Productividad, salarios y T-MEC

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Mi respetado colega y amigo Macario Schettino publicó un artículo en el que sustenta que la única forma en que los salarios de los trabajadores puedan elevarse en serio, es mediante aumentos en la productividad de la mano de obra que incrementen la competitividad de la planta productiva.

Cita como elementos básicos para lograrlo: mayor competencia en los mercados; más inversión productiva, que exige la existencia de un sólido estado de derecho y respeto de los contratos; y elevar la calidad de capital humano mejorando el sistema educativo.

Yo agregaría dos elementos que me parecen indispensables: inversión pública y privada en infraestructura que le permita a los trabajadores producir más con el mismo esfuerzo; y evitar errores garrafales como fijar salarios por decreto o que sean dictados desde el extranjero.

Tal infraestructura incluye mejores servicios públicos en agua potable, flujo eléctrico, transporte, seguridad personal y patrimonial, y un largo etcétera. Se trata de que el entorno que rodea al trabajador mejore lo suficiente para que su productividad suba con el mismo esfuerzo, como ocurre cuando emigra a EU.

La imposición de salarios artificialmente altos por exigencia de sindicatos de EU, plasmada en el nuevo acuerdo comercial de Norteamérica gracias a la pésima cesión de Jesús Seade, cancela la ventaja comparativa de México que son los bajos salarios resultado del pésimo entorno que rodea al trabajador.

Los funcionarios mexicanos que han tocado este tema, como el bisoño embajador Esteban Moctezuma, amenazan quejas similares por los abusos de los paisanos que laboran en EU. Por lo visto ignoran que el T-MEC no incluye reciprocidad de EU a lo que otorgó Seade en este asunto.

Citando un ensayo de Julio Leal del Banco de México, Schettino asienta que la productividad en la industria automotriz es del 20% de la de EU por lo que los salarios en México debieran ser alrededor de 10 veces menores, debido a que el poder adquisitivo del dólar es del doble que en EU.

La esperanza que al fin las reformas estructurales aprobadas hace un lustro permitieran elevar la productividad de la mano de obra en México, se hicieron añicos con las contrarreformas del actual gobierno que van justo en el sentido opuesto.

Su fatal resultado será menor competencia en los mercados, lo que engorda a los monopolios y perjudica a los pobres; menor inversión, por la creciente incertidumbre y desconfianza; peor educación, al revertirse la reforma educativa y ceder la educación pública al más retardatario y funesto sindicato magisterial.

La infraestructura, en el sentido amplio del término, empeora a ojos vista: apagones de luz más frecuentes y generalizados; obras publicas inútiles y mal construidas; racionamiento de agua cada vez más escasa y mal manejada; más trámites ante una burocracia inepta y feroz; creciente polarización y odio social.

El panorama se ennegrece al agregar la previsible ruina del sector exportador ante la imposición de salarios desvinculados a la productividad del trabajador, diseñados por quienes desean extinguir fuentes de trabajo en México para llevarlas a EU, y un sector privado timorato que acepta mansamente las políticas que lo aniquilarán.