Las trampas políticas de la fe

El espaldarazo que hizo Donald Trump a Andrés Manuel López Obrador en un acto de campaña puso en aprietos a quienes apoyan ciegamente a alguno y odian al otro.

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Un elemento esencial para pensar y actuar en política es dudar de todo. Al haber múltiples intereses detrás de cada postura, lo peor que se puede hacer es creer en algo o alguien, toda vez que ese acto de fe nos llevaría a aceptar cosas que no aceptaríamos normalmente. El resultado ha sido desastroso a lo largo de la historia: abandonar el ejercicio del criterio propio abre una pendiente resbalosa al autoritarismo gracias a la adopción de dogmas.

El espaldarazo que hizo Donald Trump a Andrés Manuel López Obrador en un acto de campaña puso en aprietos a quienes apoyan ciegamente a alguno y odian al otro. Si uno mira sus argumentos, ambos bandos no tienen otra sustancia que fe: alaban los que consideran bueno de quien idolizan, mientras son omisos sobre sus lados negativos o inconsistencias. De la misma forma, el odio ciego contra quien dicen oponerse no les permite apreciar la complejidad de la situación en la que estamos parados.

Por ejemplo, hay simpatizantes de López Obrador que, en su afán por explicar el apoyo de Trump, afirman que es necesario que el estadounidense gane para que México progrese, llamando al voto masivo de nuestros migrantes en el vecino del norte. Entre sus argumentos, se lee que el racismo de Trump es “fácilmente controlable” por la movilización social, la hipocresía de los demócratas (claro, ante lo que llaman “honestidad” de Trump) y creer que, si el actual presidente se reelige, no habrá genocidio en Medio Oriente.

Al contrario, para los simpatizantes de Trump, el estadounidense debería ganar porque “le amargó la fiestecita a los aborteros, globalistas y socialistas”, resistió y ganó en 2016 a pesar de tener a todos en su contra, sacó a Estados Unidos de los acuerdos de París, propuso a tres excelentes ministros para la Suprema Corte, y ha mostrado cómo enfrentar y derrotar a la marea “progre”.

Si tomamos los argumentos de uno y otro lado y cambiamos los personajes y circunstancias, no serían muy distintos a los de cualquier catecúmeno temeroso y dogmático cuando desea defender su fe ante otras creencias religiosas o incluso el ateísmo. Ambos toman solamente lo que desean creer, y selectivamente dejan a un lado lo que les incomoda. De esa forma, abdican a su condición de ciudadanos y se convierten en creyentes laicos: lo que llamamos “militantes”.

¿Qué se está perdiendo? La capacidad para pensar la situación en la que estamos no solo como país, sino como humanidad, para pensar en las alternativas y posibilidades hasta de supervivencia colectiva. Hay quienes pueden creer en la bondad de Trump por se anti-abortista, anti-globalista o anti-socialista, sea lo que signifique esa combinación, o si es deseable para el mundo un perfil así, porque eso coincide con sus ideas y prejuicios. Al hacerlo, omiten, o pretenden omitir, temas como el cambio climático, el desmantelamiento de una democracia bajo un discurso populista o relativizar males como el racismo.

En su selectividad, están dispuestos a ceder en todo tema que, si no lo fueran, difícilmente aceptarían. El problema es que, al hacerlo, nos llevan a todos por una pendiente resbalosa. ¿Qué hacer? Dudarlo todo, empezando por cuanto nos gustaría creer: los problemas públicos son mucho más complejos que nuestras filias, fobias y prejuicios. Nunca dejemos de preguntar y ejercer nuestra crítica.

@FernandoDworak