La fe

0
254

Al padre Manuel Monreal Santacruz

Vamos a transitar nuevamente por la frontera del aislamiento en uno de los eventos más importantes para la comunidad religiosa. Por segundo año consecutivo, la gran Casa de Pedro, su explanada, su nave, sus oratorios estarán vacíos, ausentes de creyentes, de quienes su vida, o parte de esta, la dedican a sostener sus convicciones de vida divina. El Papa saldrá nuevamente al balcón con su bastón procesional a observar el abandono físico. Hablara a todos pero a nadie. Sus palabras serán virtuales sin menoscabar su fuerza de voluntad y la profundidad de sus oraciones.

Cierto es que no se necesita más que el recogimiento, la soledad y la introspección para orar. Se requiere de mucho valor moral, principios, disciplina y humildad para entenderse con Dios, para hablarle y en nuestra soberbia, pedirle, demandarle y en casos extremos, reclamarle. Eso no se logra en conjunto, compartiendo. Quizá si la energía de la convivencia, la necesidad de reconociendo, la solicitud de milagros, el hambre de hacer grupos. Pero insisto, para hablar con Dios es un acto íntimo que se formula de varias maneras, con direcciones a veces inciertas pero con el mismo propósito y objetivo, ser escuchados. Hay quienes descansan su alma repitiendo una y otra vez oraciones, hay quienes se desangran rodillas al recorrer kilómetros en rastras hasta un templo, hay quienes se presentan de pie, otros con la cabeza baja, algunos necesitan del confesionario, otros de portar una cruz en el cuello, pero todos sin excepción lo hacen porque tienen fé. Llegamos a una segunda Semana Santa distinta, conviviendo más con la muerte que con la vida, amenazados, enfermos, distantes, escépticos, incrédulos, dolidos por tanto fallecimiento.

Llegamos desgastados, con el ánimo cansado por participar en una guerra a la que no fuimos invitados pero que por minúsculo que sea el virus nos corta la respiración, nos asfixia y nos mata. Hoy la pregunta es “por qué”, así de simple, por qué una pandemia de esta magnitud, por qué ataca no a los más pobres sino a los más viejos, a los enfermos, a los inválidos.

Pero para esto la Iglesia tiene respuestas y la primera es generar y estimular confianza, esperanza y serenidad. No hay que atacar, hay que defender. No hay que ser temerarios, hay que sobrevivir. Y luego viene el auxilio, la filantropía, la voluntad de servir, de cuidar, de proteger. Hoy salvarse asimismo es dar vida a los demás. Hoy se busca el milagro de vida es un hecho y este se da tanto se fortalezca la fe y para ello existen seres dotados, privilegiados que encuentran y conducen por el mejor camino. El hecho es que el reclinatorio es hoy el único sitio donde no existe distancia por sana que sea. Muchos salvan su esencia, su porvenir, su mística en creer y ese es un don. Trascender es vital, hay formas, hay ideales, hay manera de buscar el tono y fuerza para proyectarse a mejores y más firmes plataformas.

Conductor del programa Va En Serio MexiquenseTV canal 34.2