2024 y el fracaso de la alianza 2018

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El escenario político de 2018 presentó una novedad que pudo haber revolucionado el ambiente electoral nacional: por primera vez una alianza entre dos partidos en ese momento grandes y con enfoques ideológicos oximorónicos, el PAN surgido desde la derecha clerical anticardenista y el PRD como desprendimiento del PRI cardenista.

En su momento se hizo un esfuerzo analítico para justificar la alianza entre extremos ideológicos y se pusieron tres casos ejemplares: el compromiso histórico italiano, el programa común francés y la PlataJunta española, todas con el objetivo no de apuntalar una ideología sino de consolidar una transición democrática moderna.

De manera lamentable, el PAN y el PRD no pudieron construir un modelo de análisis político para justificar ese paso audaz. El candidato panista Ricardo Anaya Cortés aceptó el escudo del PRD, pero ninguna de las dos formaciones pudo construir y difundir un programa de transición a la democracia.

De los tres casos señalados, el que mejor se ajustaba a las necesidades mexicanas era el de la transición de España a la democracia: la Plataforma Democrática y la Junta Democrática contenían en su seno todo el abanico ideológico del país, incluyendo los comunistas y los monárquicos en sus extremos, pero todos enfocados a la construcción de un proyecto común de transición a la democracia ante el desmoronamiento de la dictadura franquista y con Franco ya en enfermedad terminal.

La transición española tuvo dos etapas: el acuerdo pluripartidista para posicionar el tema de la transición antes de las elecciones de 1977 y el proceso de modernización política encabezado por el presidente Adolfo Suárez y con su gran propuesta de los Pactos de la Moncloa para transitar de la dictadura de Franco ya sin Franco a un régimen democrático que aceptara la participación de todas las fuerzas ideológicas, incluyendo los monárquicos franquistas y los comunistas repudiados por radicales.

La candidatura PAN-PRD de Ricardo Anaya se transformó en más personal que política y esta alianza nunca se interesó en construir un diálogo político con el PRI ante la tendencia electoral abrumadora de López Obrador y Morena, inclusive con el error estratégico de Anaya de convertir en su adversario a Enrique Peña Nieto y no a López Obrador.

Las posibilidades de la alianza opositora para el 2024 desde ahora están prefigurando desencuentros y resquemores porque se trata de una lucha por posiciones de poder, sin que se haya definido antes el programa de reconstrucción política que supondría la coalición. Peor aún, cada partido y organización está tratando de imponer a su candidato como el de la coalición.

Si la coalición mantiene el rumbo hacia la alianza de 2024 comenzando por el final, desde ahora se puede adelantar su estrepitoso fracaso por la incapacidad de entender lo que es una coalición y el papel que juega en la oferta de un proyecto plural.

 

Juego de las sillas

  • El INE se está tardando en la reforma electoral que regularice el funcionamiento de los partidos de oposición para evitar el viejo modelo de pequeñas organizaciones rémora que se parecen a esos pececillos que pululan alrededor de las fauces de los tiburones comiéndose las sobras. Las reformas desde 1977 han usado los pequeños partidos para alianzas que beneficien a los grandes.

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