El obradorismo después de López Obrador

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En la entrega anterior se habló sobre cómo desaparición de López Obrador llevará a la consolidación del obradorismo como una corriente política que, al menos en el corto plazo, modificará el mapa ideológico mexicano. Veamos aquí en qué consistiría y en cuántas ramas podría dividirse en un futuro cercano.

Aunque seguramente tendrá sus particularidades, el futuro obradorismo no sería muy distinto a otros idearios personalistas iberoamericanos, como el peronismo: un conjunto de ideas grandilocuentes pero vagas como “justicia social” o “inclusión”, algunas palabras emotivas y una noción generalista sobre un destino compartido, todo aderezado con un fuerte componente nacionalista.

Las ventajas que tendría la construcción del obradorismo son: un líder cuyo discurso es altamente, nacionalista y teleológico, aunado a un amplio legado bibliográfico. Sobre la primera, López Obrador siempre ha hablado sobre la forma que continúa la historia nacional. Eso puede ayudar a un discurso sólido sobre su legado, sea lo que vaya a ser, o lo que signifique para algún grupo que se autoproclame como su heredero.

Respecto a la segunda ventaja, la extensa y a menudo contradictoria obra impresa será la espina dorsal del futuro discurso obradorista. Si eso suena desorbitado, bastaría con ver cómo las religiones abrahámicas han reinterpretado sus textos durante milenios. También esto se puede observar en instituciones públicas de otros países, como el Centro de Estudios Martianos de Cuba, donde se dedican a compilar e interpretar la obra de José Martí.

¿Cómo sería a grandes rasgos el obradorismo? En la práctica, representaría la continuación de la mitología priísta, siendo él su culminación: de ahí la expresión “Cuarta Transformación”. Habría fuertes componentes nacionalistas y un trasfondo moral-religioso, lo cual sería una diferencia frente al viejo PRI. El desgaste de definiciones políticas tradicionales como “izquierda” o “derecha” podría darle a un exégeta del obradorismo plena libertad creativa. La ausencia de un entramado institucional como el que tenía el otrora partido hegemónico abriría la puerta a diversas visiones sobre lo que habría dicho o hecho el caudillo según el contexto.

¿Por qué, si se toman los elementos discursivos centrales del nacionalismo revolucionario, no hubo presidente priísta alguno que consolidara su corriente personal? Porque el PRI era una maquinaria política que abarcaba una miríada de intereses, en el entendido que rotarían sexenalmente: cada nuevo presidente debía afianzarse para poder gobernar y eso implicaba, de inicio, desplazar a su antecesor.

Lo anterior no implica que el obradorismo deba ser congruente, si se le analiza con detenimiento: basta con que sea emotivo y provea una idea de origen y destino compartido. El primer reto tras la ausencia de López Obrador sería cómo arraigar esa corriente sin su carisma del hombre fuerte. Aquí los partidos de oposición están en una enorme desventaja: en más de 30 años no hubo un intento por revisar los discursos colectivos de identidad.

Dicho lo anterior, ¿cómo se darían las divisiones al interior del obradorismo en el futuro? Habría dos fuerzas centrífugas: las corrientes interpretativas y el faccionalismo.

La construcción de un ideario a partir de los textos de una persona lleva tarde o temprano a interpretaciones alejadas de un canon. Mientras las religiones lidian con ese problema a través de concilios o declarando herejías, puede bastar con que algún intelectual obradorista de pronto “descubra” una nueva forma de leer el ideario del caudillo para formar una corriente de pensamiento, que se declare la continuadora auténtica de su legado. Pero eso no bastaría para crear un cisma político.

Habría facciones que se aprovecharían de cualquier interpretación divergente para consolidar su fuerza política, toda vez que les aportaría legitimidad ante ciertos públicos. No se requiere mucha imaginación para anticipar tal escenario. Morena no acaba de ser un partido sólido y depende en gran medida del carisma de López Obrador. Entre sus aliados, sean individuos u organizaciones, se observan los más distintos matices políticos, desde el PT hasta el PES.

Si López Obrador dejara de ser el factor de cohesión, se abriría paso a la división de grupos obradoristas, cada uno proclamándose su continuador: basta con un poco de retórica y talento narrativo para hacer que una serie de textos emotivos y vagos sean interpretados según los deseos de cualquier persona, y usados para aglutinar votantes que puedan identificarse con esas corrientes.

Pocos años después del retiro de López Obrador, podríamos tener en el corto plazo partidos obradoristas ocupando casi todo el espectro ideológico. Sobre esos escenarios se hablará la siguiente semana.

@FernandoDworak