Sucesión presidencial 2024: Poder o no poder

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Como parte de su agenda poselectoral y a partir del resultado inesperado en materia de disminución de la bancada de Morena en la Cámara de Diputados, el presidente López Obrador sacó de la chistera la carta mayor de la sucesión presidencial en 2024. Sólo que el adelanto de la agenda de poder fue una muestra real de su insatisfacción con las cifras electorales finales.

La sucesión presidencial es un proceso presidencialista que comienza en el momento en el que el presidente de la República toma posesión del cargo y comienza a mirar a sus colaboradores en busca del candidato presidencial siguiente y termina en el acto simbólico de toma de posesión entregando la banda presidencial. Se trata de un modelo muy a la mexicana, con raíces históricas muy sólidas y sobre todo articuladas al funcionamiento de la estructura y el aparato de poder del sistema político priista, aún en los sexenios del PAN, del PRI neoliberal y ahora de Morena.

En este sentido la capacidad del presidente para designar a su sucesor y hacerlo ganar las elecciones es, por así decirlo, el único acto real de poder absoluto del presidencialismo mexicano. Lo demás, incluyendo las represiones, es parte de los juegos de poder; sin embargo, la designación del candidato presidencial del partido en el poder es el acto mayor de absolutismo político que existe en México.

La categoría de sucesión presidencial forma parte del léxico político histórico del México revolucionario, pero tiene una historia bastante antigua hasta ahora no estudiada ni analizada. El creador de esa categoría política fue Francisco I. Madero en 1908 con su libro La sucesión presidencial en 1910. El Partido Nacional Democrático. Lo curioso del libro de Madero fue que se basó en el caso del presidente Porfirio Díaz, quién en los hechos no ejerció el modelo actual de sucesión presidencial o de designación de su sucesor tal y como lo conocemos hoy, pero que convirtió su propia reelección en un proceso político y de poder que captó con malicia y sentido político el entonces activista, disidente y pequeño empresario Madero. En su libro Madero aportó elementos propios de la ciencia política moderna para construir una teoría mexicana de la sucesión presidencial, incluyendo el concepto jurídico de sucesión, es decir la transmisión de herencias dentro de las familias. En la época de Madero, por ejemplo, funcionaban mucho las empresas que llevaban el nombre de la familia o cualquier otro nombre y acreditaban el apellido “y sucesores” para establecer de origen que esa empresa pasaría de generación en generación dentro de una familia, lo cual pudimos apreciar con claridad en el mecanismo de sucesión presidencial del PRI en sus tres etapas, desde 1929 hasta 2018 incluyendo los dos sexenios panistas que utilizaron las prácticas sistémicas del régimen priísta.

En la historia política mexicana reciente, hubo cinco casos en los que los presidentes de la república no pudieron imponer a su candidato a la presidencia: Salinas quería Colosio y el presidente fue Zedillo, Zedillo buscó que Guillermo Ortiz o José Ángel Gurría fueran su candidato y sólo pudo colocar de manera improvisada a un débil Francisco Labastida Ochoa, Fox quiso reproducir el modelo priísta sin poder poner a Santiago Creel como su candidato, Felipe Calderón repitió el error y supuso que su poder presidencial le alcanzaba para imponer a Ernesto Cordero como su candidato y fracasó y Enrique Peña Nieto ejerció el último suspiro de poder del presidencialismo priísta e impuso al no priísta José Antonio Meade Kuribreña como candidato externo y perdió las elecciones.

El último presidente de la República que jugó con el libro de reglas del sistema priista fue Gustavo Díaz Ordaz, pues optó por la candidatura de Luis Echeverría Álvarez como su sucesor, cuando en realidad su candidato preferido era su secretario de la Presidencia, Emilio Martínez Manatou; sin embargo, la Secretaría de Gobernación y su titular eran la estructura del poder que determinaba decisiones de esa dimensión. Los presidentes anteriores, de Obregón a López Mateos, cumplieron con el requisito de manejo del poder sólo para mantener la presidencia con un proceso institucional de designación del sucesor. Echeverría descompuso el mecanismo al jugar con precandidatos y engañarlos, desordenando el proceso como esquema de arreglos al interior del poder y no pactando con todas las fuerzas políticas aliadas y disidentes.

Echeverría, asimismo, inició la etapa de juego sucesorio abierto de lo que antes eran cartas tapadas: filtró de manera pública una lista de seis precandidatos y los puso a competir en público, generando desacuerdos, confrontaciones y luchas por el poder. López Portillo llegó solo con dos cartas: la económica de De la Madrid y la política de García Paniagua y su decisión fue estratégica. De la Madrid institucionalizó el proceso y los aspirantes definidos en una lista especial tuvieron que comparecer ante una cúpula priista dócil que todo el tiempo estuvo volteando hacia Los Pinos en busca de señales. Salinas regresó al juego de seis precandidatos, pero se le rompió el esquema cuando los aspirantes se dividieron entre los neoliberales contra el progresista Manuel Camacho Solís.

Ahora le toca al presidente López Obrador regresar al juego priísta de las sillas, como a veces lo dibujaban caricaturistas, pero utilizando el modelo priista de nombres, calificaciones públicas por parte del presidente en turno y al arrinconamiento de aspirantes a someterse a un proceso que desde hoy está mostrando que el presidente de la República en turno va a poner a su sucesor siguiendo el libro de jugadas del viejo PRI.

Por tanto, la sucesión presidencial regresará como categoría de juegos político de poder y el país tendrá que moverse a ritmo de precandidatos señalados, calificados y descartados por el presidente en turno. En este sentido la sucesión presidencial del 2024 restaurará los tiempos y tonos de la política priísta.

indicadorpolitico.mx

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