Madre admirable, madre increíble

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Raúl Mayoral

“¿Qué mundo es el nuestro para que tantas y tan hermosas cualidades se pierdan en él?” se preguntaba el escritor Graham Green. ¿No es nuestra vida entera un tejido de equivocaciones y de pecados, que son las equivocaciones peores? Y la suprema justicia, la que no se equivoca, nos concede sin límites el beneficio de la indulgencia y del perdón, hasta el último segundo de nuestra vida ante cualquier error. Chesterton marcaba la diferencia entre la Iglesia católica y las sectas porque en éstas, quien no cumple es expulsado, cuando no eliminado, mientras que la Iglesia católica es toda ella una comunidad de pecadores en la que se imparte el perdón. El que en la Iglesia más santa, solía decir Monseñor Ronald A. Knox, se produzcan los mayores pecadores, no es sino la aplicación natural del principio de que la corrupción de lo mejor es, precisamente, lo peor.

Si como afirmaba Donoso Cortés toda civilización es reflejo de una teología, hay esparcida por nuestra civilización occidental toda una Teología de la Cruz, que es, a su vez, una Teología de la Gloria, de la Gracia y de la Misericordia. Los milagros descritos en los Hechos de los Apóstoles estaban destinados a mostrar, no solo el poder de Dios, sino también su misericordia. La categoría moral del perdón es el ADN de la civilización cristiana. Para los católicos, la propia Eucaristía es perdón, sacrificio y esperanza. Albino Luciani, dejó escrito antes de llegar al pontificado como Juan Pablo I, un librito inspirador, Ilustrísimos señores, en el que afirmaba que una miseria finita, por muy enorme que sea, podrá ser siempre cubierta por una misericordia infinita y las borrascas que fueron males en el pasado se convierten en bienes en el presente si nos impulsan a poner remedio, a cambiar; se convierten en una joya si se ofrecen a Dios para procurar el consuelo de perdonarlas. Y es que el no perdonar nos bloquea ante la fe y la ausencia de fe agranda la imposibilidad del perdón. Es un círculo que gira sin cesar a menos que lo paremos. A menos que perdonemos. El consuelo al perdonar ha sido sanador y santificador para dos madres desgarradas cada una por su particular dolor.

No basta con conocer las verdades del cristianismo, deben vivirse en las pequeñas y grandes cosas de cada día, y así esa santidad reflejada en dos madres dolorosas será percibida y apreciada en un mundo aún incrédulo como el actual. Vuelvo a Monseñor Knox: “Tened sal en vosotros mismos, dice el Señor; vosotros sois los que debéis tener reservas de energía, de influencia positiva que irradie; no debéis medir vuestro nivel por el de los otros; ellos son los que deben tomar de vosotros sus medidas”. Aún hoy puede reconocerse a los cristianos por la señal que los distinguía en el mundo pagano cuando se decía: “Mirad como se aman estos cristianos…dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble”.

Abogado

Publicado originalmente en elimparcial.es