XXXIX López Obrador, colaboradores y periodistas; adelanto del libro Conversaciones con mi padre

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Del periodismo, parece que por lo menos ya no veremos en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador a nuevos millonarios. Él odia esta profesión.

En su tiempo, sus seis años, se harán seguramente más ricos Manuel Bartlett Díaz, Irma Eréndira Sandoval, Zoe Robledo, Marcelo Ebrard, Julio Scherer Ibarra, Jaime Bonilla, Rutilio Escandón, Adán Augusto López, Alfonso Durazo, Ana Gabriela Guevara, entre otros, y los hijos mayores del tabasqueño, que disfrutan a sus anchas de los privilegios de tener a su papá viviendo en el Palacio Nacional y por ello, haciendo jugosos negocios.

En esto, en lo nuestro, los que lograron cierta o enorme y ofensiva fortuna, que están a la vista de todos, que son del dominio público, tendrán que esperar la llegada de nuevos gobiernos para seguir en lo que saben hacer: amagar, adular, explotar sus espacios, sacar provecho.

Ya no veremos, por ahora, a más plumas llenando sus bolsillos de dinero proveniente del halago o el golpe por encargo. Se acabaron los arreglos turbios, los coches, las casas, los terrenos, los yates, los centenarios, las joyas, las obras de arte, todo obsequiado por debajo de la mesa y con exclusivos contratos millonarios.

Esos privilegiados periodistas de ayer y hoy y que amasaron fortunas, algunos fallecidos y otros activos: Carlos Denegri, Jacobo y Abraham Zabludovsky, Joaquín López-Dóriga, Regino Díaz Redondo, Guillermo Ochoa, Manuel Mejido, Félix Fuentes, Juan Bustillos, Aurora Bardejo, Ricardo Rocha, Raymundo Riva Palacio, Pedro Ferriz de Con, Carlos Ramírez, Héctor Aguilar Camín, Pablo Hiriart, Federico Arreola, Ricardo Alemán, Oscar Mario Beteta, Adela Micha, Roberto Rock, Jorge Fernández Menéndez, Raúl Sánchez Carrillo, Paola Rojas, Martha Debayle, Nino Canún, Maru Rojas, Ramón Alberto Garza, Jazmín Alessandrini y algunos más, apretarán un poco sus cuentas bancarias para rogar se acabe este sexenio.

Los ya desaparecidos, luz y sombra de su época, permanecerán en esa historia del periodismo que curiosa y extrañamente aplaude y señala al mismo tiempo.

Pero todos, o casi todos, que sabían y saben reportear, escribir, hacer preguntas y en su momento ganar notoriedad, fama y por ello éxito, han logrado fortunas, algunas en dólares, que en muchos casos ofenden y hacen palidecer la riqueza de prósperos y acaudalados empresarios.

Antes los periodistas de esos niveles vivían de su salario, pero hoy casi todos ellos, además de participar en medios importantes, buscaron la manera de hacerse de sus propios espacios, escritos, electrónicos o digitales, para, a través de ellos, obtener jugosas y adicionales ganancias a los grandes salarios que los dueños de la radio, la televisión o los diarios, les dan como pago por firmar, conducir o aparecer en pantalla.

Unos cuantos periodistas de este presente, contados y de mala fama y enorme descrédito y desprestigio -en esa incongruencia de quien gobierna y dice que se acabó la corrupción-, son hoy beneficiados de una u otra forma por quien dice repudiar el dinero y las conductas y actos al margen de la ley.

Ejemplos sobran:

Miguel Cantón Zetina, parte de una familia vividora y enriquecida de los presupuestos federal y estatales, es hoy premiado con jugosos negocios por orden expresa del Presidente, con contratos millonarios para los diversos medios de que se hizo a lo largo de décadas de sangrar las finanzas públicas.

Isabel Arvide, claro ejemplo de periodismo ruin y a veces vulgar, que dice López Obrador rechazar, repudiar, reprobar; que se hizo de millones de pesos por la pluma, el papel y la sonrisa; que gozó de propiedades, lujos, joyas, viajes; que cobraba al mismo tiempo en varias dependencias federales y gobiernos estatales ese famoso “Chayo”, hoy es recompensada con el Consulado de México en Estambul, Turquía.

Javier Alatorre, consentido del Presidente, lector de noticias, no reportero, goza hoy también de trato privilegiado y sus empresas son bien atendidas desde la coordinación general de Comunicación Social de la Presidencia de la República.

Alatorre, según trascendió hace tiempo en diversos espacios, fue muy apapachado por David López Gutiérrez y luego por Eduardo Sánchez Hernández, en el abominable sexenio de Enrique Peña Nieto, en el que, además de obtener diversos negocios para sus empresas y despacho, fue obsequiado con una lujosa casa en Huixquilucan, Estado de México.

Así ha definido el Presidente al periodismo entre buenos y malos. Amigos y enemigos, y así será hasta el final de su sexenio.

Mientras tanto y en esa clara distinción que Andrés Manuel López Obrador hace de los que para él son dóciles y “cuates” con los críticos y resentidos, seguiremos viendo los feroces ataques a su persona de esos comunicadores que vieron lastimadas, afectadas las monumentales entradas de dineros a sus arcas personales, y a aplaudidores de sus yerros que son y serán fielmente recompensados por vitorear sus dislates.

Y mi padre, por algún tiempo aún -así lo deseamos-, seguirá siendo observador mudo del matrimonio y divorcio entre periodismo y política.

Ese periodismo que vivió en primera línea por sesenta y siete años. Que narró, describió y en varios casos, guardó exclusivamente para sus recuerdos.

*Este texto del libro Charlando con mi padre (La vida de Ángel Trinidad Ferreira. El testimonio de 67 años de periodismo) se reproduce con autorización de sus autores.