Alianza opositora: sí, pero no

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En las últimas dos semanas aumentaron los debates en torno a las debilidades y fortalezas de la alianza opositora hasta ahora formada por el PRI-PAN-PRD-Coparmex-Claudio X. González y la esperanza de que Movimiento Ciudadano se incorpore para una polarización electoral tipo segunda vuelta.

El primer problema de la alianza se localiza en las interpretaciones mecánicas: la suma de votos en encuestas, cuando estas consultas demoscópicas carecen todavía de una representatividad social, mantienen oculto el voto del miedo y no se ponen de acuerdo en metodologías funcionales.

La dificultad para medir de. manera realista tendencias podría llevar a la alianza a conclusiones equivocadas. Luego vendría la lucha por definir desde ahora la candidatura presidencial, pues a su alrededor podría establecerse ya un criterio específico para saber si habría una propuesta pluripartidista que despertara expectativas en la sociedad.

Algunas encuestas han jugado con escenarios derivados de personalidades visibles, pero sin tener una metodología consolidada. los análisis e interpretaciones de esas encuestas se hacen a partir del método pragmático del autor y sin ofrecer razones para explicar tendencias de voto. Este modelo analítico quedó viciado en el 2000 cuando el candidato panista Vicente Fox Quesada llegó a las elecciones con todas las encuestas en contra y se alzó con la victoria opositora.

Algunos políticos aspirantes a candidaturas conjuntas o ciudadanas están tratando de reproducir el lenguaje dicharachero y de rancho de Fox, pero en medio de tensiones sociales y políticas que no son las del 2000 cuando la figura de Fox aplastó la tibia propuesta priísta de Francisco Labastida Ochoa. Hoy cualquier candidato opositor va a tener ante sí la figura dominante del presidente a López Obrador y el control directo de todo el aparato de poder del sistema para beneficiar al candidato de Morena, sin que algunos de los precandidatos modernistas pudiera siquiera acercarse a la mediocridad de Labastida, al desmoronamiento del PRI por la división entre neoliberales e históricos y la decisión del presidente Zedillo de abandonar a su candidato Labastida para priorizar la continuidad del proyecto vía la posición de secretario de Hacienda entregada algún representante del sector neoliberal.

El segundo problema de la alianza se localiza en la participación de partidos: El PRD está liquidado y por sí solo pudiera tener 0% de votos, el PRI se ha dividido entre neoliberales y progresistas y la lucha por los cargos superiores ha deteriorado la calidad política de sus dirigentes y el PAN ya está siendo contaminado por la fama pública de algunos de sus exgobernadores que aparecen como precandidatos y sus perfiles negativos en calidad política.

Movimiento Ciudadano de Dante Delgado está jugando sus fichas y su propio juego apostando a una base electoral de 10% que pueda garantizar la configuración de una mayoría, además de que el dirigente del partido tiene muy claro que solo participaría en una alianza opositora si el candidato es alguna de las tres figuras dominantes de esta corriente: el gobernador jalisciense Enrique Alfaro, el gobernador neoleonés Samuel García o el alcalde regiomontano Luis Donaldo Colosio Riojas, pero en el entendido de que el PAN quiere tener la prioridad en la candidatura a partir de su estructura electoral como la más sólida de todos los aliancistas.

La lectura estratégica de las encuestas contrasta con la tendencia mayoritaria a favor de cualquiera de los cuatro precandidatos prefigurados, presentando la disonancia con la percepción opositora de que el candidato de Morena sería una especie de Labastida Ochoa y que el candidato opositor podría ser el nuevo Fox.

El tercer problema de la alianza opositora ha comenzado a aparecer: el papel dominante del empresario ultraderechista Claudio X. González como el factor decisivo en la configuración de la coalición y por tanto la exigencia de prioridad decisoria a la hora de definir el candidato, teniendo desde ahora ya indicios de que el empresario X. estaría empujando la nonminación de Gustavo de Hoyos, el ultraconservador empresario que fue presidente de la Coparmex, un sindicato patronal con intereses prefigurados a favor de la empresa privada como la destinataria de las decisiones del próximo gobierno.

Las candidaturas a empresariales en el pasado fueron un fracaso en tanto que respondieron a los intereses de acumulación de utilidades de los empresarios, sin proponer políticas sociales en un país con la mitad de las personas en situación de pobreza. Manuel J. Clouthier en 1988 perdió porque nunca pudo ofrecer la imagen de un presidente preocupado por las mayorías sociales y los candidatos victoriosos del pan fueron políticos: el dicharachero Fox y el burócrata Felipe Calderón Hinojosa.

La Coparmex ha sido incapaz de construir una imagen de preocupación social y sus cuadros llegaron a formar parte de agrupaciones promotoras de instituciones democráticas, como Santiago Creel Miranda, director-gerente de la Coparmex, que llegó a ser secretario de Gobernación de Fox y Carlos Abascal Carranza, de formación empresarial, fue también secretario de Gobernación y secretario del Trabajo del gabinete de Fox; Creel se apuntó a la lucha por la candidatura presidencial en 2005 y perdió ante Calderón y Abascal nunca tuvo interés en competir por la presidencia.

En este contexto, el peor error estratégico en los análisis de la alianza opositora sería el suponer la suma automática de votos vigentes de las formaciones opositoras para construir un punto de partida de tendencia electoral, cuando una de las características más importantes de la actual crisis del sistema político ha sido la pérdida de lealtad de la sociedad con los partidos y la oscilación del voto en función del candidato y no por obligación partidista.

La definición del candidato comienza ya, con antelación, a causar estropicios en la alianza opositora: el 0% de tendencia de votos del PRD le impide proponer un candidato, los aspirantes priistas están siendo cargados con el saldo negativo de sus biografías políticas y no garantizarían la unidad pluripartidista y por razones de experiencia y estructura, el PAN tendría que ser el partido que aportará al candidato presidencial, pero su larga lista de aspirantes presenta un panorama que bien puede utilizarse del PRI: su caballada está flaca. El más importante y posicionado precandidato del PAN es Ricardo Anaya Cortés, candidato derrotado en el 2018, seguido de Margarita Zavala, esposa del expresidente Calderón que renunció al partido y solo regresó para una Diputación con escudo prestado, con lo cual no garantizaría siquiera todo el voto duro del PAN.

El diseño de un programa de Gobierno será lo más fácil para la alianza, en tanto que los mexicanos están acostumbrados a soslayar las propuestas partidistas por su incumplimiento; una cosa es que los partidos de la alianza opositora hayan votado por las iniciativas de Morena y otra cosa que supongan desavenencias históricas. Como ejemplo, habría que saber con anticipación posicionamientos en torno al aborto: el PAN se opone y el PRI y el PRD lo avalan.

Los datos de los escenarios electorales son contradictorios: Morena perdió diputaciones federales en el 2021, pero ha avanzado de manera espectacular en la expansión territorial a través de las gubernaturas y podría terminar el sexenio con alrededor de 24, contra cero del PRI y alrededor de seis del PAN.

Las posibilidades sensatas de la alianza opositora todavía están por abajo a su meta de ganar la presidencia en el 2024, sobre todo si el PRI pierde más gubernaturas, el PAN se estanca en el reducido espacio territorial y el PRD termina de disolverse en la mediocridad y la incompetencia.

Las apuestas están en contra de la alianza opositora, pero sus diseñadores se niegan a entender los mensajes de la realidad.

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