El gasto público en la era covid-19

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David Felipe Arranz

Aumenta el desembolso del Estado en el ejercicio del año pasado, primero de la era COVID, en más de 50.000 millones de euros. Toma epidemia. La prensa ha dado a conocer hoy que los desembolsos de las administraciones públicas en 2020 superaron el 50% del PIB. Esperamos que los debates en las Cortes sean más que té, simpatía y zarpazos y se hable de la cosa de este aumento, que es el mayor incremento del gasto público conocido en la democracia española.

La cifra total supera los 570.000 millones de euros, que a los que no sabemos de macroeconomía –para eso tenemos una ministra que se supone sabe de lo suyo– nos parece un potosí impensable. Lo que viene a interesar al ciudadano de a pie sí es el desglose del gasto, que se asemeja al de 1938, en plena Guerra Civil o incluso a los de la Primera Guerra Mundial y hasta la Revolución de 1868 –que de “Gloriosa” tenía mucho, pues solo murieron 162 españoles que cantaban el himno de Riego–, según cálculos de Francisco Comín revelados hoy en El País. 30.000 millones fueron a nutrir los ERTE, las ayudas a los autónomos y el desempleo; 500 se destinaron al ingreso mínimo vital; 4.000 a los mayores que han sobrevivido; 3.000 a subirles los salarios a los funcionarios; 16.600 para las regiones en concepto de fondo covid-19, sanidad y educación, y así. La cosa es que el Banco de España y la Autoridad Fiscal ya han dicho que reconducimos las cuentas o nos vamos al agujero; es decir, que ponemos en marcha ya un plan de desarrollo con carácter urgente o nos vamos a endeudar para los restos, exigencias de la Comisión Europea y Eurostat mediante.

La duda es qué origen tiene este endeudamiento: si es solo coyuntural y epidémico o viene de lejos –hagamos memoria–, porque ya en 2019, antes de la peste de Wuhan, Bruselas nos había dado un toque porque nuestro déficit público había aumentado hasta casi el 3%, lo cual es bastante preocupante. Todo el mundo nos enseña la tarjeta roja, hasta el Banco de España, por este desfase financiero, lógico, pero preocupante a efectos de recuperación. Hemos visto a los presidentes regionales reclamar en la rebatiña y queriendo llevarse los suyo para los suyos, que es lo de todos, ante el destrozo del coronavirus, con los cierres del comercio, la hostelería y hasta las tiendas de ropa interior, salvo las pompas fúnebres, las grandes beneficiarias de esta mortandad. La gente en España se gasta ya el sueldo en sobrevivir o cincuenta euros de gasolina para escapar con los críos en Semana Santa antes de que decreten el cierre perimetral. No da para más la cosa, porque, en el fondo, esperamos que el Estado nos resuelva este roto económico, en gran medida gracias a los fondos europeos de recuperación, no porque confiemos en que nadie realmente nos vaya a sacar del hoyo. El “milagro” económico fue el de Rato tocando –tocándonos– la campanita de Bankia el 20 de julio de 2011 –crónica de un desastre anunciado más rescate de 22.424 millones–: recién salido de la trena, la Fiscalía Anticorrupción hoy pide para él ochenta años de prisión por presunto blanqueo de capitales y evasión fiscal, siendo YA director gerente del FMI.

De manera que más allá de que no nos abran el asfalto cada dos por tres, nos fumiguen el colegio de los niños, no nos estafen los bancos, los ciudadanos sabemos que no hay modo de ver a ciencia cierta que el dinero de las arcas públicas y las ayudas de Europa vayan a donde tiene que ir, porque eso ya se lo ha dicho a Sánchez hasta el supervisor europeo: que las cuentas de la subida de impuestos ni convencen, ni les salen. Y así con todo. Y como esos sofismas que circulan por ahí aseguran que el dinero público es de todos, al final no es de nadie; de manera que a ver si estos señores nos lo devuelven, que ya va siendo hora.