Soldados de nuestro imperio

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Martín-Miguel Rubio Esteban

La mejor literatura española de los siglos XV, XVI, XVII, XVIII y primer tercio del XIX está escrita por los más grandes soldados escritores. El que en ella se encuentren cerca de ochenta grandes escritores soldados, entre los que destacan los mejores dramaturgos, poetas, novelistas y ensayistas de nuestra gran literatura, induce irremediablemente a pensar que la España de estos casi cinco siglos concitaba el más encendido entusiasmo patriótico de todos los españoles, entre los que se encontraban en primera línea de devoción patriótica nuestros grandes genios de las letras. Los españoles estábamos tan orgullosos y tan contentos de nuestra patria como cuando don Quijote salió de la venta tan gallardo y tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. De ese optimismo poderoso e indesmayable, a pesar de las recurrentes crisis económicas, las derrotas ante poderosos enemigos y la traición de algunos políticos, que siempre los habrá, comenzamos a pasar a partir del siglo XIX a una depresión moral colectiva, que se aceleró con la pérdida de las últimas colonias y se convirtió en enfermedad mortal y autodestructiva en la horripilante guerra civil con que nos matamos en el siglo XX. Nuestro último gran escritor soldado fue el general Juan Salcedo y Mantilla de los Ríos, que combatió en la Cuba española frente al naciente imperio de los EEUU.

El magnífico autor que se esconde bajo el pseudónimo Alonso Fernández de Avellaneda, patriótico y católico hasta las entrañas, podía quizás odiar a Cervantes por pasados agravios, pero codo a codo con Miguel moriría en primera línea de combate por España si necesario fuese, y sin pensarlo dos veces, como hace cualquier madre con su rorro. Y morirían por aquella patria española universal aunque estuviesen descalzos y hambrientos. De Jorge Manrique a Bretón de los Herreros y Juan Salcedo y Mantilla de los Ríos nos encontramos con una fuerza creadora arrolladora por parte de la gente de armas. La expansión imperial fue también el portentoso despliegue espiritual de España, como no ha hecho otro imperio en el mundo. Potencia creadora y conquista devenían de la misma fuente de energía, que era el optimismo infinito de un pueblo indesmayable y su esperanza de venideros horizontes grandiosos. Un mundo sin España hubiera sido otro mundo, sin duda mucho peor.

¿Qué pasó en España para que después de Bretón de los Herreros y Juan Salcedo y Mantilla de los Ríos no volvieran a surgir entre nuestros soldados escritores con la altura literaria de sus antecesores? Hay al menos tres factores que veremos después. Entre el poeta de las célebres coplas y el exitoso autor de A la vejez viruelas, así como el autor de Del presidio al trono, nos encontramos con una nómina de escritores soldados genial y apabullante: Garcilaso de la Vega, Diego Hurtado de Mendoza, Alonso de Ercilla, Francisco de Aldana, Hernando de Acuña, Miguel de Cervantes, Ignacio de Loyola, Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Calderón de la Barca, José Cadalso, Baltasar de Alcázar, Pedro de Medina Medinilla, Luis de Carrillo y Sotomayor, Francisco de Trillo y Figueroa, Luis de Cabrera de Córdoba, Antonio Campmany Suris I de Montpalau, Alonso Carrió de La Vandera, Francisco de Cascales, Juan de Castellanos, Guillén de Castro y Bellvís, Gonzalo de Céspedes y Meneses, Pedro de Cieza de León, Alonso de Contreras, Hernán Cortes, Bernal Díaz del Castillo, Juan de Dueñas, Juan Fernández de Heredia, Andreu Febrer ( estos tres últimos anteriores al gran Manrique ), Vicente Martínez de Espinel, Andrés Fernández de Andrada, Martín Fernández de Navarrete, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, Bernardino Fernández de Velasco, Antonio García Gutiérrez ( contemporáneo de Bretón de los Herreros ), Francisco López de Jerez, Gonzalo Jiménez de Quesada, Jerónimo Jiménez de Urrea, Eugenio Gerardo Lobo, Diego López de Haro, Francisco Manuel de Melo, Bernardino de Mendoza, Juan de Mendoza Monteagudo, Gaspar María de Nava Álvarez, Jerónimo de Pasamonte, José Pujol y Felices, Hernando Pérez del Pulgar, Bernardino de Rebolledo, Andrés Rey de Artieda, Agustín de Rojas Villandrando, José García de Salcedo Coronel, Juan Salcedo y Mantilla de los Ríos, Jordi de Sant Jordi, Juan de Tapia, Lope de Estúñiga, Íñigo López de Mendoza, Bartolomé de Torres Naharro, Diego de Valera, José de Vargas Ponce, Bernardo Vargas Machuca, Alfonso Velázquez de Velasco, Luis Vélez de Guevara, Cristóbal de Virués, Luis de Ávila y Zúñiga, y treinta más con que acabaría con la paciencia del amable lector, pero cuyos nombres también deberían estar escritos con oro en la Historia de la Literatura Española, pues que constituyen el cuerpo fundamental de nuestros clásicos. Pero la pregunta sigue en pie. ¿Por qué después de Bretón de los Herreros ya no están los soldados entre las primeras espadas de nuestra Literatura? Hay al menos tres factores que pueden ayudar a explicarlo.

