Escritores soldados I

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Martín-Miguel Rubio Esteban

Un gran intelectual español del siglo XX, liberal por más señas, afirmaba que la milicia anula la vocación literaria en cuanto que las ordenanzas y la disciplina ahogan toda inspiración, sofocan todo alarde verbal y no permiten el vuelo libérrimo de la imaginación. Según él, es muy difícil que un soldado, encorsetado en sus normas y hábitos estrictos, pueda ser escritor. La vocación literaria, como todas las vocaciones, necesita de la oportunidad para desarrollarse, y un cuartel sería un ámbito poco propicio para esta oportunidad. Sin embargo, el egregio liberal se equivocaba, por lo menos en el caso español, en el que los mejores de sus escritores han sido siempre soldados.

El soldado español está forjado sobre el caballero andante, que es la forma española que tiene el cruzado europeo. El caballero andante, con todo su destino manifiesto romano-cristiano de ayudar a los oprimidos y destruir a los tiranos (“parcere subiectis et debellare superbos”), llevaba vivo, debajo de su extremosidad, un tanto retórica, no a un gran héroe, sino al prototipo del héroe, bordeando a veces, por su vertiente externa, el ridículo, pero bordeando también, por su vertiente profunda, la más pura y exaltada ansia de superación. Nuestro sentido de la caballería ha dado, por un lado, al soldado y, por otro, al místico. Ha dado por un lado al ejército y, por otro, a los jesuitas. Recordemos la caballerosa y valiente reacción de San Ignacio de Loyola (1491-1556), uno de nuestros grandes soldados, en defensa de la bella doncella desvalida y amenazada por la liviandad de unos soldados, en Gaeta, apenas desembarcado en su primer viaje a Italia. Y varios otros trances de la vida del autor de los Ejercicios espirituales, que defendiera como soldado Pamplona frente al francés con valor sobresaliente, revelan su indesmayable heroísmo caballeresco. Caballería y misticismo beben de la misma fuente, ya sea combatiendo por grandes ideales, en los campos de batalla remotos de Camboya o en los escenarios fabulosos del otro lado del Atlántico, ya sea por alcanzar las cimas extrahumanas de la santidad. No hay caballería verdadera sin un sentido de puro ideal místico. El ser caballero y soldado de España no ha consistido en tener ilustre la prosapia, ni la hacienda pingüe, ni aderezos pomposos, ni maneras corteses, sino en que el alma esté, en cada instante de la vida, dispuesta a la renunciación de la propia conveniencia para servir a lo que conviene a los demás, a la patria. Y esto que es la pasión del caballero andante y el alma del militar español, ¿qué otra cosa es que misticismo?

Pues bien, hagamos una pequeña parte de la nómina de los mejores escritores españoles.

Garcilaso de la Vega (1501-1536). Cerradamente anticomunero a diferencia de su trasnochado hermano. El sentido de la caballerosidad se oponía a las prebendas y privilegios medievales que suponían los comuneros. Participó en la fracasada expedición a Rodas en 1522 y en la gran campaña de Túnez de 1535. Recibió una herida mortal al coronar las almenas del fuerte de Le Muy, durante la invasión de Francia. Traspasado por el dolor el emperador Carlos hizo pasar a cuchillo a todos los habitantes de Le Muy. Garcilaso quizás acababa de encontrar en el otro lado la mano blanca de su adorada portuguesa. Nadie en el siglo XVI ha escrito una poesía en latín tan sublime como el toledano. Garcilaso ha sido el perfecto representante del poeta-soldado renacentista. Hombre de armas y de inmensa cultura humanística, capaz de amar y a la vez de resignarse ante la pérdida del amor. Caballero de espada y pluma por amor. “Entre las armas del sangriento Marte, / do apenas hay quien su furor contraste, / hurté del tiempo aquesta breve suma,/ tomando, ora la espada, ora la pluma”. (Égloga III, vv. 37-40).

Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575). Humanista, historiador y poeta. Se alistó en el ejército y combatió en Pavía (1525), en donde un valiente caballero de Hernani apresó al rey de Francia y en Túnez, al lado de Garcilaso, distinguiéndose por un valor temerario. Como gobernador en Siena aplastó una revuelta. Se unió en Granada al ejército real que combatió el alzamiento de las Alpujarras (1568-1571), período en el que conoció de primera mano los acontecimientos que más tarde narró en La Guerra de Granada. Durante esta guerra fue herido gravemente en una pierna que le tuvieron que amputar, y se la dejó cortar “rezando el Credo para sufrir mejor”. Compuso preciosas octavas reales sobre temas de la mitología clásica.

Alonso de Ercilla (1533-1594). El mayor poeta épico de nuestra literatura con La Araucana. Ercilla viajó por toda Europa antes de sentir la necesidad de participar en la aventura de América. Se unió a las tropas de Alderete que invadieron el valle de Arauco. Después de la muerte de su jefe, Ercilla viajó a Lima, donde combatió a las órdenes de García Hurtado de Mendoza. Recibió una terrible herida en 1560, pero se recuperó y volvió a España, en donde teniendo como modelo la Eneida, de Virgilio, escribió en octavas reales una de las mayores hazañas literarias de nuestra literatura, la cual nos plantea también grandes interrogantes sobre la libertad de los pueblos. De hecho, su obra es también el primer informe literario sobre una Guerra de Liberación Nacional, poniendo en boca de los líderes araucanos pensamientos de los padres de la democracia griega.

