Echeverría rompió las reglas del juego

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Forjado en la ortodoxia y la disciplina del viejo régimen priista, Luis Echeverría Alvarez arribó a la candidatura presidencial en 1969 por el método tradicional del tapado, es decir, el ocultamiento de su candidatura entre otras figuras políticas, pero siempre en el ánimo del presidente en turno.

Una vez que le tocó operar su propia sucesión presidencial en el verano de 1975, un año antes de las elecciones, Echeverría dio un salto sorpresivo y por primera vez abrió la baraja de aspirantes a la candidatura, a través de una declaración autorizada de su secretario de Recursos Hidráulicos, Leandro Rovirosa Wade.

Entre los seis de la lista como siempre había dos preferidos: el secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, y el secretario de la Presidencia, Hugo Cervantes del Río, quienes ostentaban posiciones de poder cercanos a al sistema de toma de decisiones presidenciales. Pero para darle un poco de más sabor, Echeverría introdujo dos figuras políticas de reciente cuño: el joven Porfirio Muñoz Ledo que destacaba como el intelectual del grupo y Augusto Gómez Villanueva como secretario de la Reforma Agraria y encargado como líder de la CNC del destape de Echeverría.

Las otras dos figuras parecían de relleno: el director del Seguro Social, Carlos Gálvez Betancourt, y el recientemente designado secretario de Hacienda y amigo de la infancia del presidente, José López Portillo, pero con señales suficientes como para dejar ver más o menos el juego de barajas: la opción Moya o Cervantes.

La decisión presidencial sorprendió por el giro estratégico en términos políticos: el candidato fue López Portillo, abogado y burócrata de reciente cuño, sin un grupo político sucesorio y de todas las confianzas del presidente por la amistad juvenil. La primera interpretación hizo énfasis en que el designado sería fácilmente manipulable para la instauración del tradicional maximato o construcción de una figura de mando transexenal por parte del expresidente.

Aunque el sistema se disciplinó a los recursos naturales sin que ocurrieran rupturas graves –solo desencantos y decepciones individuales–, el juego sucesorio ya no fue el mismo porque López Portillo carecía del experiencia y habilidad del manejo sistémico de la Presidencia y porque los nuevos grupos de poder impidieron el viejo verticalismo priista.

De Obregón a Echeverría, el funcionamiento sistémico de los grupos de poder creó y respeto reglas del juego y estableció condiciones disciplinarias de distribución de las áreas de gobierno para construir el modelo de una coalición dominante. López Portillo optó por el burócrata Miguel de la Madrid y los tecnócratas tomaron por asalto el sistema y construyeron nuevas reglas, expulsando a los viejos políticos profesionales.

La nominación de López Portillo representó uno de los giros más importantes del sistema/régimen: la competencia por el poder.

 

Juego de las sillas

  • En 1975 y sobre todo en 1976 corrió el rumor de que el presidente Echeverría daría un golpe de Estado el 20 de noviembre de 1976 para mantenerse en el poder un sexenio más o cuando menos extender su mandato dos años. En esos momentos, la estructura social crujió ante la falta de experiencia para administrar este tipo de ambiciones, pero al final de cuentas pareció que Echeverría no ambicionó el maximato porque su objetivo era trabajar por la Secretaría General de la ONU. Pero ocurrió lo que tenía que ocurrir: el perfil canibalesco del régimen priista que destruye sus propios hijos.

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