El peligro de las buenas intenciones

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Hace muchos años, cuando los Austrias reinaban en España, cierto primer ministro viajaba en un galeón, cuando de pronto pidió al capitán bajar a las galerías y visitar a los galeotes: hombres condenados a remar por sus delitos. En cuanto los reos vieron bajar a una persona tan bien vestida y de tan alto porte, inmediatamente se escucharon voces gritando “¡Tened piedad de mí, señor, pues estoy aquí por un engaño!” “¡Liberadme, soy inocente!”

Las plegarias aumentaron de volumen mientras avanzaba el personaje. En la medida de sus posibilidades, los reos trataban de acercarse a semejante notable, no sabiendo quién es, pero con la esperanza de ser indultados. Aunque se presume que la intención del funcionario era indultar a algún reo, hasta el momento ningún caso le convencía del todo.

Finalmente, en la última banca, la comitiva vio a un hombre abrazado a su remo, al cual besaba y acariciaba. Sorprendido, el funcionario le preguntó por qué estaba haciendo semejante barbaridad, a lo cual el condenado confesó todas y cada una de sus felonías, afirmando que por todo eso merecía estar donde se encontraba.

Alarmado, el primer ministro ordenó al capitán a que liberase a semejante monstruo, porque temía que su pérfida influencia contaminase a tantas buenas y virtuosas personas que le hacían compañía en la galería. Aunque he perdido la esperanza de encontrar algún personaje igual de perverso en nuestra élite política para promoverle, estoy seguro que nos urge algo del cinismo del español al momento de criticar a nuestros referentes públicos –quizás podamos de esa manera separar a los finísimos personajes de los tan preciados criminales.

Donde quiera que vemos, encontramos a nobles y bien intencionadas personas contra quienes el universo conspira. Nuestro presidente hizo una carrera política exitosa a través de medrar con éxito de sus derrotas, y mantiene niveles elevados de popularidad a pesar de, o quizás gracias a, su capacidad de victimización. Pero no es la única persona exitosa. ¿Qué tal Silvano Aureoles, gobernador del estado que dio al mundo a La Familia y a los Templarios, sorprendiéndose del problema del narcotráfico a semanas de dejar el poder? ¿O las expiaciones por la Línea 12? Enfrentémoslo: si el deslinde fuese considerado un deporte olímpico, nuestros políticos serían imbatibles.

Algunos dicen que la victimización es un recurso del presidente para distraernos de los asuntos públicos. Algo tienen de razón, aunque más bien es la persona más autorizada para usar ese recurso en los últimos años, toda vez que representa un personaje creíble ante su público, el cual es también emocionante. Sin embargo, solo es la consecuencia de años de creer que alguien virtuoso y bien intencionado nos va a salvar, tarde o temprano. En ese sentido, ciertamente nuestra ausencia de cultura política nos ha hecho una presa más fácil para el populismo.

Gracias a esa malformación, caemos una y otra vez en personas que nos quieren decir lo que deseamos escuchar: ¿EPN era un corruptazo? ¡Votemos todo por Morena! ¿Nos decepcionó Morena? ¡Lo que sea menos ellos! Mientras tanto, le damos vida artificial a una élite política irresponsable, impermeable a la autocrítica y que solo piensa en su propia autoconservación.

Los asuntos públicos no tratan de lo que nos gustaría que fuesen, sino de cómo podrían ser, si aceptamos lo que es, ponderamos las posibilidades y pensamos con la cabeza fría sobre cómo alcanzar lo que deseamos. Eso inicia con nuestra localidad, escala a la entidad y termina en el país. Sobre todo, se trata de dudar eternamente: solo así podremos avanzar.

En este juego, el cinismo con medida es una gran herramienta de análisis. Por eso siempre tengo presente la anécdota del primer ministro y el galeote. Si lo aplicamos, podríamos separar a los monstruos de las finísimas personas.

@FernandoDworak