¿Virus de probeta?

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En marzo del año pasado, el Nobel de Medicina 2008, Luc Montagnier, declaró para una cadena de televisión francesa su hipótesis acerca de que el SARS-CoV-2 había sido creado debido a la manipulación del virus del VIH alterado de alguna forma.

Un mes después, Li-Meng, una viróloga de Hong Kong de la Escuela de Salud Pública, llegó a Estados Unidos pidiendo asilo político bajo el argumento de ser perseguida de muerte por las autoridades chinas dado que ella sabía “la verdad” acerca del coronavirus.

La investigadora concedió sendas entrevistas a multitud de medios de comunicación norteamericanos aseverando que había sido creado artificialmente por el gobierno comunista para dañar al mundo y que tanto las autoridades chinas, como la OMS, ocultaron que podía transmitirse de persona a persona; algo que en ese momento ya se sabía porque estaba dentro de los propios comunicados emitidos por el organismo disponible en su página web.

Ni Montagnier, cuyo pábulo ha sido descalificado por la comunidad científica internacional, ni Li-Meng, han podido fehacientemente probar que existe la técnica  para crear el SARS-CoV-2 en un laboratorio sin que quede la huella del corte y pega en su código genético.

Hay muchas suspicacias en torno al virus visto además como una abierta competencia entre Occidente y Oriente; sin pruebas lógicas que demuestren lo contrario, la pandemia desatada en 2020  ha metido al mundo en una guerra biológica.

Tampoco Joe Biden, presidente de Estados Unidos, termina por creerse la conclusión más reciente del equipo de investigadores especializados de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que in situ, en Wuhan, China  han determinado que el origen del SARS-CoV-2 nada tiene que ver con un accidente de laboratorio.

El Departamento de Estado norteamericano no está conforme con dicho informe y exige una investigación particular, con sus propios expertos, y que el gobierno de Xi Jinping les permita moverse a sus anchas en territorio chino para indagar el origen del coronavirus.

Desde que inició la pandemia, la postura de Estados Unidos ha sido inamovible hacia China, señalándola como responsable directa de la propagación del virus; el anterior  presidente, Donald Trump, llegó  a reiterar recurrentemente y con cierto tono despectivo que “el virus chino” escondía ciertos propósitos desestabilizadores e incluso inquietantes.

Su entonces secretario de Estado, Mike Pompeo, en múltiples ocasiones acusó al régimen de Beijing de estar detrás de una conspiración contra la Casa Blanca y apuntó hacia el director general de la OMS, Tedros Adhanom, de actuar en contubernio para proteger los intereses  y “las mentiras” chinas.

Trump lo trató de “alcahuete” de Jinping y de ser responsable directo de la propagación del virus al desinformar al mundo de la verdadera dimensión de la catástrofe vírica y de su capacidad de transmisión; este argumento, precipitó la salida de Estados Unidos del organismo de la salud.

Si bien Biden, entre sus primeras medidas al frente de la Casa Blanca, ha devuelto a  su país a las filas de la OMS, lo que no ha cambiado es la postura previamente asumida hace unos meses atrás: también quiere una investigación independiente.

 

A COLACIÓN

La misión arribó el pasado 14 de enero a Wuhan y lo hizo con un escaso margen de maniobra, tras pasar dos semanas confinados en un hotel de la ciudad, prácticamente estuvieron más tiempo en cuarentena que haciendo indagaciones y recabando datos pertinentes: en un tiempo récord -doce días- presentaron sus conclusiones acerca del virus.

Según lo expuesto por Ben Embarek, su equipo llegó a Wuhan con cuatro hipótesis bajo el brazo: “Partimos de varios supuestos como punto de origen del  SARS-CoV-2, primero que fuese de origen zoonótico; segundo, una transmisión de un animal a otro animal huésped  y de éste a un humano; tercero, un virus propagado por la cadena de frío de algunos alimentos congelados; y,  por último, la posibilidad de un accidente de laboratorio”.

Tras sus pesquisas de cortísimo tiempo, la misión concluyó que: “El coronavirus no salió de un laboratorio, ni de forma accidental, ni de ninguna otra manera y el origen del contagio tampoco comenzó en el mercado de Huanan dado que el virus ya estaba circulando antes en otros puntos de la ciudad pero nunca con anterioridad a diciembre”.

¿Cuándo podría haber luz al respecto de la verdad en torno al patógeno? Según  el científico Peter Daszak  tomará dos años aunque, desde Singapur, es menos optimista Wang Linfa, la científico que encontró el origen del SARS en 2003 y que sigue investigando el origen del ébola; según su experiencia, podría demorar hasta cuatro décadas  encontrar el punto de origen.

@claudialunapale