Tres años de pesadilla; AMLO, de mal en peor

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El 1 de julio es una fecha simbólica para el presidente Obrador. Después de mucho tiempo de peregrinar a lo largo y ancho del país haciendo proselitismo, hace tres años obtuvo un triunfo arrasador. Su propuesta se basó en falsas expectativas, hasta llegó a prometer que convertiría a México en una potencia mundial.

Prometió el maná en una falsa recreación del Éxodo en la Biblia. Iban a llover empleos e inversiones, tendríamos el mejor sistema de salud en nuestra historia –algo así como el de los países nórdicos– pero llegó la pandemia y lo que llovieron fueron cientos de miles de cadáveres, peor que la misteriosa lluvia de pájaros muertos como ha ocurrido en algunas partes del planeta. Frente al escenario apocalíptico por el Covid puso al frente a un charlatán para “atender” la crisis sanitaria. México pasó a convertirse en uno de los países más mortíferos y el “científico” –convertido en un juglar que deleitaba al presidente recitando poemas sobre la pandemia– fue recompensado en su despedida con mariachis. El impostor terminó por acusar a los familiares de los niños con cáncer, de “golpistas”.

Nunca antes desde el poder se había actuado con tanta vileza.

La “cuarta transformación” fue un mal chiste concebido por un desequilibrado rodeado de unos cuantos aduladores que han seguido con fe ciega a su falso mesías.

Para nadie es un secreto la verdadera personalidad de Obrador. Toda su vida ha sido problemática, y peor aún fueron sus años de juventud con una familia poco afortunada. Como su padre, Amlo siempre tuvo trabajos mal pagados en la burocracia, pero la política le cambió la vida, a él y a toda su familia. En el PRI no pudo ver plasmadas sus ambiciones, pero fue en la llamada “izquierda” que floreció su vida y como en los cuentos de hadas llegó a convertirse en el huésped de un Palacio aunque sigue siendo el infeliz de siempre.

La presidencia se convirtió para él en la peor pesadilla de su vida y en lo peor que le pudo haber pasado al país.

El falso príncipe se sentía destinado a un futuro ilustre junto a los próceres de la patria, pero entre los sueños y la realidad hay un abismo.

No es lo mismo ser borracho que cantinero, diría el clásico.

Obrador ignoraba que el poder tiene reglas.

Se ufanó al decir que para él, “gobernar no tiene ciencia” y desde el primer día de su mandato rompió la disciplina interna de su gobierno.

Abrumado por el poder, el vacío de su gobierno lo ha llenado repartiendo funciones y cargos extralegales con las fuerzas armadas.

Los excesos de Obrador y la pasividad del entorno y la subordinación de los otros poderes le han permitido crear un coto de poder superior a cualquiera de los legalmente constituidos, convirtiéndolo en el personaje más poderoso de la política. El único contrapeso ha sido el papel de la prensa, con todo lo complejo que hay detrás de este poder fáctico, cuyos principales representantes (en especial los de la televisión y la radio) están de su lado, no porque simpaticen con su proyecto, sino por los negocios que ello le representan.

A lo largo de estos tres años hemos presenciado a un gobierno a puertas cerradas.

De igual forma hemos atestiguado el pleito y el maltrato con varios gobernadores. Hace unos días vimos una escena que le dio vueltas al mundo. La postal de un gobernador solitario esperando una audiencia que nunca llegó.

En su alegato Obrador dice que no quiere “manchar” su “investidura”.

Los ejemplos del gobierno de las puertas cerradas abundan.

Lo hizo con el poeta Javier Sicilia y con Julián LeBarón, a quienes se negó a recibir. La familia de ambos (Sicilia y LeBarón), como decenas de miles de familias de todo el país, vieron enlutados sus hogares por la violencia del crimen organizado.

Ese mismo trato les ha dado Obrador a las mujeres. Ha llegado al extremo de blindar el palacio nacional con cercas de acero y de recurrir a la fuerza pública para impedir la manifestación y el repudio contra su gobierno por la impunidad prevaleciente ante los feminicidios.

En pocas palabras, Obrador es indigno de representar a México.

El tabasqueño es un hombre de escándalos que carece de la mínima preparación para ejercer el poder, no cuenta ni con el mínimo reconocimiento académico ni la sensibilidad para dirigir los destinos del país.

Lo peor de todo, es que tiene la piel sensible a las críticas a su gobierno. Hasta se da el lujo de calificar, lo que a su juicio es, la “buena” y la “mala” prensa.

Para ello ha recurrido a los oficios de una pitonisa –que después de la marioneta de Gatell, que terminó convertido en un tiliche– ahora se encarga de “evaluar” a los medios. Esta mujer que ocupa un nuevo lugar en las mañaneras es la encargada de dar los oráculos y responder en nombre de Obrador sobre la “buena” y la “mala” prensa.