Año 2024

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José Luis Talancón E.

Una buena parte de los mexicanos que ya hayan cumplido 18 años se preguntan actualmente por lo que ocurrirá en el próximo proceso electoral cuando concluya la administración actual. Pareciera un momento definitorio después del esfuerzo y las dificultades para construir democracia, instituciones y Estado de Derecho, por las que otras generaciones lucharon y murieron, en los últimos doscientos años. Un gran país, el número 13 en territorio en el mapamundi, vinculado a la primera economía del mundo para bien y para mal. ¿Por qué pensamos que el año 24 pueda significar la oportunidad de consolidar y realizar los valores y los proyectos que apuntan a la libertad y la igualdad social republicana, imaginados por aquella gran generación de mexicanos juaristas que llevaron a cabo la verdadera Independencia alcanzada con las Leyes de Reforma de 1857?

¿Que nos hace confiar en que ahora sí funcionara el proceso democrático a cabalidad, habida cuenta de la herencia histórica, de la cual surge México como país independiente? ¿Se alinearán a nuestro favor los potentes flujos civilizatorios greco-romanos, la tradición judeo-cristiana, y la Ilustración europea moderna, cuya combinación resultó uno de los más complejos mestizajes que haya experimentado el mundo en su historia moderna, intentado incorporar y emancipar a cientos de etnias al sueño de Estado-nacional libertario e igualitario o derivado de tales frustraciones, el desastre es inevitable?

¿Fuimos muy optimistas con el efímero crecimiento económico de sólo cuarenta años por encima de la tasa demográfica (1940-1976) o atravesar experiencias decisivas para apuntalar poderes y contrapesos durante los últimos cuarenta años de la Reforma política iniciada poco después del terremoto del 85 cuando la sociedad reveló una mayor capacidad de resiliencia que el propio Estado? Sabemos que el problema no está ahí. El problema es nuestra relación con EU. Nos revelamos impotentes y subordinados al intentar comprender los hechos del 6 de enero de 21 cuando vimos su fragmentación que anuncian una guerra civil en 2024. Frente a ello, tenemos que considerar la profunda inestabilidad interna que padecemos, la presencia de los poderes ilegales fácticos de aquí y de allá con sus ingentes e inéditas cantidades de dinero metidos en la política y en procesos democrático-electoral al margen de la Ley. No se puede negar a estas alturas el poder del narco mexicano y norteamericano en los procesos electorales.

¿Podemos confiar en que pueda celebrarse el ritual político electoral más sublime al que puedan aspiras las sociedades modernas, cuando hemos visto el golpeteo interno y externo a que ha estado sometido el Estado en México en un franco proceso de desmantelamiento en los últimos veinte años? Si a lo anterior recordamos experiencias electorales ocurridas en 2018 como el escándalo de la asociación entre Facebook y Cambridge Analytica, donde estuvo expuesta información básica de más de 50 millones de votantes, lo que representó una de las violaciones de seguridad más grandes en la historia digital y en la historia de las democracias, mi pregunta final es, ¿tenemos como generación, la capacidad de organización y movilización social lo suficientemente poderosa para hacer valer y respetar la voluntad democrática de más de 75 millones de mexicanos en edad de votar, en un contexto tan adverso local, mundial y tecnológicamente hablando? Mas nos vale que sí.