Catálogo de hojas

0
37

Miguel Ángel Gómez

Chispazos decididos a ser temerarios, chispazos que no odian el caos ni el absurdo. En esa ciudad hay extravagancia, casas, jardines, jazz, animales. Mejillas hundidas que no se aburren en el fondo. El fuego del vagabundo se queda aquí unos pocos minutos. Sin un regalo en la mañana las flores quedan marchitas. Palabras como pequeños guerreros, como terneros que se establecen en un apartamento. Luego el sol se pone envuelto en rojos esplendores. Salgo a pasear con unos versos de Li Bai rondándome en la cabeza en la traducción de Juan Arabia. “Levantamos nuestras copas donde / brotan las flores de la montaña. / Una copa, otra copa y otra copa. / Estoy borracho y quiero descansar. / Déjame ahora. / Mañana, si te sientes bien, ven con tu laúd”.

Como todos los que me conocen bien saben que recibo mucho correo por estas fechas. De entre todos los libros me quedo con el estilo audaz e incisivo de Julia Bellido (Jerez, 1969). En Hojas de Ginkgo (Cypress) nos recuerda: “El árbol del Ginkgo Biloba o Nogal de Japón es uno de los árboles más longevos del mundo; un fósil vivo cuyos orígenes se remontan al Pérmico, hace 270 millones de años. Sus hojas son planas, con nervaduras y en forma de abanico, de un verde claro que en otoño se tornan de un intenso amarillo dorado”. Su primer libro lo publicó en 2013, Mujer bajo la lluvia (Canto y Cuento). Fue responsable de preparar las antologías de Este no es otro libro sobre la Navidad y Synousía. Sus poemas tienen como modelo a Wislawa Szymborska o Emily Dickinson, son un recuento de las primeras décadas de su vida.

Hojas de Ginkgo pretende ir al grano cuando estamos rodeados de recuerdos nunca derruidos. Nos encontramos así con textos como el titulado “Madrid, 1979”: “Y yo con mi bufanda / y mi melancolía. / Mi pequeña maleta. / Mi libro de Machado”. Julia Bellido toma hechos de la vida cotidiana, expresa emociones que resplandecen como un diamante con las menos palabras posibles. Sabe mirar soñando con el mundo del arte literario. Quienes amen lo breve no deben perderse estos poemas que no temen darles la vuelta a los mismos temas. “Esa fiel certidumbre / que siempre me acompaña / es advertir que todo lo importante / está ahora sucediendo”. Y en otro poema rescata esa misma fórmula de la fugacidad: “Y es un ir y venir de luz y sombra, / del ayer al mañana / con un paso fugaz por el presente”. Y junto a la huida del reloj de oro, los magnolios que nos miran como a forasteros.

Fijémonos en la hermosa definición del poema: “Es un precipitarse / a un abismo de sed que nunca cesa / y al que vamos ardiendo. / Es como un arañazo / o una puñalada”. Si lo miramos más de cerca, el libro tiene la apariencia de un diario con música melancólica que hace que la sangre de la felicidad nos golpee en las sienes. Las anotaciones líricas vienen de amplios cielos con sus nubes y sus haces de luz. Hay aforismos más allá del abismo: “Sepulto lo que fui / lo que seré mañana / porque solo me importa este presente”. A veces conviene echar la vista atrás, disminuir el paso para que nos alcancen los fantasmas.

Tiene Hojas de Ginkgo el encanto de otros tiempos enfundado en el mono de vuelo. Son los suyos poemas fáciles que presentan una tierra que no tiene un color apagado ni sombras vacías. Si hubiera que destacar algún poema más, subrayaríamos el que lleva por título “La última fiesta”: “La madrugada intacta / con su temblor de lluvia suspendida / cargadas telarañas de rocío / que nos cortan el paso, / definiendo senderos limitados (…) Allí donde se agolpan / las botellas vacías / de la última fiesta”. Los poemas de Julia Bellido siempre ofrecen esperas que nos dejan completamente helados. Se leen como silencios llenos de latidos que encierran una huida.

Cita a John Steinbeck al que lee “buscando allá en los límites / la prodigalidad de la existencia”, entiende su poesía como un avanzar hacia el ejercicio del pensamiento. Otro de sus poemas, “Sevilla, primavera de 1992”, puede relacionarse con el haiku: “Una gata ovillada en un rincón / era entonces la muerte”. Evocaciones de ciudades y espejos que asoman para darnos nuestra imagen actual en medio del fragor de los días, de todo eso hay en Julia Bellido. Es un libro que solo podía haberse escrito teniendo una ventaja, la ventaja de haber vivido y sentido, por igual, el olor a cerrado y el triunfo, el misterio y lo inofensivo, el silencio y el asombro.

Lo cierro seguro de mí mismo y enfilando hacia el norte. La sesión de música sigue y no hay nada más dulce que adueñarse de la literatura. Agarro mi bolígrafo, extraordinariamente sensitivo y fluctúo hacia adentro, como un destello de luz sobre el susurro de una hoja al caer. Voy sin ira tramposa mientras ventajistas tratan de no cojear en el horizonte de algodón. Tengo un DeLillo, un Anaïs Nin, un Robert Hass, un Mark Winderlich, un Gilbert-Lecomte y la luna llena.

Escritor español.

Publicado originalmente en elimparcial.es