¿Moralizar el país?

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Por más corrupto que sea nuestro entorno, no saldremos de esta situación si se insiste en evitar un ejercicio honesto de autocrítica para entender cómo y por qué llegó a ganar López Obrador en 2018. Asimismo, se requiere imaginación para concebir escenarios a futuro, si deseamos evitar un golpe de péndulo cuando Morena se agote, alrededor de 2030 a 2042.

Todavía más: mientras no se tengan alternativas, imperará el discurso moral del presidente. Uno de los ejemplos más recientes de lo anterior lo vimos hace unas semanas, tras la violencia lamentable que se vivió en el estadio Corregidora de Querétaro, al cual López Obrador dijo que eran “resabios de los gobiernos neoliberales anteriores, o de todo el periodo en que se apostó a la corrupción y la impunidad”. Incluso fue más a fondo al afirmar: “ante estos hechos lamentables, se debe continuar moralizando al país y atendiendo los orígenes de la violencia, las causas, antes, se pensaba que solo con medidas coercitivas se podía resolver el problema de la inseguridad y la violencia en México, eso era relativo porque los gobiernos estaban en manos de la delincuencia”.

La primera pregunta que podría hacerse es: ¿se trata de moralidad, de ética o de fortalecimiento de las instituciones? Sobre ello, hace unos días leí un ensayo del escritor checo Ivan Klíma, incluido en su compilación El espíritu de Praga, publicado por Acantilado:

“A lo largo de los años me percaté de que en la vida pocas cosas son más difíciles de recuperar que la dignidad perdida y la moral infringida, tal vez por ello durante el régimen comunista me esforcé tanto en mantenerlas.

“Toda sociedad que se construye sobre la base de la falta de honradez y admite el delito como un elemento más de su comportamiento, aunque sólo sea entre un puñado de elegidos, y que al mismo tiempo priva a un grupo de personas de su honor e incluso del derecho a la vida, por muy reducido que sea ese grupo, se condena a sí mesma a la degradación moral y por último a la ruina absoluta”.

Ante ese escenario, el autor se cuestiona cómo se podría salir de ese entorno de degradación, teniendo alternativas como vivencias extremas o cambios graduales: “En sí misma, una vivencia extrema no nos abre el camino hacia la sabiduría; ésta podemos alcanzarla sólo si somos capaces de valorar esa experiencia con cierta distancia.” Es decir, muchas veces un cambio radical no permite apreciar el problema con perspectiva, para lo cual se requiere reflexión.

En cambio, muchas veces las vivencias extremas permiten que tengan mayor visibilidad personas con sed de venganza contra quienes detentaban el poder. Esa situación es la antesala del fanatismo: “se puede decir, como víctimas del fanatismo, con frecuencia acabaron sucumbiendo al fanatismo contrario”. ¿Será que, si todo se reduce a moralidad, estamos más expuestos al control de quien sepa simular?

Soy creyente en las instituciones y su peso, así como de la ética y responsabilidad individuales, por lo que desconfío de discursos morales. Sin embargo, hay un punto que me genera mucha inquietud de la argumentación de Klíma: si es difícil articular un apoyo sólido a la legalidad, si no es vista como legítima, entonces necesita haber un toque de moralidad en el discurso público.

En el caso de México, López Obrador ganó porque el viejo modelo no supo solucionar el problema de la corrupción, el cual forma parte incluso de nuestra cultura política. ¿No hemos socializado frases como “roba, pero salpica” o el reciente “robé, pero poquito? Incluso en 2012 Peña Nieto ganó las elecciones porque todos sabíamos que el PRI era corrupto, pero muchos creían que al menos sabía gobernar.

Si hay un discurso moral, el reto es cómo reconstruir esa dignidad perdida a la que se refiere Klíma, si deseamos retomar una alternativa creíble para combatir la corrupción, que no se apoye demasiado en un discurso moral. Pero para llegar a eso, una vez más, se requiere de autocrítica.

@FernandoDworak