La risa y la política

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Su risa es un regulador de la demencia universal

Karl Kraus

Uno de los grandes momentos del humor mexicano fue hace casi 12 años cuando Andrés Bustamante apareció en la televisión disfrazado del entonces presidente electo Vicente Fox. En ese momento se rompió con la solemnidad que por décadas se asoció con el ejecutivo federal – y me pareció haber escuchado en el fondo los últimos claveteos al ataúd del Tlatoani sexenal, al menos por unos años. El que el PAN no haya podido construir algo nuevo con esto, o que Peña Nieto haya descubierto tardíamente su veta humorística, es otro problema distinto.

Y no es que los presidentes hayan sido ajenos de alguna u otra forma al humor o a la caricaturización. Sebastián Lerdo de Tejada era visto por la prensa de su época como un mujeriego glotón. La imagen de chaparrito bonachón de Madero (léase: Francisco I.) fue explotada hasta la saciedad por sus detractores. ¿Y quién no recuerda las orejas de Salinas?

Tampoco los presidentes han sido insensibles a las muestras de humor y algunos han mostrado su capacidad para reírse de sí mismos. Se cuenta que Gustavo Díaz Ordaz se mantenía enterado hasta del último chiste sobre su persona y lo contaba a todo mundo, o que Salinas guardaba un cuarto tapizado con todas sus caricaturas. Por otra parte una frase que resume la relación de José López Portillo con la prensa es “no pago para que me golpeen”.

La risa es un acto liberador, especialmente frente a la solemnidad. En lo personal recuerdo un pasaje de El lobo estepario de Hermann Hesse, cuando Goethe se transforma frente a Harry Haller en un niño y entre bailes y burlas le dice que a los inmortales no se les puede tomar en serio. O el final de esa misma obra, donde el protagonista es sentenciado a una lluvia de carcajadas.

Y por la misma razón puede llegar a ser una eficaz arma política. Una carcajada bien colocada puede subvertir el orden establecido, desenmascarar discursos y promover nuevos valores. Es decir, puede abrir nuevas posibilidades de ver la vida y con ello impulsar un cambio. ¿Cuál es la mejor técnica para este efecto? La sátira: tomar una situación conocida y extrapolarla a otro contexto para reírse y reflexionar a través de los absurdos que surjan. Para que pueda tener efecto quien recibe el chiste necesita distanciarse un poco y estar abierto al juego del humor: la broma puede dirigirse en algún momento hacia uno mismo. Los ingleses tienen una excelente frase cuando la persona es víctima: take the piss.

Por otra parte el humor también puede servir para promover el sectarismo. En lugar de distanciarse, esa vertiente busca el involucramiento sentimental del sujeto, situación o institución a burla a través de explotar defectos físicos, los calificativos o simplemente la ofensa. ¿Qué sucede en estos casos? Se genera una noción de “buenos” (quienes entienden el chiste) y “malos” (los objetos de burla), donde los primeros están unidos por agravios (reales o supuestos) que deben ser reivindicados.

Naturalmente en este segundo caso también existen tabúes. Por ejemplo, cuando válido reírse de los contrarios pero resulta una herejía que los contrarios se burlen de los líderes propios. En casos extremos el sentido del humor desaparece, quedando sólo el sarcasmo.

¿Qué hacer? Todos los partidos buscarán generar un espíritu de grupo. Sin embargo hay tácticas distintas. Por ejemplo se puede procurar el control a través de miedos, tabúes y verdades absolutas. Frente a eso uno de los mejores remedios es el chiste. En todo caso se trata de educar el sentido del humor y qué está detrás de lo que nos hace reír.

Con esto en base, ríanse y aprovechen para pensar (aunque sea de pasada) cómo lo hacen.

@FernandoDworak

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