Coplas van y coplas vienen

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Roberto Alifano

La copla es la forma poética que mejor encaja en la escritura de canciones populares. Su nombre proviene de la voz latina “copŭla”, que significa enlace, unión. El término se utiliza, sobre todo, para designar un tipo de estrofa de tradición popular compuesta por tres o cuatro versos de arte menor, generalmente octosílabos, dispuestos en forma de cuarteta, de romance o tirana, de seguidilla o de redondilla, con rima asonante o consonante.

Esta composición se utiliza para expresar sentimientos de amor, que son los más emotivos, o pensamientos de filosofía popular, ya graves, ya festivos, de los cuales se quiere dejar memoria entre la gente. Se empezó a cultivar durante el siglo XV por el célebre poeta del prerrenacimiento y hombre de armas castellano, don Jorge Manrique, en Las Coplas a la Muerte de su Padre, una dolorosa elegía en la que lamenta sentenciosa y melancólicamente la inestabilidad de los bienes de la fortuna, la fugacidad de las vidas humanas y el poder igualatorio de la muerte.

Para este Maestre de la Orden de Santiago, poeta de raza y caballero de una pieza, la virtud personal es lo único que desafía al tiempo y al destino. Tras una reflexión filosófica con la esperanza de una vida futura, hace el elogio fúnebre de su padre:

Recuerde el alma dormida

avive el seso y despierte

contemplando

como se pasa la vida

como se viene la muerte,

tan callando;

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado,

fue mejor…

Posteriormente, la emotiva y musical forma, fue difundida entre otros vates del Siglo de Oro por Góngora, Quevedo y Cervantes, y emigró después a diversos lugares del mundo, alcanzando una gran popularidad en hispanoamérica.

En nuestra época ha sido cultivada en España por poetas como los hermanos Machado, Rafael Alberti y Federico García Lorca y, entre nosotros, en la Argentina, por los poetas del norte, y en especial por el trovador don Atahulpa Yupanqui y el aedo León Benarós. La influencia entre la corriente anónima de la copla y sus cultivadores en la literatura ha sido mutua, dichos cultores se han inspirado en el modelo popular para construir coplas que, a su vez y muy a menudo, han sido recogidas por la tradición e incorporadas a su caudal, con olvido de su autor, como registra Manuel Machado:

Hasta que el pueblo las canta,

las coplas, coplas no son,

y cuando las canta el pueblo

ya nadie sabe el autor.

De este lado del Océano, no con menos verdad ni contundencia, Atahualpa Yupanqui canta acompañado de su guitarra:

…Que, al volcar el corazón

en el alma popular,

lo que se pierde de fama

se gana de eternidad.

Durante la década de 1980, una gran variedad de cantautores recuperaron su interés por la copla, consiguiendo contagiar a muchos poetas que también lo hicieron. Al día de hoy, algunos autores fusionan este estilo con tendencias musicales diferentes, pero sin abandonar su forma. Entre los cantantes españoles que la han cultivado y han hecho de la copla un clásico, se encuentran el insuperable Miguel de Molina; luego Lola Flores, Sara Montiel, Pasión Vega y Pastora Soler; sin desconocer los méritos de los popularísimos Joan Manuel Serrat, Paco Ibañez y Joaquín Sabinas.

Tampoco se pueden desconocer las coplas de mi admirado y muy recordado amigo Camilo José Cela, maestro de la literatura de nuestra lengua, otro cultor de la copla. Su divertido y desprejuiciado libro A la pata de palo, culmina con un largo capítulo donde nos muestra su talento coplero:

Don Camilo en aeroplano

se va para Nueva York.

Su señora lo despide

con grandes muestras de amor…

Adiós, esposo querido,

vas a que te hagan doctor.

Cuidaté de las ventiscas

y del uso del alcohol…

También México ha sido en nuestra América Hispana, el otro país que ha hecho de la copla un culto. Confieso que en lo personal siempre me gusto recoger refranes y buscar coplas. Contagiado por otro de mis maestros, el inmortal Juan José Arreola, he seleccionado algunas de las más populares que se han difundido en México. Va pues una acotada selección que transita desde las más románticas a las más humorística o patéticas:

Llévate la lima,

llévate el limón,

llévate las llaves

de mi corazón.

——-
El amor de las mujeres

es como el de las gallinas,

que en faltándoles el gallo

a cualquier pollo se arriman.

El amor de las mujeres

es como lumbre en pajar:

una vez que se ha encendido

ya no se puede apagar.

——–

Si me muero, de mi barro

hágase, comadre, un jarro.

Si tiene sed, en él beba.

Si a la boca se le pega

son los besos de su charro.

——–

Palomita enlutadita,

dime quién se te murió.

Si se te murió tu amante

no llores, que aquí estoy yo.

——–

Dos flores bellas tenía

un amante cuitlacoche,

y así de las dos decía:

“Una es mi huele de noche,

y otra mi apesta de día”.

Esta predilección por la entrañable copla me ha llevado a escribir algunas. En un viejo cuaderno apareció esta mi cosecha, o quizá la copié. No lo recuerdo en este momento, pero creo que bien vale transcribirla. Sirve, sobre todo, para los arduos tiempos que vivimos y para políticos y gobiernos que ocultan la mugre bajo la alfombra. Con desparpajo me atrevo a decir:

Casi todo basural

termina en un arenal.

Si el asunto es ocultar

prudente es disimular.

Escritor y periodista

Publicado originalmente en elimparcial.es