En primerísimo lugar está el actual Plan de Estudios de un oficial en la Academia General Militar de Zaragoza, fundada en sus días con los mismos principios que la francesa de Saint Cyr, a la que el general Franco, su primer Director, quiso imitar. Franco, además, eligió como Jefe de Estudios de la Academia al coronel Miguel Campins, que no sólo tenía la condecoración de Oficial de la Legión de Honor francesa, sino que también fue un enamorado de la Academia napoleónica, de cuyo espíritu técnico tiñó la nuestra. Además de la formación militar básica, que se divide en múltiples áreas, el curriculum establece como elementos básicos durante los cinco cursos Matemáticas, Física, Química, Diseño, Inglés, Organización y Dirección de Empresas, Estadística, Mecánica, Ingeniería, Informática, Electrotécnica, Sistemas Automáticos, Resistencia de Materiales, Economía de la Empresa, Tecnología, Relaciones Internacionales, Información Geográfica Digital, y ni una sola hora obligatoria de Historia de España ni Literatura española o universal. Esperemos que al menos se siga leyendo la obra del General J. F. C. Fuller, Batallas decisivas del Mundo Occidental. Nuestros militares son sin duda unos magníficos ingenieros y con una enorme capacidad técnica para organizar a sus hombres, tal como han demostrado de forma sobresaliente en todas las misiones internacionales en las que han estado comprometidos, pero su amor a España no se puede fundamentar en un conocimiento de España, ni su oratoria militar y valor físico en ninguna retórica clásica ni historias ejemplares de grandes soldados. Un soldado no es exactamente un ingeniero ni un experto en organización de empresas. Es mucho más. Ello explica que mientras las anteriores Escuela Militares españolas que nacen ya en el siglo XIV posibilitan la aparición de generales como Bernardino de Mendoza, Gaspar María de Nava Álvarez o Bernardino de Rebolledo, auténticos humanistas que saben escribir en un magnífico latín, hoy ese generalato es imposible. Otro factor que puede retraer hoy a nuestros soldados de escribir es la promoción. Los generales ya no se eligen por cooptación, sino de acuerdo a su proximidad ideológica con el gobierno de turno. Y escribir siempre supone contar cosas y dar opiniones. Y eso mejor no. Verba manent. Y el tercer factor, sin duda el menos decisivo, es que la empresa “España” ya no concita para los grandes espíritus creadores la atracción poderosa e ilusionante de otras épocas.

Publicado originalmente en elimparcial.es