Emilio Romero: redacciones con olor a coño, ginebra y naipe viejo

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Diego Medrano

En los veranos secos de las relecturas alcanzamos fuentes negras insospechadas. Amilibia desnudó al ogro en texto cuyas risas perduran: Emilio Romero: El gallo del franquismo (Temas de Hoy, 2005). Fue un franquista extraño, vivió del régimen y lo saqueó pero llena su redacción de Pueblo con jóvenes rojos muy airados, bebedores, envenenados de periodismo hasta los tuétanos. La nómina es otro incendio: Raúl del Pozo, Reverte, Carmen Rigalt, Jesús Hermida, Aberasturi, Yale, Rosa Villacastín, Julia Navarro, Cancio, José María García, Cebrián, etc. Luis María Anson lo definió muy divertido: “Era la izquierda de la extrema derecha”.

Llenó las oficinas de alcohol (barato), folclóricas y flamenconas (no siempre en vertical), bohemios (impecunes), poetas (pobres) y otras lagartas al sol (de todos los colores). El veneno puro del periodismo: sin horas, sin horarios, martirologio de purísima y oro, empitonados por el adjetivo y un titular, consolados en la whiskería caliente de Pueblo. El gallo: despótico, soberbio, solitario, atrabiliario, arbitrario, apasionado, feo, escorado, ciego, lunático, temido, poco amado. Coge Pueblo como boletín sindical con 5.000 ejemplares de tirada y lo planta en 300.000 vendidos. Dos pelotazos en mitad del desafío: vende las páginas taurinas a diversos intermediarios, donde los diestros pagan por aparecer, faena o no incluida, exportando el sistema al mundo del cine, directores, productores y compis; mantiene, en segundo lugar, el periódico en pérdidas, aún con los trescientos mil de venta, para otras tantas subvenciones.

Un hervidero de sobres, bajo la mesa, y faldas muy inquietas. Emilio Romero: obseso textual y sexual. Compatibiliza varias queridas y caza en dos cotos muy conocidos: Mayte, Las Brujas (tablao). Nadie de los que van a llorarle se va de vacío. Le provocan con su ímpetu por ser académico de la Lengua: “Lo soy desde hace tiempo, puedes preguntar a muchas”. Pone una luz roja en el despacho (supuestas llamadas con El Pardo) pero la equitación era otra, sofá chester muy brillante por la cremita. Cita a María Jiménez allí y cuando el manoseo estalla es ella quien encuentra la salida: “Lo siento, oiga, pero tengo que irme porque he dejado el puchero al fuego”. Pilinguis, fáciles, reventonas, busconas, marfusas, musas, izas, rabizas y colipoterras. A una pilingui, redactora, la hace casi directora consorte, le manda flores por mensajero y ella se enfurece. “Otra vez flores, coño. Otra vez flores, flores”. Sus compañeras no lo entienden hasta que lo explica en paladino: “Cuando hay flores no hay joya, guapas”. Romero, mientras, lo canta al viento: “La mente en alerta y la bragueta dispuesta”. El zorro es feliz con el gallinero abarrotado.

Su teoría: “Hay que estar dentro y fuera”. Se refería al Régimen, con Franco y en la calle, pero también vaginalmente. Dio otra orla: “Yo no me vendo, me alquilo”. Luego buscaría seguir destilando el limón con Felipe González mientras iba a verle para jugar a la petanca en su casa de Pez Volador. Seguía con sus orlas: “Al enemigo, ni nombrarlo”. Sus empleados lo defienden, franquista ocasional y no medular, más falangista que franquista, enemigo de la Iglesia y del Opus. Juega a escapar de fusilamientos, como Sánchez Mazas, o propagar esa leyenda. Juega al muslo del sobre lleno y a la pechuga de la hembra que busca focos, vendida la dignidad por la ambición, pura Posguerra. Llama a Raúl del Pozo a las tres de la mañana: “Me llamaba para que fuera a Las Brujas y yo iba. Les gustaban mucho las mujeres, sobre todo las flamencas. Era un castigador de provincias. Quizá le gustaba más que le admiraran que encamarse con ellas. De cualquier manera, intentaba seducir a todas, dentro y fuera de la redacción”.

Del Pozo no ve en él biotipo franquista, a tenor de la picha: “Adolfo Suárez tenía que eliminar a su paisano para evitar testigos. Emilio Romero era su mala conciencia. Los franquistas tenían que soltar lastre. Emilio Romero representaba su mala imagen. Era el ala más humana, más piadosa, del franquismo. Era un conspirador. No era un picha fría ni un meapilas, no era el biotipo del franquismo. En todo caso, era un franquista raro”; “Era feo, pero él se creía Robert Redford. El poder, su poder, era el gran afrodisíaco por el que se rendían las mujeres. Ellas tragaban porque tenía poder y además era brillante y divertido. A ellas les gustaba que les hiciesen reportajes o que las hiciera redactoras, y él follaba mucho”; “Un día, en una comida con gente de Interviú, dijo que él se había anticipado a Alfonso Guerra y Felipe González en algo: Yo me tiré a una que luego se tiraron todos ellos”. Dentro y fuera, dentro y fuera, sin sustos.

Amilibia reconstruye una época gloriosa, olvidada de nuestro periodismo, donde, según él, las “ganas de hacer” eran todo, periodismo con olor a ginebra, coño y naipe viejo por las mesas, impregnado de vida, olor a estiércol y olor a madre, como quiso Juan Ramón, donde la vida emerge del cielo o del fango en todo su esplendor. Ganas de hacer, sí. No redacciones asépticas, silenciosas, con el personal grogui frente a una pantalla, los dedos muertos, el alma vacía, ninguna discoteca ni hoguera gramática.

Se arrastra Emilio Romero, defenestrado por Suárez, con la promesa de dirigir RTVE, con otra promesa de Embajada, lo que sea para que dejara Pueblo y estuviera perdido. Asensio lo mantiene en Interviú. Conserva alguna tertulia radiofónica más. Ya ciego, le toca el cupón de los ciegos, como final de novela, y el chófer asegura que llevaba la tira entera e ingresa ochenta millones. Malvende los cuadros a veinte, en lugar de a cien, por Mario Antolín. Malvende chalés, Benidorm y el madrileño de Fuente del Berro. Ni antes el periódico Informaciones (Sebastián Auger) ni El Imparcial (año 77, con el banquero Domingo López) fueron éxitos bajo su mandato. Se encierra en O´Donnell pidiendo que le pongan los zapatos todos los días, siempre vestido, aunque no salga de casa. Acude a ver a Anson, tras muchos años de odio o rencor africano, y le promete cincuenta mil lectores seguros. Amilibia lo cuenta casi como telón: “Anson le envió a Joaquin Vila, y éste le dijo algo así como que se trataba de hacer un periódico joven, sin hipotecas históricas o viejos aromas”. Otro fiasco, la ruina entera.

Ganas de hacer, no hay otro camino. Diez mil pelas se cobraba en Pueblo (todos pobres, todos felices, todos borrachos) por encima de la mesa. Lo negro, ni la luz del día alcanzaba el monto. En septiembre empiezan tres nuevos periódicos digitales españoles. ¿Cuántos Emilios Romeros nos esperan, contando los que ya hay, para duelo de todas las folclóricas? Arsa, olé, aje, azúcar, oye, que nos vamos, ole los que tocan, ti-co-tá, ti-co-tí, aje, salero, garbo, ayyyyyyy, chispa, toma que toma, sá sá, agüi, ayyyyyyy, vámonos, que nos vamos, tirititrán, trán.

Escritor

Publicado originalmente en elimparcial.es