¿Por quién votar? Un creador y un presidente: quién es quién

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Ha pasado más de un año de pandemia. Millones han podido encerrarse y otros, no. Ahora que parece que los contagios y las muertes iban a la baja, miles de personas creen ser inmunes al virus. Andan en la calle sin cubrebocas, gritando, riendo a carcajadas, aunque todavía, por su edad, no estén vacunados. No les importa ser portadores. Pensarán que si alguien mayor de 50 años se enferma no morirá. Irresponsables, no tienen ninguna empatía para con el prójimo. También hay mayores de 60 años que andan con el cubrebocas en el cuello, como el mensajero de Banamex que entrega tarjetas bancarias y que pega su boca a la puerta para gritar y dar el mensaje y que insulta si uno le pide usar la mascarilla.

Entre los menores de 50 años están aquellos que creen que saben. Creen que porque tienen un celular con Internet poseen todo el conocimiento. No son muchos los que realmente aman el conocimiento y utilizan Internet para investigar en archivos, bibliotecas, hemerotecas.

Los que creen que saben están conformando la sociedad de la imagen: son meras imágenes sin substancia, o con mínimo contenido, que sólo se preocupan por ser “populares”, lo que los lleva a autofotografiarse, autoexponerse cotidianamente, autoimaginándose, para que los otros los palomeen, aplaudan, adulen. Son meras poses y sonrisas fantasiosas, reflejo de la falacia virtual que muchos imitan.

Los que aman el conocimiento han aprovechado la clausura para continuar aprendiendo, estudiando, avanzando, evolucionando, pensando, creando. Estos conforman los nuevos seres conventuales que están protegiendo la sabiduría (y no sólo el conocimiento) frente a aquellos que han sufrido por el encierro.

Los políticos difícilmente resisten el recogimiento. Así, hemos visto al presidente destruir la investidura presidencial. Vimos al hombre que ostenta la dignidad de Ejecutivo de México tal como es: un ser con una pseudo conciencia “revolucionada” (imagen subjetiva de sí mismo, diría Ratzinger) que quiere que los demás sean su reflejo, lo que implica manipulación. Menos mal que muchos, en verdadera conciencia, libres, saben elegir. Como dijo Ramón Pérez de Ayala, ser aristócrata es tener la capacidad de seleccionar, de decir “no”.

Las elecciones de junio 2021 son ejemplo de las ansias por llenar un vacío de contenido. De algunos candidatos sólo se conoce su rostro-imagen, su voz-imagen, su representante-imagen. Palabras-imagen, discurso-imagen. Nada esencial. Se presentan candidatos que son una imagen de algo indefinido; algunos actores, de los que poco o nada podemos descifrar de su esencia que, como tales, representan un papel; políticos que recurren a la promoción de su imagen con bailes ridículos u opiniones banales; candidatos de todos los partidos que a falta de propuestas recurren al golpeteo, diferente a la denuncia sustentada. La desilusión impera: ¿por quién votar? Las mejores personas que uno conoce no son candidatas.

El mundo continúa girando y los espectros aumentan: en este momento unas decenas recorren la calle para que hablemos con el representante de un candidato. Hablar con un espejo de una imagen no sirve de nada. Lo hemos comprobado: anotan peticiones, comentarios, y no sucede nada. ¿Para qué perder el tiempo? Sus campañas no han funcionado.

Votar por una imagen en tiempos de pandemia es ponerse en riesgo de contagiarse de otros patógenos. Pero no ir a votar sólo servirá a las dizque “conciencias” “revolucionadas”, manipuladas, que sí irán a votar. Tenemos la oportunidad de votar con conciencia y libertad, lo que implica buscar el bien o el menor de los males. La opción de salir del confinamiento y de que gane quien tampoco satisface es el riesgo que debemos tomar para que las cosas mejoren.