Francisco de Aldana (1537-1578). Valiente capitán y extraordinario poeta injustificadamente ignorado hasta hace poco. Cervantes lo llamó “el divino”. Murió en Alcazarquivir durante la malograda campaña militar del rey don Sebastián de Portugal en Marruecos, tratando en vano de salvar la vida del joven rey. Su hermano Cosme editó en Milán la obra de Francisco, uno de los más grandes poetas del siglo XVI.

Hernando de Acuña (1520-1580). Capitán, eximio poeta y extraordinario traductor de latín, francés e italiano. Combatió con distinción por su valor en Alemania, Italia y Túnez. Su viuda publicó sus Varias poesías (1591), en las que se percibe la influencia de Petrarca y representan el destino manifiesto del Imperio español, construido por verdaderos caballeros andantes. Tradujo exquisitamente a Ovidio, Boyardo y Olivier de La Marche.

Miguel de Cervantes (1547-1616). Como todo el mundo sabe la mayor vocación que tuvo nuestro mejor escritor fue la de soldado. Se enroló como soldado en 1570, y participó en la batalla de Lepanto, en que a consecuencia de un arcabuzazo le quedó inútil la mano izquierda. Pasó seis meses en el hospital de la ciudad de Messina, en compañía de su hermano Rodrigo, también soldado. De ahí pasó a luchar en las campañas de Corfú, Navarino y Túnez. Cuando volvía a España en 1575 fue hecho preso por piratas moros y llevado a Argelia. Se le encontraron cartas de recomendación de Juan de Austria dirigidas a importantes personajes políticos a consecuencia de su arrojo en el combate. Fue rescatado, después de siete intentos de fuga, en 1580. Una vez en España fue nombrado recaudador de impuestos para la Armada Invencible por sus méritos de guerra. En mi novela Historia novelada y perimundo de Miguel de Cervantes, hablo ampliamente de sus acciones de guerra. En el famosísimo capítulo XXXVIII de la Primera Parte del Quijote el soldado Cervantes dejó clara la prevalencia de las armas sobre las letras: “las leyes no se podrán sustentar sin las armas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares corsarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas”. Sin armas no hay libertad. Cervantes, obviamente, no creía en el pacifismo soñador.

Lope de Vega (1562-1635). Soldado, poeta y comediógrafo. Quien desde los cinco años sabía leer en latín se unió a los veinte años a la expedición del marqués de Santa Cruz – cuyo soberbio palacio en el Viso del Marqués, restaurado y protegido con mimo por nuestra Marina, es una de las mayores joyas del renacimiento español – para conquistar Terceira, la única zona de las Azores que se oponía a la dominación española tras la anexión de Portugal. Sobrevivió a la catástrofe de la Armada Invencible, que supuso la muerte para la mayor parte de sus camaradas. A bordo del San Juan había escrito poemas a “Belisa” (Isabel) y La hermosura de Angélica. Su amor a las virtudes propias de la milicia se nos hace visible en muchos fragmentos de su inmensa obra.

Francisco de Quevedo (1580-1645). Quevedo fue parte de eso que hoy se llama “la quinta columna”; perteneció a lo que se denomina el servicio secreto del Ejército y que en sus días el duque de Osuna era el “Control” de nuestro Circus, además de ser virrey de Sicilia. Lo malo es que por codicia y vanidad llegó a ser agente doble, a pasar información a los enemigos de España, y si no fue ejecutado por el Conde-Duque de Olivares fue sólo por su gran fama de literato. Pero no es justo que su traición y bellaquería hayan ensombrecido la memoria del gran Olivares, uno de los grandes hombres de Estado que ha tenido nuestro país.

Calderón de la Barca (1600-1681). Fue soldado en Flandes y en el norte de Italia. En 1625 entró al servicio del duque de Frías. En 1637 comenzó a servir ya como capitán con el duque del Infantado y fue herido en una mano durante la revuelta de los catalanes, a consecuencia de la cual perdimos Portugal. Por acompañar a Felipe IV en el sitio de Lérida le fue concedida una pensión vitalicia de treinta escudos en 1642. En toda su vasta obra el elogio al soldado es constante.

Y no seguimos con más soldados escritores porque eso sería más propio de un libro que de un artículo ya excesivamente largo, pues han sido innumerables nuestras grandes plumas en el mundo militar. José Cadalso (1741-1782), José Joaquín Olmedo (1780-1847), Baltasar del Alcázar (1530-1606), Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), Juan Arriaza y Superviela (1770-1837), Miguel de Barrios (1635-1701), José Batres Montúfar (1809-1844), etc., etc., etc. Volvemos al principio: la vida militar no bloquea la vocación literaria, sino que lejos de eso, desde nuestro rey Alfonso X el Sabio, las virtudes militares armonizan a la perfección con el espíritu humanista y la buena literatura. ¡Vivan nuestros grandes escritores soldados! ¡Viva el noble y heroico ejército español!

Doctor en Filología Clásica

Publicado originalmente en elimparcial.es