores del siglo XIX, Daniel Urrabieta Vierge, sea prácticamente desconocido para el gran público. Y eso pese a que la mayor parte de su producción la realizó para Francia e Inglaterra, incluidos sus dos proyectos más ambiciosos, El Quijote El Buscón”. España, como siempre, tantas veces madrastra y antropófaga de sus mejores hijos. Ese paletismo eterno de que el oro, a chorros, viene de fuera.

Pasaron años hasta que la zurda hizo labores de diestra, y los muchos paseos dados con Gustave Dumontier por Meudon, ayudaron a los dioses en su labor. Recupera el habla (1884) pero sigue el perro negro de la desgracia mordiendo la pernera y bajos del presente estricto: fallece su compañera Clara, cuidadora en la enfermedad, amante en la alegría, peto y espaldar bajo toda fortuna. Se echa una amiguita llamada Marie Boucher (1885), casada y con un hijo, quien pronto enviuda y no tarda en casarse con él. Reanuda su actividad como ilustrador, viaja a Londres, vuelve a España, recibe entonces la visita de dos obsesos, el artista americano Joseph Pennell junto al editor británico Thomas Fisher Unwin, cuyo interés es completar las ilustraciones de El Buscón de la que estaban faltas la edición de Bonhoure. Todo lo vende hoy Egido, poco más de veinte euros, en un tocho idéntico por el que recibió la Medalla de Oro de la Exposición Universal de París (1889) a la sombra de la recién levantada (como la verga tiesa de Jesús Egido y el Mio Cid) Torre Eiffel. Sucesivas ediciones en Londres (1892) y un dinero que llega como entero curato del alma.

¿Es necesario limpiar el lenguaje de Quevedo? Por supuesto, numerosos arcaísmos se actualizan, los subjuntivos de aquel son un escollo para el lector moderno, al igual que pronombres, zeugmas, gerundios, complejas parataxis que no son hipotaxis. Son miles los ejemplos: “huésped” en el Siglo de Oro apunta tanto al hospedador como al hospedado, “correrse” es “avergonzarse” o “afrentarse” y no lo que hoy imaginamos, el conceptismo quevediano incluye juegos mentales y venerables, con fines cómicos, cuyo abigarramiento y asombro es preciso despejar como se limpia la plata vieja o se renueva el sol tras la lluvia. Quevedo destaca en la metáfora y la comparación, pero no al modo de hoy, sus asociaciones y dialogías son otras, sus extravagancias en la hipérbole merecen mapa, sus alusiones chistosas o animalizaciones al modo grotesco están mejor con alguna brújula, símiles y metáforas, alusiones satíricas, precisan descodificación. Cuando habla de “gato”, por ejemplo, alude a “ladrón”, y para eso necesitamos alguien que lo aclare ya, al minuto.

El Buscón de Vierge, y de Egido, nos eriza el cabello, nos despierta como el miedo afeitados, nos electrifica y crucifica, porque esta obra mereció una vida y fue esa vida defendiéndose a sí misma hasta el límite del precipicio (como tanto definieron García Márquez o Pavese toda literatura) quien salvó la obra. Gracias, Egido, español que miras a tu país para dedicarle estas canciones, por este tesoro inesperado con tacto de sueño.

Escritor español.

Publicado originalmente en elimparcial.es