Votar por una ideología parece difícil, pues las ideologías están revueltas. La Cuarta Transformación es más de tipo neoliberal-fascista: disfrazada de populista, encubre un nacional-socialismo peligroso; incapaz de librarnos del Fobaproa, se hace cómplice de uno de los peores abusos que ha afectado a casi todos los mexicanos y a México. Las derechas, panista, priista, verde, ofrecen lo mismo que ya conocemos. Los ciudadanos en movimiento son casi desconocidos. Las izquierdas resultaron obsoletas. Al fin y al cabo, partidos, candidatos, gobiernos, países, están sometidos a supra poderes.

Ahora que Internet ofrece acceso a información enorme, el mundo es cada vez más superficial. Al votar, salgamos del ciberespacio y dejemos de ser entes virtuales; como humanos reales, no votemos por imágenes sino por otro proyecto de nación.

Esto me hace recordar a Gillo Dorfles, quien expuso que, así como el hombre comenzó a pintar en cuevas motivado por el “horror al vacío”, ahora el ser humano necesita sentir el “horror a lo lleno” para poder alejarse de tanta superficialidad y así volver a centrarse en la sabiduría y la creación.

Imágenes espectrales de posibles seres humanos, estamos transitando de un mundo casi destruido a una transformación que no vemos que construya humanos completos, que promueve una “revolución de las conciencias” de tipo político que está demoliendo valores universales para mantenerse en el poder. (Parece que no existe diferencia entre la forma de manipular de los supra poderes y los poderes nacionales.) Nada más fácil, nada más bajo, nada más peligroso: este tipo de pseudo conciencia podría transformarnos en zombis para aniquilarnos unos a otros, destrucción de la que unos cuantos se salvarán. ¿Cuántos más caerán?

Lo viable es votar por un nuevo proyecto de nación, aunque apenas lo imaginemos, aunque apenas esté delineado, en lo que surge el líder inteligente que lo plasme con reformas legales que beneficien a los mexicanos. Por lo sucedido con las vacunas en el nivel internacional, queda claro que el proyecto de nación no puede ser “populista”. Y si este proyecto es “empresarial”, habría que sentarnos a diseñar un nuevo proyecto que evite extremos, abusos y explotación. Hay que ponernos a pensar, pues se trata de tener una nación capaz de negociar con los supra poderes que dominan el mundo. ¿Puede existir un proyecto de nación constructivo, competitivo, más o menos justo o equitativo, sin que se vuelva fascista?

Aquí es importante escuchar las voces que proponen, analizan, critican, aportan, como son las voces de los poetas, de los novelistas, de los creadores.

Tristísimo ver que el presidente de México llamó a Gabriel Zaid “sabiondo”: AMLO golpeó a uno de los más claros representantes del humanismo, a uno que ama la sabiduría, quien nunca ha presumido de ser sabio. Todo lo contrario. México vivió un momento vergonzoso y revelador: La soberbia intentando humillar a la humildad; el político envidiando al creador. Triste, porque nuestro presidente se mostró tal cual es. Queda claro que los datos históricos que maneja nada le han enseñado. La forma despectiva de utilizar el adjetivo muestra el fondo: su profundo desprecio por los intelectuales y los creadores. Este caer tan bajo no es acorde con la dignidad presidencial: puede discrepar, pero no debería denigrar a nadie. Lamentablemente su ejemplo, carente de propiedad, envalentona a sus espejos.

¿Qué no daríamos los mexicanos por tener como presidente a seres humanos como Gabriel Zaid? Quizá conviene seguir su ejemplo: vivir enclaustrados en compañía de los sabios, alejados de toda bajeza, remontándonos hacia el Bien, la Belleza, el Arte, denunciando el mal, cueste lo que cueste. Esto es valer mucho y tener mucho valor.

Mientras construimos un nuevo proyecto no sólo de nación (también del mundo entero), tenemos que votar, con la conciencia despierta, para cambiar las cosas por el bien de México. Ahora que el presidente nos ha mostrado quién es quién, al menos votemos por aquellos que respetarán sus posibles investiduras, que tienen decencia y educación, que reconocen y valoran el conocimiento universal y la inteligencia.