La melancolía de los centrigugados

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Carlos Díaz

El pelotón del odio de las Torquemadas y de las Torquemados aviva la llama de su antorcha y sigue quemando, torquemando, de modo que el torquemador que las torqueme y los torqueme buen torquemador será. Se siega el rastrojo, y a la quema. Se quema el rastrojo, y a seguir quemando. Todo sea por el santísimo sacramento del Poder. Los aficionados a comer a la brasa el tueste ajeno deberían de saber que no existen biografías monográficas, es decir, monografías, porque nunca nadie vivió su vida solo (monos), razón por la cual biografía que no sea nostrografía no es monografía. Por eso, quien conociera a fondo a un ser humano, los conocería a todos, pero no quemaría a ninguno. O quemaría a todos.

Sin embargo, parece que, “según los acontecimientos consuetudinarios que acontecen en la rúa” (Machado). no desaparecerán tan fácilmente de la faz de la tierra los machos alfa de la matonería, recordemos al azul general Millán Astray gritando su patético ¡Abajo la inteligencia, viva la muerte! en la sagrada Universidad de Salamanca, de la que era rector don Miguel de Unamuno, el cual replicó sobre la marcha con enorme fortaleza moral: “Ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito, ‘¡Viva la muerte!’.

La cosa va tan lejos que Stalin, entre los rojos, ni siquiera tiene que tomarse la molestia de castigar, pues el que va a morir por su mano le saluda antes de ser condenado. Es patética en este sentido la carta que le escribe Bujarin, uno de los purgados, antes compañero suyo, donde este último manifiesta: “Acepto que decidas mi muerte, tienes derecho a hacerlo. Sólo te pido que me digas qué he hecho mal. Porque no logro entender cuál ha sido mi falta”. Obviamente Stalin no se dignó contestarle, no lo necesitaba: el lavado de cerebro es tal que el militante reconoce a sus jefes el derecho a matarlo. No hay quien pueda dar más.

Después de eso, en determinados contextos, la libertad ya no se toma como la Bastilla, se conquista en las terrazas, ricchi e poveri nos tomamos nuestras copas en los mismos bares. Que exagero, me dicen todos; incluso una persona cercana me reconviene: “No le saques punta a todo, los pobres y los ricos siempre han frecuentado los bares”. Desde luego, por mi parte no veo yo cómo las precariedades, los desempleos y la miseria que llevan a muchos a rebuscar en la basura puedan estarles llevando a tan euforia y a tantos despilfarros. Pero siempre ha habido miradas y miradas contradictorias a la realidad. Un sector de mi familia viajó como turista al Chile de Pinochet; todo le parecía perfecto, qué avenidas, qué nivelazo económico, que libertad por las calles. En las mismas fechas estaban apareciendo en la televisión española los tanques, los chorros de agua a presión, los porrazos, los arrastres por el suelo, las patadas en la cabeza y los secuestros.

Ya digo que esto lo comprobamos a cada raro y por doquier, como si no pudiésemos entender lo mismo ante lo mismo. En efecto, tras muchas solicitudes infructuosas por parte de ella, Buenaventura Durruti permite enrolarse a Simone Weil en un cuerpo franco formado con reclutas internacionales, y pone en sus manos un pesado mosquetón. Todo el mundo se ríe de ella porque su fragilidad y porque su torpeza sobrepasan lo inimaginable; de hecho, cuando tiene que utilizar el arma haciendo ejercicios de tiro, no dispara porque ha decidido no derramar sangre nunca, pues no existen razones de conveniencia para ello, lo diga quien lo diga. Más aún; cierto día un miliciano le invita a tomar parte en un pelotón que iba a fusilar a un sacerdote condenado a muerte. Ella pregunta: ‘¿Qué es lo que ha hecho este hombre?’ Le responden que no se sabe nada en concreto, pero que es sacerdote y eso basta para llevarle al paredón. Imposible. Ella estaba dispuesta a cubrir con su cuerpo al desgraciado, de no haber tenido la suerte de huir momentos antes de la hora de su ejecución.

¡Qué tristeza han de sentir ante lo político las revolucionarias místicas y proféticas como Simone Weil, que en 1937 escribe a Bernanos tras la lectura del libro de éste, Les grandes cimetières sur la lune: “Va uno como voluntario con ideas de sacrificio, y se sucumbe en una guerra que parece de mercenarios, a la que se añaden innumerables crueldades y la falta de todo miramiento debido al enemigo. Ante esto, el deber del alma sobrenatural no consiste en abrazarse a un partido, sino intentar sin tregua el restablecimiento del equilibrio poniéndose del lado de los vencidos y de los oprimidos”! [1].

En muchos momentos de efervescencia en las confrontaciones nacionalistas, y de tan poco testimonio personal, porque en la vida privada se dice lo que no se hace y no se hace lo que se dice, siempre recuerdo a Leon Bloy: “Marcho a la cabeza de mis pensamientos en exilio, en una gran columna de silencio”[2]. Yo siempre espero que esa columna de silencio rompa un día a cantar la belleza y la hermosura de ser mejor que el enemigo perdonando sus enquistamientos ancestrales. Quizá esto no sea una política, pero –como decía Péguy y yo siempre repito- es un buen principio para entrar en política. Por muy grande que sea el conflicto entre lo político y lo místico, no puedo evitar perseverar en esta idea: “Mística republicana la había cuando se daba la vida por la república; política republicana la hay hoy, en que se vive, y de qué modo de la política”.

[1] Halda, B: La evolución espiritual de Simone Weil. Ediciones Aldecoa, Burgos, 1965, pp. 30-31-

[2] Béguin, A: Léon Bloy. Editorial Fondo de Cultiura Económica, México, 2003, p. 9.

Filósofo

Publicado originalmente en elimparcial.es