Primitivismo postraumático

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David Felipe Arranz

Sigue alta la tasa de los desnudos y los muertos, que diría Norman Mailer, con las gentes gravemente enfermas y siendo sustituidas prontamente por savia nueva. No es nuevo esto de las epidemias, pero sí supone una novedad sus efectos. Las gentes dicen ahora que añoran el contacto físico y la conversa, que andan deprimidas y en una neurosis emocional que resulta muy significativa o simbólica del siglo.

En algunos casos, habría que preguntarse si, hasta cierto punto, no es este, el actual, un estadio avanzado de lo que se venía larvando. Los departamentos de recursos (in)humanos registran cada vez más casos de estrés, depresión, trauma, ansiedad y otras delicias de la vida laboral, que están siendo clamorosamente recibidas en los telediarios para rellenar la escaleta de sociedad tras las mentiras de la política y antes del fútbol. Los psicólogos lo llaman el deterioro psicológico de los trabajadores o riesgo psicosocial y háganse a la idea de que esto va a ir a más. Las muertes por infarto cerebral han subido un 11% en 2020, la mayoría durante la jornada laboral, según la estadística de Salud Laboral y Medio Ambiente de UGT. Este mismo informe señala que al menos la mitad de los trabajadores españoles está más estresada que antes. Porque ahora todo lo laboral es jornada y toda jornada es de curro (se sabe cuando se conecta uno, pero no cuándo apaga el ordenador o el teléfono) y, hasta cierto punto, se diría que incluso el país está viviendo un poco telemáticamente, como en diferido, pues se están acelerando los procesos de digitalización, lo que hace pensar que aún no nos hacemos una idea de la apropiación de las pantallas de nuestra vida toda, si el hombre y el sosiego no lo impiden.

Estamos asistiendo a un incremento del consumo de psicofármacos del 20%, la misma cifra de aumento de las consultas realizadas en el ámbito de la psicología clínica por los españoles, que ya no nos aguantamos ni en casa. Entonces aparecen los inventores de la pólvora en las grandes empresas y sobrecargan al personal, que anda entre desconcertado y perplejo, con mil y un cursitos de motivación y “refuerzo psicológico”, charlas de bienestar laboral y otras zarandajas, en vez de subir el sueldo a la plantilla, que eso motiva mucho más. Porque, como es habitual, en España andamos sobrados de teóricos y muy escasos de prácticos.

Porque, con respecto a la tranquilidad, ¿cómo saber si tu compañero de al lado se ha hecho una pcr o si se ha mutado en reservorio coronavírico? Uno puede infartarse mientras llegan (o no) las vacunas y los gerifaltes de antaño representan su papel de autoridad sin excesiva convicción en esta antigua farsa, el viejo sainete de que en España se trabaja bien y se cuida de las personas. Nada se sabe en este momento de las consecuencias postraumáticas de la COVID-19 o, por mejor decir, algunos ya empezamos hace tiempo a columbrarlo todo demasiado bien. La empresa, cuanto más grande, se parece mucho al coliseo romano, con sus emperadores y consejeros mirando a la arena, donde se matan unos cuantos gladiadores que viven en la esclavitud, forzados a combatir entre sí y sin saber si verán un día más la luz del sol. Cosas de la vieja escuela de negocios, oiga.

Al contrario de lo que ocurre en la literatura, la música o las artes plásticas, que andan cada vez más descapitalizados de personal que se dedique a ellas y muy sobrados de talento entre los que sobreviven, tenemos en la empresa española buen y abundante capital humano y todavía muy malos profesionales al frente de los equipos: puro primitivismo. Por eso llevamos gastados ya en la Sanidad pública de nuestro país 23.000 millones de euros en tratamientos contra la depre: porque aquí las cosas, de hacerse, se hacen a conciencia. A ver si vamos a tener que reinventar al doctor Freud.

Publicado originalmente en elimparcial.es