Sobre resistencias y disidencias

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Durante siglos, la literatura ha tenido que recurrir a fábulas, metáforas, analogías y sátira para expresarse ante un poder que no le permitía la crítica directa. Incluso en el siglo pasado, los diversos totalitarismos hicieron lo posible por prohibir o limitar la creatividad por su valor subversivo, impulsando escritores que se amoldaban a lo que deseaban los regímenes que se dijese y cómo se hiciese. Todavía hoy existen voces que buscan censurar la creatividad, sea desde el extremismo religioso o la corrección política.

De entre las literaturas y autores que hablan sobre la resistencia de la creatividad ante el autoritarismo, he sentido desde hace décadas una fascinación por la narrativa checa. Incluso muchos de sus escritores más emblemáticos llegaron a enfrentar la persecución o hasta emigrar, como Milan Kundera, Bohumil Hrabal, Ivan Klima o Václav Havel.

Sus obras, así como las de otros autores de ese momento, llegaron a ser proscritas por años, y circularon de manera clandestina por fotocopias, práctica conocida como samisdat. El régimen les prohibió desarrollar sus actividades, y a menudo les obligaron a realizar trabajos como barrenderos o auxiliares en fábricas.

Sin embargo, y al contrario a como nos tiene acostumbrados la cursilería tropical de este hemisferio, no se lee en la narrativa checa alusiones al futuro, al sacrificio por un país mejor o siquiera justificaciones ideológicas. Es más, ni siquiera hay planteamientos político-partidistas.

¿Qué plantean autores como Hrabal, Klima o Hável? Nunca se vieron como luchadores sociales, sino como personas que representaban algo que no era bien visto por el sistema: su compromiso era con ellos mismos. Cuando el Pen Club visitó a Hrabal para conocer los problemas de los escritores en el régimen comunista, el autor solo se quejó de la calidad de la cerveza. Klima menciona en su novela Amor y Basura la visita de una reportera estadounidense que no tenía idea de lo que preguntaba, pero buscaba una nota sensacionalista.

Si bien Havel participó en Carta 77 y habló sobre lo público en varios ensayos, los personajes de sus obras son personas comunes y corrientes que solo muestran su disidencia por responsabilidad: no son héroes. Incluso ya en el poder, el dramaturgo nunca hizo textos cursis al estilo de José Mújica, sino plasmó sus preocupaciones y capacidades al ejercer la jefatura de Estado en obras como Meditaciones estivales y Sea breve, por favor.

Sobre todo, los autores arriba citados expresaban en sus obras una desconfianza y temor hacia el tipo de personas que estaba moldeando el nuevo régimen: convencionales, banales y estereotipadas. El prensador de papel Hanta decide suicidarse cuando ve a la generación saludable y vacía que creó el comunismo en la novela Una demasiado ruidosa de Hrabal. El narrador de Amor y basura dedica páginas al lenguaje limitado que fomenta el gobierno, el cual podría ser entendido hasta por los simios: el yerkish. La gente común del comunismo, acomodaticia y cursi, aparece una y otra vez en las obras de Havel, como Inauguración, donde el personaje principal, un disidente, es invitado a casa de una pareja amiga, quienes dedican todo el tiempo a tratar de disuadirlo de su postura política mostrando con cada vez mayor ansiedad cuán felices son.

Si la disidencia de checa de la posguerra no era militante en cuanto a partidos, ¿por qué era tan peligrosa al régimen? La respuesta: porque la ficción abre posibilidades, y eso pone en mayor riesgo al gobierno que consignas o discursos políticos. La literatura ayuda a pensar alternativas y, sobre todo burlarse de cuanto se tiene y vive a través de la sátira.

Con lo anterior en mente, podemos apreciar por qué nuestra oposición no necesita sufrir persecución, por más que algunos grupos o personajes se autoproclamen “resistencia” o “disidencia”. Fuera de su reducido círculo, nada representan en el imaginario colectivo aparte de los calificativos e insultos que les cuelga quien tiene control de la discusión pública: el presidente. En lugar de reposicionar una alternativa, creen que basta con tener la razón, se dan palmadas en la espalda entre sí cada que alguien dice algo que consideran gracioso, y se dedican a trolear a figuras públicas. En breve, son igual de sectarios y fanáticos que quienes están en el otro extremo político, solo que se dicen entre sí lo que desean escuchar.

La marginalidad sirve para muy poco, cuando se trata de abrir el debate sobre lo que deseamos ser como país. Mientras tanto, tampoco surgirán las personas nuevas de la Cuarta Transformación: solo se trata de la ciudadanía apática, resignada y dependiente de caudillos que cultivó el PRI por décadas.

@FernandoDworak

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